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Tres horas, tres malditas horas y todo terminaría. Ya no me quedaba ningún resto de esperanza y me había resignado a la muerte.

En tres horas los primeros rayos de sol recorrerían el lugar como espadas de fuego y me quemarían sin piedad. Ya sin ninguna esperanza terminé por tranquilizarme y comencé a pensar en una manera de salvarme, pero no parecía haber ninguna. A ratos me invadía la desesperación y me volvía loco tratando de reventar el acero que oprimía mis muñecas, pero era imposible, sin importar cuan dura era mi piel inmortal el acero seguía siendo el más fuerte.

Cada minuto parecía ser eterno. Los animales nocturnos se retiraban a sus escondites y los espíritus nocturnos se desvanecían junto con sus gritos que ahora parecían murmullos. Para esos momentos mi desesperación había sido derrotada por la fatiga.

Nunca sentí tanto el deseo de vivir como en ese momento. Recordé el día en que me convertí y lo mucho que deseaba morir en ese momento. Luego recordé lo mucho que odié mi condición y la ironía de ocultarme del sol y de beber sangre noche tras noche para sobrevivir a pesar de desear tanto la muerte.

Luego pensé en todo lo que aprendí, y todo lo que pasé desde ese día. Recordé mis días en las torres negras y las viejas catedrales. “Los lujos de los que no pueden morir” nos decíamos, pero sabíamos bien que un rayo de sol nos carbonizaría en un instante. Como mortales deseábamos la muerte pero como inmortales que nos creíamos no hacíamos otra cosa que escondernos de ella. Noche tras noche arrebatarle la vida a alguien que la deseaba tanto como nosotros la habíamos despreciado estando vivos. Jamás ver el sol otra vez, y alejarse de ellos, de los malditos que juraron acabarnos, la legión del arcángel.

Vivíamos peor que alimañas para sobrevivir, escondiéndonos todo el tiempo, ¿y para qué?, ¿qué era aquello que nos impulsaba a hacerlo?, todos esos años deseando la muerte y ahora nos escondíamos como cucarachas. ¿Por qué nunca me atreví a arrojarme a las llamas?

Una hora y todo se habría terminado. Había pasado dos horas preguntándome las razones por las que no me atrevía a entregarme a la muerte sin obtener una respuesta. La luz matinal ya comenzaba a lastimar mis ojos y el cansancio me había derrotado por completo. Me costaba trabajo mantenerme despierto, quería gritar y arrancar las cadenas que me sujetaban pero no fui capaz de hacerlo.

Me quedé dormido y lo único que deseaba era vivir, lo deseaba más de lo que yo mismo creí que podría llegar a desear algo.

No se como pasó, pero desperté a medio día, con el sol dándome en la cara y el sudor corriendo por mi frente. Y el sudor parecía tan ajeno. El sol calentaba mi piel sin quemarla y mis ojos se deslumbraban ante la luz de tan magnífico astro sin recibir daño.

Ahora soy un anciano feliz y comprendo que la causa de beber sangre noche tras noche y de esconderme del sol que ahora amo tanto era el miedo. El miedo a la muerte, eso era todo lo que tenía en esos días y que nunca comprendí.

Ahora estoy aquí sentado en el parque escribiendo estas palabras en una hoja de papel que botaré a la basura cuando termine, y puedo decir que ahora espero a la muerte con serenidad y que cuando llegue el momento no habrá nada a qué temer.