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El joven volvía de la casa de su profesor de teatro. Estaba más animado que nunca porque finalmente, y luego de varios meses de búsqueda interior, había encontrado a su clown. Pero cuando llegó a su departamento, su amigo y compañero de habitación corrió hacia él, preocupado.

– ¿Estás bien? -le preguntó casi a gritos.

– Mejor que nunca -le respondió el joven, mientras la sonrisa en su rostro acentuaba la blancura de unos dientes enmarcados en salpicaduras de sangre.

– ¿Estás seguro? Creí que ibas a ensayar a la casa de tu profesor…

– Sí. Y fue su idea. Decía que me estaba costando demasiado “sacar a mi clown”… Entonces sugirió clases privadas. Como si mi problema fuera la audiencia. Es una lástima que nadie me haya visto… Fue la mejor representación de mi vida.

– Sabrán lo que hiciste -dijo el amigo, dando un paso hacia atrás por puro instinto.

– No, no lo harán… -volvió a sonreír el joven, mientras sacaba una nariz roja y un cuchillo ensangrentado del bolsillo trasero de su pantalón- Porque tenía esto conmigo.

– No te entiendo…

– La nariz es la máscara más pequeña del teatro. ¡Eso es lo que solía decir el profesor!

Entonces el joven se puso su nariz de clown y se acercó más a su amigo, todavía sonriente y divertido. No era que quisiera hacerle daño o disfrutara en algún sentido del torrente de sangre que lo empapaba mientras lo apuñalaba. Él jamás había necesitado esa clase de placer perverso. Pero no podía evitar imaginar los aplausos de la gente, las luces, la búsqueda, los comentarios. Su profesor estaba equivocado, él sí podía atraer la atención de los demás y definitivamente podía darles algo con lo cual entretenerse. Y aquel día recibiría una ovación de pie.

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