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Me mudé recientemente a un pueblecito recién fundado para intentar apartarme de la ciudad. La vida en la ciudad es una gran experiencia, pero es lo que es.

Una experiencia.

Me encanta la sensación de retiro del mundo.

Así que, me marché.

Cuando llegué aquí me di cuenta de la falta de conocimientos médicos, así que corrí a ayudar. Los enfermizos habitantes del pueblo estaban demacrados, sus costillas sobresalían de sus cuerpos. Sus caras grises, sus mejillas hundidas como puñales.

Intenté hacer todo lo posible por su salud. Hice lo que pude, pero algunos no lo consiguieron. Enseñé a quien quiso aprender el arte de la medicina, algunos lo intentaron pero pocos lo lograron.

Sentí como que tenía un propósito. Sentí que pertenecía a un lugar.

Me gustaba estar aquí.

Los años pasaron.

Me casé y tuve dos preciosos niños.

Disfrutaba de mi trabajo y de la compañía de los habitantes del pueblo.

Estaba feliz.

Hasta que construyeron la iglesia.

Cada vez que miraba sus paredes me sentía enfermo. La catedral había sido levantada con cimientos de odio. Sus paredes moldeadas con paranoia. Su techo, cubierto con mentiras.

Con el tiempo la iglesia hizo que los ciudadanos se volvieran más hastiados. En vez de confiar en la medicina, rezaban. Murmuraban palabras huecas para sí mismos que caían en oídos sordos. No hacían nada. Tan solo rezar, y nada pasaba. Los heridos se convirtieron en difuntos. Podía haberlos salvado, haberlos ayudado a todos, pero había dejado de creer en mí.

El pastor había corrompido sus mentes con falsedades.

Les dijo que yo era un mentiroso. Que era un servidor del demonio y practicaba artes oscuras.

La paranoia engendró miedo.

El miedo engendró odio.

El odio hizo que se cometieran actos innombrables.

Casi conseguí marcharme de allí. Casi escapé con mi familia.

Me sacaron de mi casa y la quemaron hasta los cimientos con el fuego de la ignorancia y el odio. Colgaron a mi familia enfrente de mí. Vi a mis hijos morir. Vi cómo su vida abandonaba sus ojos y sus pulmones se morían hambrientos de oxigeno.

Los vi hasta que sus cuerpos se mecieron con el viento. Las sogas anudadas con fuerza en torno a sus preciosas y pequeñas gargantas.

Los arboles donde estaban colgados carecían de vida como ellos. No había hojas y sus ramas estaban podridas. Sin vida.

Aparté mi vista. No podía soportar ni un minuto más esa visión. Me sujetaron y me ataron a una estaca de madera antes de prenderme fuego.

La cuerda cortaba mi riego sanguíneo, y sentía la falta de circulación en mis dedos. Mi piel burbujeaba y comenzaba a tornarse carbón negro. Me sentía débil, el dolor cruzaba todo mi cuerpo. Asesinado por aquella gente que una vez había ayudado, la gente que había llamado amigos. Estas palabras invaden mi mente mientras exhalo mi último aliento.

La paranoia engendra miedo.

El miedo engendra odio.

El odio hace que se cometan actos innombrables.