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Hacía calor ese día y aquel payaso dejó estacionado su desvencijado y sucio camión a una orilla de la feria del pueblo, de hecho el camión dejaba entrever que su oficio regular era el de repartidor de cilindros de gas y  el ir vestido de payaso a vender globos a una feria pobre no era más que un intento para alcanzar un poco más de dinero en su día libre. Este hombre ya maduro se ubicó en un sector de la feria con un bombín de aire y tres cajas llenas de globo. Cada globo lo iba inflando con el bombín y los vendía a los padres de aquellos niños más pequeños que se maravillaban con la variedad de colores. Si bien no cobraba mucho por cada globo inflado que vendía, la cantidad de niños que compraban era cada vez más y esto hacía de la venta de globos un negocio muy redondo. “Debí haber traído otra caja más” pensaba el hombre mientras jadeaba agitadamente haciendo funcionar el bombín de aire.



De pronto la feria de barrio se dio cuenta de este payaso de casi cincuenta años a mal traer con una vestimenta barata y peluca de pésimo gusto. Los padres ya un tanto cansados de tanto recorrer no tenían problema en quedarse más atrás y dejar que sus hijos se acercaran solos a comprar los globos, otros niños ya un poco más grandes se acercaban con una intención más dañina para burlarse de aquel hombre y su trabajo. Empezaron a oírse risas burlonas, pero el hombre seguía inflando globos sin hacer caso a ningún comentario despectivo. Al cabo de un rato el hombre notó que los niños pequeños eran cada vez menos y que a su alrededor se habían aglutinado muchachos marginales todos ya sobre los 15 o 16 años. De pronto la multitud de jóvenes comenzó a empujarse y entre uno de esos tantos vaivenes amenazaban con irse sobre el payaso y sobre la pequeña caja de dinero que había dejado en el suelo donde iba guardando lo recaudado. Una patada en su trasero activó la alerta de que la situación se le podía salir de control, se quiso dar vuelta, pero los zapatos largos de payaso le impedían moverse con fluidez y apenas se giró pudo ver con el rabillo del ojo que varias manos quisieron lanzarse a la caja de los globos.  El hombre comenzó a sudar, a sus espaldas le llegó un proyectil arrojado por uno de los vándalos el cual provocó la risa estrepitosa de los muchachos a su alrededor. Las patadas comenzaron a ser más seguidas y cada vez más fuertes, pero no podía moverse ya que varios aprovechaban el más mínimo descuido para estirar sus manos hacia la caja del dinero. Al verse totalmente acorralado el hombre agarró una de las cajas de globo y la arrojó al aire, la estrategia surtió efecto ya que todos los niños pequeños se arrojaron al suelo a recoger los globos dejando de pie a tan solo 5 muchachos ya mayores, 2 de ellos con cortaplumas en sus manos y que iban claramente por el dinero. El sujeto cogió la caja rápidamente y la apretó contra su pecho mientras que con su otra mano se quitó uno de sus zapatos y con este empezó a amenazar a los chicos.

-¿Así que quieren robar?… acérquense, hijos de puta….- decía el hombre blandiendo el zapato de payaso.

El hombre lucía muy distinto ahora a cómo había llegado, los nervios y la transpiración habían diluido el maquillaje en su cara haciéndole ver casi como pintura de guerra. Su zapato de payaso era largo y pesado y si bien un golpe de esos no era mortal, sí infringía mucho dolor. Esto fue advertido por los jóvenes delincuentes quienes poco a poco se fueron desanimando y no quisieron entrar en pelea con este hombre de casi cincuenta años en evidente estado de rabia.

Los chicos se fueron alejando poco a poco, los niños pequeños igual. Los curiosos comenzaban a caminar con indiferencia, algunos padres más allá solo sonreían de forma condescendiente con el pobre tipo y otros se lamentaban de no haber visto una pelea. El hombre se quitó la peluca y con ella secó todo el sudor que había en su rostro arrastrando con eso gran parte del maquillaje. Luego la feria del barrio volvió a la “normalidad” con sus dulces de algodón, helados y caramelos, con sus atracciones mecánicas antiguas y un tanto sucias entre risotadas baratas por parte de un público mediocre.

Mientras que a lo lejos pude ver como un hombre ya maduro caminaba como animal herido en dirección a su camión llevando contra su pecho el poco dinero obtenido y en su otra mano el bombín de aire.

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