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Pensando en mi mundo espiritual, tuve la inquietud de orar. Al cerrar los ojos y en postura de oración comencé a acercarme a Dios.

En aquel tiempo cursaba el 8º básico. Para entonces se hizo un sorteo para reunir fondos y, sin saber cómo, acaso inspiración divina, yo adiviné quién era el ganador. Sentí el impulso de besar al futuro ganador minutos antes de los resultados, deseándola suerte, pero me contuve con la idea que a los próximos sorteos muchos me pidieran besos.

Entonces comencé a estudiar sobre ciertos fenómenos paranormales y practiqué telepatía, viaje astral, clarividencia. Me adentré en este mundo sin fronteras, con el poder de la meditación, la concentración y el yoga. Descubrí en mi camino personas con las que me fue mucho mas fácil practicar la telepatía, con quienes no debía entablar lazos afectivos.

Cometí un grave error, Andrés, el número 3 de mi registro telepático, supo demasiado de mí, y la verdad no me parecía peligroso, pero lo era. No intuí cuán malévolo era. Y es que tal vez se sintió engañado por una falsa declaración que yo le hice para acercarme a él, para conocerlo y comprender si mis intuiciones eran acertadas. Lo reconozco, no fue una acción moralmente correcta. Él estaba de novio con otra chica, es decir, era un tiro al aire.

Después de algunos desacuerdos menores con Andrés, rompimos contacto.

Pasó un mes y conocí al hombre de mis sueños, me quedé embarazada y nos casamos. En la noche de boda no hubo sexo ni la noche siguiente porque tenía una muy mala intuición sobre lo que nos venia.

Deseché las malas intuiciones, dejé el llanto. Todo estaba bien hasta que mi esposo comenzó con los mismos celos enfermizos de cuando yo estudiaba. Empeoró hasta tal punto de maltratarme, de llamarme puta callejera. Tuve una discusión con mi esposo y él me declaró sus razones. Confundido y triste me comentó que ciertas personas murmuraban que yo tenía un amante, Andrés, desde el Liceo.

Una de las personas malintencionadas que le habló de "mi" amante a mi esposo resultó ser la mejor amiga de Andrés. Vino a mí una paranoia infinita, me sentí frágil, débil. Me sentía observada, perseguida, estudiada. Tal vez Andrés sabía lo que pensaba. Creía escucharlo a veces, en susurros, como aquella canción en mi mente que decía: "Cuando la soledad golpea ahora que no estas aquí, dime, quien cuidara de mí".

Entonces con la voz de mi mente le dije que no quería escuchar más; cesó la música. Aclaro que la música la escuché una madrugada; al amanecer mi suegra me despertó diciéndome: "¡Paulina, te llaman por teléfono!" Contesté y, ¡vaya sorpresa!, era la misma canción que escuché de madrugada. ¿Qué se hace en estos casos, él me escucha a mí y yo a él? Y es que no he narrado lo más increíble y bestial de todo. Él llamaba a sus amigos, los que curiosamente vivían cerca de mi casa, y cuando hacía el amor, ellos lanzaban piedras al techo, despertando al bebé.

Vivir así fue una pesadilla. Decidí entonces aprender magia vudú. Mi esposo me llevó al médico y el diagnóstico del especialista fue esquizofrenia paranoide. En cuestión de 5 meses de antipsicóticos cesaron las voces y la paranoia de sentirme perseguida, suspicaz. Al terminar la paranoia descubrí algo en el vudú, el ritual para la venganza perfecta, por eso esta historia no termina aquí.