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Tomados de la mano, Susana y su novio Roberto caminaban por la calle real de Comayagüela. Aquel amor había nacido desde la infancia, siempre habían estado juntos.

- Ahora más que nunca te necesito Roberto.

- Lo sé Susana, sé lo que tu abuelo significaba para ti.

- Cumplió seis meses de haber fallecido y me parece que aún está con vida, si no fuera por ti me habría vuelto loca.

- No te preocupes, el tiempo es el que se encarga de darnos consuelo.

- Tienes razón, amor. ¿Me vas a acompañar mañana al cementerio? Quiero ir a su tumba a depositar unas flores, a él le encantaban las rosas.

- Claro que te acompañaré.

Era noviembre, sobre la capital caía una llovizna suave, hacía frío y la gente andaba bien abrigada. Los jóvenes llegaron al mercado San Isidro en busca de las rosas que llevarían a la tumba de don Pedro, que así se llamaba el abuelo de Susana. Aquel anciano venerable adoraba a su nieta, la orientó desde niña, le dio su amor, su apoyo, toda su ternura, le ayudaba a hacer las tareas de la escuela y luego en la secundaria se convirtió en un segundo maestro.

Una mañana, el abuelo se sintió mal, lo llevaron al hospital y antes de llegar murió de un ataque al corazón. La escena fue desgarradora, sus familiares estaban impactados, Susana quería morir igual que don Pedro.

Compraron las rosas, y del mercado se fueron hacia el cementerio general, iban en silencio, a ella se le rodaron las lágrimas al recordar al abuelo. Poco después se encontraban ante la tumba de don Pedro, allí depositaron las rosas, ella se sentó sobre el mausoleo y su novio comenzó a caminar entre las tumbas leyendo los nombres de las personas fallecidas. De repente lanzó una carcajada.

-Oye esto amor, este tipo se llamaba Canuto, je, je, je, que nombre más feo. Este otro se llamaba Estanislao, je, je, je; éste, Juvencio, je, je, je. Qué nombres más chistosos, a ver, a ver, aquí dice Bartola, esta otra se llamaba Prudencia, je, je, je, je. Vaya nombrecitos, a lo mejor se murieron odiando a los papás por haberlos bautizado con esos nombres tan horribles, je, je, je, y éste se llamaba Epifanio, a éste sí lo fregaron.

- Amorcito, no se burle de los muertos. Mi mamá dice que ni en broma uno debe burlarse de los difuntos. - Susana, el que se murió se murió y no escucha ni ve nada. ¿Usted cree en esas cosas?

- No, yo sólo le digo.

A las cinco de la tarde abandonaron el cementerio general, eran vecinos, vivían en la misma cuadra. Al despedirse de ella le dio un beso en la mejilla y le dijo:

- Hasta mañana, amorcito.

Llegó la noche, Roberto se puso a estudiar, se sentía incómodo, cambiaba de posición a cada rato en el sillón donde se había acomodado. Le pareció escuchar unos pasos que se detuvieron frente a la puerta, se levantó del sillón, abrió la puerta y vio que afuera no había nadie, pensó que su imaginación le hacía una broma de mal gusto.

Siguió estudiando con aquella extraña sensación en su cuerpo, el frío calaba sus huesos, sin embargo, había algo más, ante aquella incomodidad repentina, decidió llamar por teléfono a su novia.

-Soy yo amor, disculpa que te llame a estas horas, pero no me puedo concentrar en mis estudios.

- Quizás algo que comiste te hizo daño mi amor. ¿Sabes que te quiero mucho? ¿Tus papás vienen mañana, verdad?

-Mmm, posiblemente sea la ausencia de mis padres lo que me tiene así. Bien, ahora me siento mejor, escuchar tu voz es otra cosa. Buenas noches y disculpa.

- Buenas noches Roberto.

Las cosas cambiaron momentáneamente, el joven fue a la cocina, se preparó un café para seguir estudiando, pues le ayudaría a mantenerse despierto, vio el reloj de pared, faltaban 10 minutos para las once de la noche.

En la cocina sonó el porrón y en pocos minutos Roberto preparó una taza de la aromática bebida, acomodó los libros y escogió el de la materia que tenía que estudiar. Afuera los grillos entonaban su monótono canto mientras una ola de frío descendía del cerro El Picacho.

Las manecillas del reloj siguieron caminando, todo estaba tranquilo y faltando cinco minutos para las doce de la noche. Roberto tuvo la sensación de que alguien lo observaba a través de las paredes, miró hacia todos lados con miedo, sí, el miedo se estaba apoderando de él. Cerró los libros y como para protegerse se fue a la cama, se arropó de pies a cabeza temblando, el terror comenzaba a penetrar su mente, sabía que muchos ojos lo miraban desde la pared.

A las doce en punto, cuando se dice que vagan los espíritus de los muertos, unas risas burlonas llenaron el dormitorio. Roberto temblaba, la cama temblaba, las risas se hicieron más fuertes, eran hombres y mujeres quienes se reían y una voz de ultratumba dijo:

-Roberto, Roberto, fuiste al cementerio a reírte de nosotros, ahora nosotros venimos a reírnos de ti.

El muchacho no pudo más, se levantó de la cama, salió corriendo de la casa hasta llegar donde su novia, tocó la puerta desesperadamente, gritó pidiendo ayuda y cuando le abrieron la puerta, cayó desmayado. Al siguiente día se había recuperado, aún temblaba y mirando a su novia exclamó:

-Tenías razón Susana, no hay que burlarse de los muertos.

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