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Cada noche, a Carla le ocurría lo mismo: se despertaba a causa de un ruido, en la puerta de la habitación se vislumbraba un resplandor, la puerta se abría y aparecían unas personas con trajes verdes de cirujano y guantes de látex, parecían doctores, se acercaban a ella, no se podía mover, se quedaba inmóvil. Los bisturís que tenían esas misteriosas personas se dirigían a su piel. Carla sentía el tacto del metal frío, cerró los ojos y al abrirlos ya no estaban.

Según su marido no era más que una pesadilla, pero ella no estaba tan segura. Era todo tan real…

Decidió acudir a un psicólogo, intentó dejar de pensar que corría peligro, así que Carla convencida de que solo eran pesadillas empezó a tomar pastillas para dormir mejor. Pero esa misma noche esas personas volvieron a aparecer, Carla no lo comprendía, había tomado las pastillas y aun así seguía ocurriéndole lo mismo. Cada noche, se le acercaban un poco más y el bisturí le cortaba un poco más, podía notar el dolor y se despertaba sudorosa. Ella siempre se quedaba paralizada, avisaba a su marido para despertarlo pero él no la escuchaba, parecía que estuviera en otro mundo, mientras ellos se acercaban…

Esa misma noche, el bisturí le cortó aún más, se deslizó sobre su barriga, el dolor era insoportable y pudo ver como la sangre le brotaba. Quizás esa sería su última noche… mientras que le abrían intentó recordar lo que le había dicho el psicólogo: todo es un sueño, una pesadilla. Cuando le arrancaron uno por uno los órganos su último pensamiento fue que todo no era más que una pesadilla… pero se equivocaba, los sueños no matan.