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El pequeño Tobías pasaba otra noche en vela, con la mirada fija en el armario. No pasaba de los diez años; aún así, eran las cuatro de la mañana y seguía despierto. Pero no mientras veía televisión, jugaba o leía a espaldas de sus buenos pero despistados padres, no.

Era ya la cuarta noche de vigilancia, desde que lo descubrió. La cuarta noche de guardia, desde que supo que no estaba solo. Y es que Tobías nunca fue un niño miedoso, mucho menos mentiroso como para inventar historias de monstruos en las tinieblas para dormir con sus padres; aún así, ellos no le creyeron y hasta rieron inocentemente cuando les habló de su temor nocturno.

¿Cómo comenzó todo? Días antes, cuando recibió en la frente el beso de buenas noches de mamá, y sus cabellos fueron alborotados por la fuerte mano de papá. Ellos salieron de la habitación, apagando la luz y cerrando la puerta a sus espaldas; pero la penumbra no era, como esperaríamos, la razón por la que nuestro Tobías no apartaba la mirada del armario.

Como era usual, el querido Tobías se acomodó con tranquilidad entre sus sábanas grabadas de tiernos osos por la mano hábil de su madre, y cerró los ojos. Soltó un largo suspiro, como era usual, que abrió paso al silencio nocturno... pero éste no perduró. La calma fue rota por el chirriante pero suave grito de las bisagras de su armario al deslizarse. Tobías abrió los ojos al instante y miró en aquella dirección.

Le costó acostumbrarse a la oscuridad para poder ver claramente, pero finalmente lo logró. Y fue allí cuando detalló que la puerta del armario estaba abierta; sólo un poco, un par de centímetros, pero abierta a fin de cuentas. Y de no ser por la confusa penumbra, podría jurar detallar algo sujetando el borde de ésta desde adentro. Sintió un escalofrío recorriendo su espina dorsal. Se mantuvo en silencio, casi conteniendo la respiración, sin quitar los ojos del lugar. Y nada pasó, por lo que a los minutos, habiéndose asegurado de que no había problema alguno, volvió a acomodarse entre sus cobijas.

Cerró los ojos, soltó otro suspiro y se dejó llevar por el sueño. Sintió la calma de la noche, el silencioso silbido del aire acondicionado, las ramas de los árboles acariciando los cristales de la ventana. Todo era una canción de cuna para él, sumamente placentera.

Pero su sonrisa se borró cuando otro escalofrío cruzó su espalda, esta vez tan helado y rígido como la hoja de una navaja: no había notado, entre los cantos de la noche, el chirrido del armario nuevamente presente. Se alzó como si hubiese tenido un mal sueño, se mantuvo sentado en la cama y se resguardó entre sus sábanas como si de un escudo se tratasen. Cortó la oscuridad con su mirada y la dirigió como una flecha pavorosa hacia el armario. Efectivamente, la puerta estaba más abierta. Mucho más. Ahora, con alrededor de quince centímetros de abertura, podía detallar que aquello que antes había visto en el borde de la puerta era de hecho los dedos de una mano negruzca.

Sintió que en cualquier momento mojaría la cama, pero hizo un esfuerzo mayor al que cualquier niño podría lograr para evitarlo. Y en cambio, toda la energía acumulada la liberó en un grito desgarrador, que imploró por sus padres.

Mientras oía la puerta de la habitación de al lado abrirse y veía encenderse las luces del pasillo, observó en el pánico cómo la puerta era abierta más, lentamente, esta vez sin temor de ser descubierto el movimiento. Y cuando pudo ver parte del brazo dueño de aquella mano, el armario volvió con su puerta todo el trayecto y se cerró de golpe, justo en el instante en el que papá y mamá entraron al cuarto.

Aguantándose el llanto, relató con grandes espavientos lo que había sucedido. Mamá le dio una sonrisa y un beso, y papá se frotó los canosos cabellos mientras se erguía y soltaba una risotada. "No hay nada ahí, cariño"; la eterna y tan temida respuesta para muchos niños. Es algo que ya sabemos, pero lo recalco: no le creyeron.

Bajo las peticiones desesperadas del adorable Tobías y la aprobación de la buena mamá, papá se acercó al armario para confirmarles su teoría. Tomó la manecilla del mueble, la bajó y jaló con fuerza; nada, literalmente. La puerta ni siquiera cedió. Por más que el señor papá intentó, avergonzado por no poder contra un pedazo de madera trabajada, no logró destrabar el armario. Sin embargo, usó su poco ingenio de adulto para alegar que la puerta ni siquiera abría, así que lo que decía su hijo nunca había podido ser. Ni un momento le vino a la mente que quien estaba del otro lado fue quien no le permitió abrirla.

Ese fue el comienzo. Aquella noche, el pequeño Tobías logró convencer a sus padres de que le permitiesen dormir con ellos, y la complaciente mamá dio la respuesta afirmativa. Pero las siguientes noches no tuvo la misma suerte. Con algo de imaginación, pudo determinar que la puerta no se abriría más, según lo sucedido la noche anterior, mientras no gritase o dejase de verla. Así pues, su mejor solución fue mantenerse despierto. Cuando salía el sol, a alrededor de las seis de la mañana, ya no sentía tensión alguna y la puerta volvía a cerrarse, así que el único peligro estaba en la noche.

El segundo día fue teóricamente un éxito para el pequeñín, a pesar de haberse llevado un susto de muerte cuando el sueño le venció unos segundos, y cayó rendido lo suficiente como para que la puerta se abriese hasta dejar ver el antebrazo del ser.

El tercer día, sin embargo, pareció más fácil de llevar en su cansancio puesto que había resuelto a aprovechar cada oportunidad del día para una siesta. Aún así, no todo fue sencillo. Aquel ser quería hacerle apartar la mirada, lo sabía muy bien. Miró con el rabillo del ojo sombras a su lado, en la ventana, siluetas dibujadas en el halo de luz bajo de la puerta de su habitación; y llegó a voltear el rostro las primeras veces, alarmado, pero mayor fue el pánico cuando oyó el aterrador chirrido. Así decidió ignorar todo lo demás, desahogar el miedo en silencioso llanto si quería, pero nunca quitar la vista del armario. Así fue hasta que el sol salió, y la puerta se cerró.

En esta noche, con ciertas bolsas bajo sus grandes pero ahora apagados ojitos, el tierno Tobías había logrado vigilar tan excepcionalmente el mueble, con tal increíble falta de atención a las artimañas espectrales que buscaban arruinar su tarea, que la puerta no había podido abrirse ni un poco. Su diminuto cuerpo estaba agotado, su mente bajo presión; pero hacía lo posible por demostrar que era un pequeño de valor. Y aquél se estaba desesperando.

Con motivo de tener presentes las horas sin dejar su vigilancia, el ingenioso Tobías había colgado su reloj, con forma de balón, en la puerta misma del armario, así que podía regocijarse de saber que ya daban las cinco. Una hora más y todo habría acabado. Debía de admitir aquel monstruo, se decía, que a pesar de ser tan joven era un rival formidable.

Y es que un niño tiene muchos privilegios. Creatividad, mente abierta, ingenio, incluso valentía arraigada en su enorme inocencia. Él mismo, además, era un pequeño bastante despierto. Esta vez, ni siquiera derramó lágrima alguna de miedo, pues lo que lo invadía ahora era determinación. Sin embargo, entre tantas virtudes infantiles, había algo que sus años nunca le podrían haber proporcionado: experiencia.

Nuestro amado Tobías no tenía ni la menor idea de a qué podría llegar un espectro. Le temía, aunque realmente no sabía a qué. Nunca antes había enfrentado situación similar, ni había escuchado de algo así, ni visto caso parecido. Tal vez, ni siquiera estaba seguro de si aquello era un fantasma. Quizás podía ser algo más. Un ser vivo, muerto, o nada de eso. No lo sabía, no sabía cómo obraba, al igual que no sabía con qué fuerza aquel ser deseaba cumplir su cometido de una vez por todas.

El canto de algunas aves era apreciable entre el viento aún nocturno, que poco a poco era suplantado por esa armonía de mañana. Un cuarto para las seis. El valiente Tobías no pudo evitar formar una sonrisa, aún sin apartar los ojos de la puerta. Ya lo sentía, había ganado. Aquel monstruo no era nada contra el pequeño. No, el grande. Sí, el gran Tobías, el imponente Tobías, con su mirada de hielo y su ser imperturbable. No había qué pudiese contra él. Ni los niños del jardín de infantes, ni de escuela, ni sus padres que siempre cedían a él. Ni en su mundo, ni en el del otro lado. Y quizás era todo cierto, pero había algo que no estaba en ninguno de aquellos mundos, y a la vez yacía en todos; y ese algo podía vencerlo si quería, en su inexistencia: la suerte.

Le invadió el estruendo. Fueron apenas segundos, o quizás menos, en los que giró el rostro hacia la ventana detrás de él. El árbol del jardín, admirable desde su habitación, cedió en su vejez ante las dos toneladas de la camioneta, que sin razón se apartó de su destino y le embistió con entera furia a él y al pobre mendigo que se había atravesado en su camino. Fueron apenas segundos, o quizás menos, en los que su mirada se apartó de su lugar mientras se levantaba en un increíble reflejo, y chocó contra la vista muerta del vagabundo estrellado contra el cristal de la ventana que se hacía añicos, y trozos de vidrio y carne agredieron la pulcritud de su habitación y de su propio rostro.

El tiempo corrió aturdidoramente lento, mientras la alarma del vehículo se accionaba sin sentido alguno con un conductor empalado en su volante y un peatón de rostro y huesos y entrañas pulverizados. La habitación fue suavemente iluminada por las luces del auto y las que se filtraban del pasillo a su habitación, cuando sus padres despertaron.

Y mientras, el desafortunado Tobías sudaba frío, detenía su respiración, sentía sus músculos paralizados en su totalidad en la contemplación de ambos cadáveres. Estaba aún de pie, pero sus piernas cedían al frío aliento que recorría su cuerpo por detrás, desde los talones a la nuca; la había estado escuchando chirriar, sin huir, sin esperanza alguna para cuando se dio cuenta de que había apartado la mirada demasiado tiempo.


Creado por Astoria Manson.