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Esto no es autobiográfico. No me sucedió a mí y desconozco que alguna vez le haya sucedido a alguien. Solo puedo decir que lo vi. No sé todavía si estaba bajo los efectos del alcohol o alguna otra sustancia…, que nunca ingerí. 

Eran cerca de las 2 de la madrugada. Esperaba en el semáforo para cruzar una avenida de lo más congestionada. Era un viernes ideal, la noche era clara, serena y silenciosa, a pesar de ser el comienzo del fin de semana. En la radio pasaban música electrónica, me encontraba absolutamente relajada.

Por fin, el semáforo me pidió que avanzara. Crucé la avenida con dirección hacia el norte. No tenía decidido aún hacia dónde iba, solo quería viajar. Conducir me da cierta paz, y eso era lo único que quería. 

Conduje por más de media hora, camino hacia la costanera. Seguía –inconsciente- a los autos que tenía delante. Y ellos me llevaron a un lugar que nunca antes había visto. Ni imaginado. 

La calle moría en un gran caserón, todo iluminado. Los autos iban entrando de a uno, en una larga fila. Fuimos acomodándonos uno al lado del otro y descendiendo como si fuéramos un ejército de zombies. Nadie miraba a nadie más. Solo yo parecía tener cierta conciencia de la escena.

Dejé las llaves puestas y bajé del auto. Miré alrededor y me pareció increíble la cantidad de personas que estábamos haciendo exactamente lo mismo simultáneamente. Seguí la multitud hacia la entrada magnífica de la gran mansión. Algunas parejas iban tomadas del brazo. Las pocas personas que íbamos solas llevábamos el mismo paso rítmico.

Subimos las escaleras, bordeadas por candelabros que enmarcaban la entrada. Entré junto al resto. El salón tenía una enorme araña pendiendo de cadenas antiquísimas. En orden y en silencio, nos fuimos acomodando en sillas dispuestas concéntricamente. En el centro no había nada. Unos cortinados pesados de color bordó cubrían parte de las paredes. Se podían ver algunos ventanales inmensos, de grueso vidrio oscuro. 

Una vez todos ubicados, las luces comenzaron a apagarse de a una. Quedamos todos a oscuras. De golpe, un spot iluminó el centro del salón, allí donde no había nada. Todos en silencio nos quedamos observando lo que pronto iría a suceder. 

Lentamente una cuerda comenzó a descender en el centro de la luz. Miré hacia arriba y parecía salir de la nada. Era una cuerda gruesa de color negro. De tanto en tanto se bamboleaba, como si alguien estuviese manipulándola desde lo alto del salón.

Al cabo de un rato de mirar fijamente al techo, me di cuenta que todos estábamos expectantes, observando la oscuridad de la nada. Una música extraña sonaba lejana. De esto me di cuenta después.

No podía moverme, prácticamente estábamos todos inmóviles con cierta contractura, me imagino, de mantener tanto tiempo el cuello erguido mirando hacia arriba.

Momento más tarde, por fin pudimos ver algo que descendía por la cuerda tan extraña. Era un hombre ceñido en una especie de malla metalizada, pegada a la piel. Los músculos resaltaban en el brillo del material de su ropa. “Ah, es un número de circo”, pensé ingenuamente.

El hombre no era más que un joven que apenas llegaría a los 20 años, con unos rasgos bien definidos; se deslizaba por la cuerda con una destreza impresionante. Se contorsionaba como si fuese de goma. La cuerda seguía tensa, mientras el muchacho seguía descendiendo desde las alturas.

A unos 6 ó 7 metros del piso, apenas se le podía ver los ojos. A medida que fue bajando más, noté lo extraño de su rostro. En particular, sus ojos. Para la sorpresa de todos, no tenía párpados. Eran un par de gajos negros. Oblicuos. Láminas negras y brillantes.

Con los pies sujetos a la cuerda y la cabeza casi perpendicular al suelo, el muchacho nos miraba a todos. Se soltó y se dejó caer sin hacer el más mínimo ruido. Todos quedamos petrificados al verlo caer sin el menor tropiezo. Se paró al lado de la cuerda. Erguido, y mirándonos fijos, comenzó a caminar lentamente sobre el círculo trazado por la luz del centro.

La tensión iba aumentando a medida que nos sentíamos observados. Los ojos parecían hacer foco, cuando algo captó su atención. La lámina que los recubría se descorría desde el centro hacia afuera. Como si fuese una lente de cámara instantánea.

Un hombre de bigotes oscuros, vestido de traje y con un maletín negro, se puso de pie en cuanto este ser posó su mirada en él. El hombre lentamente comenzó a aflojarse el nudo de la corbata. Parecía que le costaba respirar. Noté un levísimo temblor en su mano derecha. La mujer de al lado dio un gritito reprimido de miedo. 

El hombre, aún de pie, bajó la mirada y la clavó en sus pies. Lentamente se agachó, tomó su portafolio y lo abrió. Dentro había varios fajos de billetes de colores. Se lo mostró al visitante, lo cerró y lo arrojó al centro de la luz. Después se desvaneció y quedó tendido en el suelo en el medio de un ataque de convulsiones o algo parecido. Nadie intentó socorrerlo. Y quedó allí tendido, hasta creo que se desmayó.

El acróbata ahora siguió recorriendo uno a uno a todos los que nos encontrábamos en el salón. Al mirarnos, parecía hacer un ruido raro, como los que hacen los tubos fluorescentes cuando están encendiéndose. De repente, se detuvo a observar a una joven, de unos 20 años. Vestida en jeans y remera parecía ser universitaria. Llevaba una mochila cruzada en el pecho.

La chica se desabrochó el bolso, lo abrió y sacó una bolsa de nylon con varios cuadraditos de colores brillantes, de papel glacé. Se los mostró y se los arrojó al centro. La bolsita rebotó en el portafolio y quedó pendiendo de un extremo. Acto seguido, comenzó a llorar tanto que se atragantó con sus propias lágrimas. Cayó desvanecida al suelo. Junto a su silla. Quieta, solo movió un pie dos veces, rápido y, luego, nada. Quieta.

En este momento se oyeron varios murmullos, hasta que se detuvo en un anciano que apenas se sostenía en un bastón con empuñadura de oro. Viejo y canoso, parecía tan frágil. Encorvado se sostenía como podía en su asiento. Tenía los ojos de un azul profundo y lacrimógeno. Las comisuras de los labios resecas y arrugadas.

Se puso de pie apoyado en su valuado sostén. Lentamente comenzó a hacer equilibrio sobre sus piernas y levantó el bastón. Desenroscó la empuñadura y retiró un tubo metálico de dentro del mango. Abrió la cápsula y sacó un frasquito con un líquido transparente. Lo abrió y bebió todo su contenido. Inmediatamente, cayó pesado al suelo, tirando su silla y haciendo volar el bastón, que cayó junto a los objetos del centro del salón. El gimnasta se acercó al bastón, lo tomó y sacó de adentro varios tubitos metálicos. Unos 6 o 7, tal vez.

Los dejó al lado, en el suelo y desechó el bastón arrojándolo junto al cadáver del anciano. Volvió al recorrido de caras, hasta que se detuvo justo delante de mí. La transpiración me chorreaba por los dedos. Hasta que alguien se abrió paso y se paró delante. Era un joven, de unos 30 años, o menos tal vez. Trigueño de pantalón de vestir y camisa blanca. Retrocedí unos pasos y respiré aliviada.

El muchacho se desabrochó el cinturón del pantalón y se lo dejó caer. Creo haber oído en ese momento una risita malintencionada. Se bajó la ropa interior y le mostró sus genitales al joven ojos de hormiga. Nadie entendió qué estaba pasando hasta que pudimos ver. Tenía los genitales infectados, la piel se le estaba cayendo y tenía zonas en carne viva.

Cuando tuve esa imagen frente mío, me di cuenta. Tomó parte de su miembro y lo tironeó hasta desprenderlo por completo y lo arrojó al medio, junto al resto. El joven salió corriendo y atravesó una ventana dando gritos de dolor. Cayó al suelo con un ruido seco. 

El joven en el traje plateado ahora terminaba el recorrido… Seguía observándonos uno a uno. Volvió a la cuerda que pendía del techo. Todos comenzamos a respirar de nuevo. Giramos para regresar a nuestros autos. 

Con sentimientos confusos, tomé la cartera del respaldo de mi asiento. La mayoría ya estaba saliendo del salón, apurados, algunos corriendo espantados. Cuando estaba ya apunto de cruzar la puerta central del salón…, sentí su mano en mi espalda.