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Hoy me desperté a las 6:32 AM. Mi despertador no había sonado. Al intentar ver qué lo había provocado, descubrí que tampoco estaba mi celular. Al ir al baño y pasar frente a la habitación de mis padres vi que no estaban en su cama, tampoco mi hermano. Quizá lo habían llevado a la escuela y aún no volvían. Oriné y me lavé la cara en el lavamanos. Probé agua y la escupí. Al mirarme al espejo, descubrí que mi reflejo me estaba dando la espalda. Me vi a mí mismo por detrás. Salí del baño antes de que una cara extraña brotara por mi nuca y me dirigí al comedor. Mi madre había dejado algo en la estufa y aún seguía tibio.

Al destaparlo, un hedor insoportable golpeó mi nariz, era como si la comida hubiese estado ahí un mes. Me aparté de la estufa a toda prisa y me recliné en el bote de basura en caso de que quisiera vomitar, pero no fue así. Tomé cereal en lugar de comida y me preparé una cazuela. No iba ni a la mitad del plato, cuando me di cuenta de que no era el único masticando en ese comedor. 

Los ruidos de alguien comiendo frituras provenían de dentro de nuestra cómoda, donde mi madre ponía los víveres. Pero no encontré nada cuando fui a buscar. Y los ruidos no cesaban. Pensé que era quizá se trataba de Puca, nuestro cachorro poodle, que roía algún hueso o animal muerto, ¿pero dónde? Miré detrás de la cómoda, y efectivamente vi a Puca. Una rata de gran tamaño se estaba alimentando de su cadáver. Me miró distraídamente y siguió comiéndose a mi cachorro.

Me alejé de la cómoda y fui al otro cuarto por mi mochila y mi ropa. Salí de mi casa a las siete y media. No me importaba llegar tarde al trabajo, así que salí sin mucha prisa. En todo caso iba a buen tiempo, pues el transporte público se fue sin detenerse hasta el centro, sin subir ni bajar gente; yo era el único a bordo. 

De hecho, me di cuenta de que no había autos en la calle ni gente afuera. Al llegar al centro, tampoco había gente. Llegué a la parada de camiones y una sola ruta llegó a por mí, casi al instante. En toda la avenida Insurgentes, que luego se volvería la Gómez Morín, cruzamos camino con dos o tres autos abandonados con las puertas abiertas y las ventanas rotas, o cosa semejante. Perecía como si toda la ciudad estuviese en toque de queda permanente. Al llegar a mi maquila, bajé de la ruta sin pagar, pues el conductor ni se dignó a mirarme. 

Cuando el camión se hubo ido, fui hasta la caseta y no me sorprendió encontrarla abandonada. Entré en la planta y el panorama cambió un poco: al menos, ya escuchaba ruido de trabajo, moldeo, compresores, computadoras, altavoces (¿quién los usaba si el guardia de seguridad no estaba?), etc. Fui al cubículo en el que siempre trabajo y encendí la computadora. Me preparé para mi ronda y salí a tomar los tiempos de los operadores.

Pero no había operadores; las máquinas se estaban operando solas. El producto entraba y salía terminado, pero nadie lo manipulaba ni lo controlaba. Al darme cuenta de esto, las luces se apagaron en toda la planta, dejando caer sobre mi una oscuridad que lo mismo pudieron haber dejado caer sobre mí un muro de piedra basáltica. Y en la oscuridad, escuché los gritos de todo el personal al unisono, aunque no había nadie ahí.

Quedé desorientado momentáneamente hasta que vi el primer rastro de luz, era anaranjada y se venía acercando. Venía desde el almacén y se expandía apresuradamente por todo el edificio, dejando un rastro de cenizas y una estela de humo, y cuando se activaron los aspersores decidí que era el momento exacto para largarme de prisa. Corrí a la salida de emergencia más cercana y salí de ese lugar. 

Al encontrarme lejos de la caseta de seguridad, fuera del perímetro de la empresa, esta explotó. Apenas tuve tiempo de sorprenderme de este hecho porque algo menos trascendente llamó mi atención. No necesitaba traer celular para mirar la hora; había entrado al edificio con el sol casi recostado sobre la ciudad, apenas si estuve quince minutos y ya afuera me encontré con que ya estaba iniciando su descenso hacia el oeste. ¿Cuánto tiempo estuve dentro? NO PUDO HABER SIDO TANTO. 

Fui hasta la parada de autobuses para volver a casa, pues ya no tenía nada que hacer ahí, de una u otra manera. No hubo ningún otro camión. Me quedé cerca de una hora esperando, y decidí que era inútil. Comencé a caminar hacia mi hogar. Aún no había visto rastro de ninguna persona en todo el día, y eso que caminé más de diez kilómetros desde mi trabajo hasta estar de vuelta en la parada de autobuses donde subí al que me había llevado hasta allá. Se comenzaron a formar nubes en el cielo y para cuando comencé a seguir el Eje Vial, una lluvia espesa (como aceite de auto) comenzó a caer sobre mí. 

El color de los cumulonimos era de un verde enfermizo, y eso hacía obvio que esta no era una lluvia normal. Busqué el primer lugar con techo donde refugiarme y vi una mesa de un parquecillo. Me situé bajo de esta por un rato, solo esperando a que la lluvia (que poco a poco se convertía en tormenta), cesara su ira. Fue aquí donde vi algo de lo más extraño que había visto ese día. 

Por estar tan cerca del suelo, pude ver un pequeño asquel llevando una curiosa carga con sus tenazas. Forcé mis ojos para poder apreciar mejor que lo que traía era un cadáver humano, todo encojido y desnudo. Era tan diminuto que cabía en la boca del insecto. Yo sabía que no era como habían terminado todos los humanos de la ciudad, claro que no. Las personas andaban por allí, y tarde o temprano tendría que encontrarme con alguien. La lluvia amainó un poco y salí de mi refugio. Corrí con la esperanza de escapar de esta horrible sensación de aceite en mi piel.

Estaba llegando a la avenida Sanders cuando me di cuenta de que un inmenso cráter estaba ocupando el espacio donde había estado el supermercado y el cine. Un agujero tan enorme y tan profundo que no podía decir hasta donde llegaba ni que tan profundo sería. El suelo a los alrededores era irregular y parecía a punto de desplomarse dentro de ese abismo.

¿Cómo había pasado esto? Un cometa o meteoro capaz de provocar cosa semejante hubiera destruido ya no tanto la ciudad entera, sino el planeta y su luna. El agua aceitosa que había traído la tormenta creaba canales que descendían hacia lo que parecía el ano del planeta. Algo surge de la boca de ese hoyo, de la profundidad. A esta distancia, no parece más que un hilo, pero se acerca hacia mí. Lentamente recorre la distancia que hay desde el enorme fondo inundado hasta esta orilla, y puedo apreciar con toda claridad lo que es. Es un brazo largo, largo, y tiene una mano, la cual se extiende hacia mí.

Rompí mi inmovilidad y corrí a toda velocidad lejos de esa orilla, casi con la certeza de que el brazo se alargaría aún más y la mano me cogería para arrastrarme a la boca de ese cráter. Pero al volverme a verla, veo que no se hace larga al ritmo tan acelerado de las pesadillas. Se alarga poco a poco, pero no más que unos metros cada vez. En todo caso, no me detengo ni me permito reducir mi velocidad hasta que he puesto varias casas y edificios entre yo y ese cráter. No creo que la mano tenga tantas vértebras como para alcansarme hasta aquí..., pero no me detengo. Camino a paso rápido por varias calles, evitando la que pasa por el cementerio (hoy no) y finalmente llegando a mi casa, cuando la oscuridad inducida por las nubes y el día próximo a terminar se apoderaban de la ciudad. El alumbrado público sirvió tan solo medio minuto y repentinamente se apagó.

No habría electricidad esta noche en mi casa, a la que ni mis padres ni mi hermano habían vuelto. Entré y, al no encontrar nada para comer, tomé la caja de cereal y salí. No me quedaría en la oscuridad por nada del mundo, y menos escuchando ese masticar constante que se había hecho más poderoso y a mi perro husky en el patio trasero que no dejaba de ladrarle. 

Subí a la azotea de mi casa, donde supuse estaría a salvo y traté de pensar en qué le pudo pasar a los habitantes de esta ciudad. 

Pensé en el cuerpo reducido que llevaba la hormiga, luego en la mano del cráter; sabía de alguna manera que no era así como había sucedido. Esas cosas no eran más que efectos secundarios de este mundo. Me recosté en la azotea y miré las estrellas que con las luces de la ciudad apagadas, se veían en todo su esplendor. 

Mi perro husky se quejó y escuché forcejeo que luego dio a lugar al masticar constante que antes estaba en mi casa. La rata debe haber crecido lo suficiente como para alimentarse de algo más grande. No me quise ni asomar. Me desatendí de todo y me quedé mirando las estrellas y la luna. 

Quizá la mano en el cráter crecería lo suficiente para alargarse hasta mi azotea y llevarme a ese oscuro hoyo del planeta mientras duermo. Quizá la rata lograra trepar hasta aquí en la noche y prosiguiera con su masticar. Todo lo taché de probable pero sin importancia. El mundo siempre ha sido un lugar cruel y enigmático.