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Estoy en el sótano. Si detrás de la pantalla hay una puerta, debe dar a la calle. No hay nada raro en eso. Puede que la esquina se haya doblado sobre sí misma por algún sistema de cuerdas y poleas oculto a la vista, que se utiliza para poder entrar o salir de la sala por parte de los técnicos, en el caso, como el actual, de que se produzca algún problema con la proyección. Tiene sentido, ¿verdad?

Miro al mendigo. Se ha incorporado un poco en su butaca. ¿Sonríe? ¿O es sólo una mueca de disconformidad? -Diablo, ¿eres tú? Estoy aquí. Ven. Le ha hablado a la pantalla.

La puerta de detrás de la pantalla se abre. No me atrevo a mover ni un sólo músculo. Un extraño ser se descuelga por el marco, y repta por la pared hasta llegar al patio de butacas. Instintivamente, levanto las piernas. No quiero que eso continúe reptando por debajo de las butacas y me roce, aunque sea por error. Pero no tengo de qué preocuparme. Se pone en pie. Pudiera ser humano, si no fuera porque es exactamente la mitad de ancho que la persona más delgada que haya conocido nunca. Y su piel, blanca, translúcida, es extraña. Inestable. Todo parece fluir y revolverse bajo ella. Da la sensación de que un pequeño corte puede provocar que todo aquel huracán subcutáneo se dispare. Es más ágil cuando repta que cuando camina. Se mueve con torpeza por el pasillo central.

El mendigo emite extraños ruidos y jadeos, y el recién llegado parece seguirlos. El mendigo se pone en pie. Deja encendida la radio y camina hacia el pasillo. La música parece ser una fuente de audio más fiable para el ser, que se dirige con un poco de más fluidez hasta el mendigo. Se encuentran. Se abrazan.


El mendigo parece volverse un niño pequeño en brazos de su madre; el contacto con la criatura le hace sangrar por la nariz, las orejas y la boca. Sin embargo, no parece importarle. Está en un regazo cálido y maternal. No lo había pensado hasta ese momento, pero la criatura es claramente femenina, aunque no sabría decir por qué. Tampoco sé cuánto tiempo puedo aguantar sin hacer ruido y que alguno de ellos se dé cuenta de que me encuentro aquí.

Estoy aterrado, y absolutamente seguro de que el personal del cine no va a venir. Esto está sucediendo al margen de la proyección de “Noche y Muerte”. El mendigo ha perdido tanta sangre que parece que fuera a desfallecer. El ser le sujeta con fuerza. La radio sigue sonando.

En algún momento, las pilas se descargarán completamente, y en ese entonces… …no habrá música. Mientras tanto, la hay. Un colchón sonoro. Puede que oculte mis pasos, que camufle mi presencia. Bendita sea, también, la moqueta mugrienta que envuelve toda la sala. Salto la fila de asientos, y aterrizo en el suelo de la siguiente. La música y la moqueta sucia, efectivamente, me cubren. El ser y el mendigo siguen fundidos en un abrazo. Sigo saltando filas; es más complicado, pero me niego a ir por el pasillo central. Allí están ellos, allí siguen ellos…


El sonido proveniente de la radio se derrite como una loncha de queso en un sandwich, y desaparece. Me detengo. Me quedo congelado. Me vuelvo a ellos. Siguen abrazados… ¿Siguen abrazados? El mendigo me da la espalda. Parece que rodea con sus brazos al ser… Pero no: está solo. Abraza aire.

El ser aparece ante mí. Se materializa ante mis ojos, saliendo de la nada. ¿Eso que abre es una boca, o sólo un agujero que ha quedado en su carne después de que alguien le haya arrancado alguna protuberancia? Lo que sí es un grito es lo que surge de sus entrañas.

Alicia me contó una vez que se desmayó en mitad de la calle. Había salido la noche anterior hasta tarde, y había bebido mucho. El alcohol deshidrata. Era verano.

Se levantó, no tomó ni un solo vaso de agua, y salió a la calle hacia una tienda donde firmaba libros George RR. Martin. Dijo que mientras estaba inconsciente, le pareció estar en una montaña rusa. Yo, ahora mismo, estoy en el barco de mi tío. Era pescador y de niño me llevó alguna vez con él. No me gustaba, me mareaba.


Abro los ojos justo cuando el mundo entero se tambaleaba tanto que estaba a punto de darse la vuelta. Tumbado en el suelo, boca arriba. Techo a dos aguas. Madera. Vigas vistas. Intento incorporarme, pero algo me mantiene pegado al suelo. Tiro. Lo consigo. Algo pegajoso resbala por mi espalda: mermelada, miel, o… ¿Mermelada? ¿Miel? ¿En serio, tío? Miro: sangre y materia pseudo sólida. Vomito al instante, todo lo que puedo y más.


-Eres tú…


Levanto la vista. Oigo su voz, reconozco su voz… Y odio volver a saber de ella en este lugar infecto. Huele nauseabundo. Ganchos cuelgan del techo; algunos aún gotean sangre. Paredes y suelo están cubiertos de lo que antes fueron seres humanos. Y la capa de fango sanguinolento oculta… Más movimiento. Algo se revuelve bajo los restos putrefactos, y lo hace con el mismo ritmo que lo que había dentro de la piel de la criatura.


Alicia está en una esquina, saliendo de debajo de una manta de vísceras y jirones de piel. Tras el maquillaje de sangre que cubre su cara, puedo ver que está aterrada. Yo también. Y no lo pensamos.

Corremos el uno hacia el otro y nos agarramos, como si estando juntos se multiplicasen por mil las posibilidades de salir de allí con vida. Como si los últimos segundos de nuestras vidas se volvieran, así, mucho más valiosos. Como si aún estuviéramos saliendo.


-Creía que iba a morir aquí sola.


-Shhhh… Tranquila.


-Habla más bajo.

Es ciego, pero tiene el oído muy sensible. Miro alrededor: hay dos posibles entradas, una ventana y una puerta. Ya lo he visto reptando en una ocasión, puede entrar por cualquiera de ellas.


-¿Dónde estamos?


-No lo sé. Pero no se puede salir.


-¿Has intentado pedir ayuda?


-Sólo conseguí que eso volviera.

Se alegró de que estuviera despierta. Se excitó…


-¿Cómo que se excitó?


-Que se excitó.


-No lo entiendo. ¿Cómo puedes saberlo…?


Alicia evita mi mirada. ¿Soy torpe por no entenderlo?


-Me robó algo. Cuando… Cuando te abraza, su piel absorbe algo tuyo.


-¿Cómo lo sabes? Alicia me mira, furiosa.


-Me gustaría no saberlo. Y sería una hija de puta si te dijera que ya lo averiguarás: ojalá no te dé ningún abrazo.


Lo siento, Alicia. Lo siento, lo siento mucho… Tenemos que salir de aquí.


Me separo de ella y me dirijo a la puerta. Tengo que tener cuidado con no resbalar. Efectivamente, la puerta está cerrada. Me vuelvo y veo a Alicia desde allí, con cierta perspectiva: está cubierta de sangre, entre sus cabellos hay trozos de carne y hueso, y en sus ojos está escrito “ayúdame, por favor”.


Las situaciones de riesgo son así: si las gestionas bien, pueden unir a dos personas para siempre. Nos sentamos juntos en una esquina. Ante nosotros, todo ese lodazal sanguinolento.


-¿Qué es lo que pasa con su piel?


-Cuando vino hacia mí, me asusté.

Sólo podía pensar: haz como el mendigo. Debía de ser lo que menos daño me hiciese.


-Nadie tendría que pasar por algo así…


Coge mi brazo y lo pasa por encima de sus hombros. Aprieto; nos abrazamos.


-Es asqueroso. Pero… Vuelve a tener esa mirada. No le veo los ojos, pero sé que la tiene.


- Antes de tocarlo – continúa -, estaba convencida de que moriría en esta habitación. Después, me sentí muy débil, pero ya no sentía la muerte tan cercana.


-¿Crees que es venenoso?


-No. Nos quedamos callados. Mirando al frente sin realmente fijarnos en lo que tenemos delante. Hacía mucho tiempo que no la tenía al lado, que mi cadera no rozaba su pierna, que su mano no agarraba mi cintura. Todo lo que he hecho durante estos dos últimos meses para conseguir esto… Todo por lo que he pasado esta noche habrá valido la pena si, cuando salgamos de aquí, estos leves roces no se quedan en un episodio aislado.


El cobertizo cruje. Alicia se tensa. Yo también.


- Me alegro de no estar aquí solo – le digo, y es verdad.


-Y yo.


No sé cuánto tiempo pasa. Quiero quedarme aquí el resto de mi vida, al lado de Alicia, pero también quiero salir ya de aquí. Los días que ha estado sola, temiendo que ese engendro apareciese de nuevo, han tenido que ser una locura.


-¿Y el mendigo? ¿Quién es? ¿Qué pinta en todo esto?


-No lo sé, pero creo que se encarga de atraer gente para… eso. Lo he visto alguna vez, alrededor de la Gran Vía. En una ocasión, le pidió a mi compañera de piso que le comprara un bocadillo. Elena lo hizo, y luego él le dijo que, si quería, podía invitarla al cine. Ella dijo que no, claro. Ahora, esa anécdota tiene un significado completamente distinto.


-Sin embargo…


Me remuevo en mi asiento, me amoldo aún más a la silueta de Alicia. Le digo: -…es como si se quisieran. A lo mejor, es sólo el efecto de la piel de esa cosa pero, antes, les he visto abrazarse.

De verdad: parecía que se amaban.

-Ese bicho le controla. Eso no tiene nada que ver con el amor. Una gota. Una agradable brisa. Una nube que tapa un poco el sol abrasador. Las tormentas se desatan con un leve matiz. El amor no tiene nada que ver con la posesión.

Alicia me ha echado en cara mil veces eso. Es el motivo primero y último de todas nuestras desgracias. Donde ella ve posesión, yo veo amor. Donde ella ve libertad, yo veo una noche llorando, huracanado, porque ella prefiere estar con otras personas antes que conmigo.


Me separo un poco. Toso, intentando disimular la nube negra que nubla mi cara.


-Hay que salir de aquí.


Apenas tengo voz. Me pongo en pie. Me acerco a la ventana; inspecciono de nuevo, aunque ya sé que está sellada con clavos.


-¿Qué te pasa?


Niego. Voy hacia la puerta. Casi resbalo con un trozo de seso, pero consigo mantenerme en pie.


-Estás temblando, tío. ¿Qué…?


Grito. Aullo. Corro hacia la ventana, levanto el brazo y lo descargo contra el cristal. Esquirlas rajan mi piel y mis venas. Comienzo a derramarme, pero entra algo de aire y he eliminado un poco de ira. La que me queda, puedo controlarla. Me vuelvo a Alicia, exhalando rabia.


-¡No tienes derecho a hablarme así! ¡Yo te quiero! Y, porque te quiero, te he buscado por toda la ciudad, te he encontrado y, ahora, voy a salvarte. Añado, como un esputo: -Desagradecida.


Creo que le he hecho daño, pero es lo que intento. Empiezo a ser consciente de que se oye… el ruido del tráfico. Entra por la ventana. Quito los cristales que aún quedan y miro hacia afuera.


No doy crédito. Estamos en pleno centro de la ciudad. En la azotea del cine. Abajo, la Gran Vía: la gente que corre, las bolsas de los comercios. Lluvia. Noche. Vamos a salir de aquí. Podemos salir de aquí. La ayudo a cruzar la ventana.


La azotea del cine no tiene barandilla, el suelo que pisamos se convierte en fachada vertical solo unos metros más adelante. Bordeamos el cobertizo: abajo, el callejón al que dan las salidas de emergencia de la sala.