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Hay algo que estaba muy mal en ese perro.

Para empezar, nunca ladraba. Puede que fuera un problema para el mismo, pero no un gran problema. De hecho, podía ser incluso una bendición para sus dueños, la desafortunada familia Clyde. Pero cuando el señor y la señora Clyde repararon en ello, se dieron cuenta que el perro no solo no ladraba, sino que tampoco hacia otro sonido. Nunca habían escuchado ni un simple lloro por parte del perro.

No me malinterpretes, los Clyde amaban a su perro. El pequeño George Clyde jugaba con él durante horas, lanzándole la pelota por el patio para que la atrapara mientras la señora y el señor Clyde les miraban tras el cristal de la puerta corrediza del patio.

Hubo una noche, no hace mucho de ello, donde George no podía quedarse dormido. Se paso la noche girando en su cama, hasta que salió de ella y piso con sus pies desnudos la fría madera del suelo. Esa inoportuna molestia no le impidió moverse, y rápidamente hizo el camino escaleras abajo, por el pasillo, hasta la cocina. Estaba a punto de abrir la nevera y robar algo del postre de aquella misma noche cuando escuchó algo que venía del salón. Se quedo helado, con sus manitas regordetas a solo centímetros de la puerta de la nevera.

Era una voz.

Un escalofrió recorrió su piel, perdiéndose en su columna hasta congelarlo por completo. Un miedo intenso, el tipo de miedo que solo un niño podía sentir, se adueño de él al mismo tiempo que giraba su cabeza hacia el salón.

En la oscuridad, bajo el amparo de la puerta, George vio lo que parecía la silueta de un perro. Estaba rígido en la entrada, con su cuerpo arqueado y su rostro canino en un gruñido, mostrando sus colmillos.

Y de pronto, la boca del perro se abrió y una voz, real, humana, escapó. George se desmayó. Pero no fue por el hecho de que su perro hablara. Le había oído hablar muchas otras veces. De hecho, solían tener unas conversaciones muy agradables cuando sus padres no estaban cerca. No, no era el perro el que le había causado el estrés hasta el punto de perder la conciencia, sino lo que dijo:

“Está de pie detrás de ti.“