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Aún recuerdo aquella noche de mayo, sin duda alguna la noche más larga que jamás haya vivido. Estaba en el periodo de exámenes en la universidad, y como buen estudiante, me pasaba las noches previas al examen estudiando, subrayando y eliminando temario. Estaba solo en mi piso en el que llevaba viviendo únicamente dos semanas por una mudanza exprés del colegio mayor por problemas con los compañeros y demás chorradas. Mis dos queridas compañeras de piso estaban de juerga, pues en sus respectivas facultades ya habían acabado.

No había nada que me aterrorizara más que pasarme noches en velas en vano, de modo que decidido, me acerqué a la cocina a prepararme un café, me encendí un cigarrillo y me preparé para la larga noche de jolgorio didáctico que me esperaba. O eso creía yo.

De vuelta hacia mi habitación me encontré en el suelo frente al cuarto de una de mis compañeras una nota:

“Quedamos esta noche en el bar de siempre para tomar unas cañas antes de irnos de fiesta”.

Sería algo para mis compañeras de algún buitre de clase, supuse, al fin y al cabo fuera o no para mí no era relevante, tenía un deber que anteponer a la devoción. Atravesé el largo pasillo que hay entre la cocina y mi habitación, me senté en la silla, abrí el manual de derecho mercantil y desenfundé el rotulador amarillo para comenzar a subrayar.

Sonaron las campanas de la catedral anunciando las doce en punto de la noche, abrí la ventana para que entrara algo de aire y empiezo a escuchar gritos provenientes de la calle. Alguna trifulca como solía ocurrir algunas veces a esas horas, tampoco era relevante.

Pasaron un par de horas hasta que la situación comenzó a complicarse. Escucho el timbre de la puerta. Pensé que serían mis dos compañeras que ya volvían bebidas y habrían perdido las llaves, de modo que me dirigí a abrir. No había absolutamente nadie, no veía nada más allá de mis narices con el portal a oscuras, de modo que supuse que sería fruto de mi imaginación abrumada de conocimiento legislativo. Cuando me giré y enfilé el pasillo de vuelta a la habitación lo volví a escuchar, esta vez estaba seguro de haberlo oído. Por debajo de la puerta se podía ver como estaba la luz del portal encendida. Cuando volví no encontré más que una nota:

“¿Por qué no has venido al bar? Te he estado esperando.”

Supongo que al estar a oscuras antes no la había visto, también me di cuenta de que la primera nota era para mí también, pues solo estaba yo en el piso y solo me quedé yo en el piso. De todas formas tenía que estudiar, no podía darle mayor importancia, no era relevante. Ya daría explicaciones el día siguiente.

Suena por tercera vez la puerta a los cinco minutos, esta vez acompañado de una voz rogando que abriera rápido. Entró una de mis dos compañeras de piso llorando. Tenía la camiseta rasgada, la pierna derecha del pantalón totalmente deshilada por la zona del tobillo y también le faltaba la zapatilla de la misma pierna, como si le hubieran arrancado parte de la vestimenta. Estaba muy alterada, no conseguía calmarla.

Viene, viene a por nosotros. ¿¡Porque no viniste!? – Me reprochó.

Me estaba empezando a alterar yo también, lo que trataba de ignorar a estaban convirtiéndose en algo relevante. No entendía nada. Me encontraba a las dos y media de la madrugada con medio examen por estudiar, una amiga que parecía escapada de las garras de un delincuente y una situación que no sabía como manejar. Intenté calmarla por segunda vez, la senté en el sillón y le preparé una infusión. De golpe, le pegó un sorbo, tiró el vaso contra la puerta y empezó a chillar.

¡Vete, vete de aquí, déjame tranquila! – Chillaba entre sollozos – ¡Ya basta!

Lo primero en lo que pensé fue en que algún violador había estado intentando acosarla durante toda la noche, muy fuertemente para llegar como vino, de modo que cogí el teléfono dispuesto a llamar a la policía cuando ella me detuvo. Me suplicó que no lo hiciera, le pregunté porque y solo era capaz de repetirme que no lo hiciera, estaba como bloqueada. En ese instante de locura y conmoción le pregunté por mi otra compañera, no se si hice bien o fue el momento indicado, pues al instante empezó a chillar como si pareciera estar rememorando la instancia en el infierno. La puerta sonaba sin cesar, sonaba el timbre y aporreaban la puerta. Puse mi ojo en la mirilla para ver que había al otro lado. Vi a dos personas, una era mi compañera, y la otra lo que mas tarde descubriría: un monstruo con apariencia humana.

No podíamos dejarla fuera, no sabíamos que estaba ocurriendo al otro lado. Cogí el cuchillo más afilado que tenía en la cocina, volví a mirar por la mirilla para planear la estrategia… Y no vi nada. Absolutamente nada. Todo se calmó, no había más ruido, no había más gritos, no sonaba más el timbre. Únicamente una oscuridad plena en el portal.

Mi compañera se levantó y me empezó a reprochar el no haber estado con ellas. En ese momento de enajenación mental, donde no sabía donde meterme, ni siquiera se me ocurrió una respuesta. Simplemente se me ocurrió traerle un pantalón y una camiseta para que se revistiera. Jamás debí haberlo hecho.

Sangre. Había sangre por toda su habitación. Y como no podía ser de otra forma, había otra nota:

¿Esto es o no relevante para ti?

Cuando volví al salón, allí estaban. Mi compañera desembocada y mi otra compañera del otro lado de la puerta. Me miraban de una manera fría, calmada, inexpresiva. No entendía nada, eran las tres de la madrugada. Se acercaron a mi, me dieron un beso en la mejilla y me dieron una nota. Al instante entró la policía en el piso, me detuvieron y me han acabado encerrando en un psiquiátrico.

Me diagnosticaron esquizofrenia, la sangre que había en la habitación de mis compañeras no era otra que la de un amigo, mío no por supuesto, de una de mis compañeras de piso. Vida que me saldé la noche anterior, ni siquiera recordaba haber asesinado a alguien en mi vida. Mis compañeras no limpiaron la habitación, la dejaron allí y prepararon todo la trama para detenerme una vez acabara el ataque para no dañar a nadie más.

Ahora, impresionado por la madurez y entereza con la que afrontaron los hechos, escribo esto en la nota que me dieron mis compañeras. La nota estaba vacía esperando a ser rellenada.

Solo quedara constancia de mi en esta nota, donde cuento lo que me ha llevado a acabar con mi futuro, donde traté de olvidar lo que que parecía ser irrelevante, pero han sido los hechos más importantes y que han acabado marcando mi efímera vida.

¡Ah! Y ahora me doy cuenta de que el monstruo con apariencia humana, que vi junto a mi compañera por la mirilla de la puerta, no era más que mi propio reflejo en el cristal. Monstruo con el que pienso acabar esta misma noche.