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En sus incontenibles ansias de ser la más linda del mundo, cada mañana se levantaba y denigraba por su fealdad de moribunda recién despierta. Agarraba el peine y, por la fuerza que ejercía sobre los nudos de su pelo, se clavaba los dientes del mismo y arrancaba de la piel que tenía en su dolida cabeza plagada de piojos. Y en el punto culminante de su locura: la perfección.

Estaba gorda. Soñaba con rebanarse esa piel de más y posteriormente usarla como abrigo, luego se taparía ese chiquero de sangre con alguna camisa negra. También soñaba con arrancarle los dientes a una chica que conocía y usarlos para reemplazar los que tenía. Le excitaba el ir quitándose esos dientes podridos uno por uno; pero no tanto como le excitó el haber mutilado a esa niña de doce años, que se estaba sacando una selfie en un shopping.

Esa era perfecta, pero sus dientes no eran blancos; y su piel no era morena, sus ojos, marrones; su pelo, castaño. Por eso la mató. Porque era una copia barata de su sueño, un sacrilegio a lo que ella deseaba ser, una piel impura. Pero admitió que su rostro era mejor que el que tenía ella. Por eso decidió arrancárselo –con sumo cuidado- y luego comerlo, pensando que, al ingerirlo, su cara sería idéntica a la de la pobre niña. Pero se aferró a la idea de que era un insulto a la perfección, una piel sucia queriendo ser perfecta. Por eso la había matado.

Siempre le excitó la muerte ajena y el dolor, independientemente de quién lo padezca. No soportaba la imperfección, ergo mató a sus padres. Su madre era negra y su padre blanco, rubio y de ojos celestes; y ella salió morena, de pelo negro y ojos marrones. Los mató por hacerla imperfecta, impura. Los hizo sufrir por ello. Los ató y los azotó con unas sogas que guardaban. Luego les fue lijando la piel hasta dejar al aire el hueso. Empezó por el pie y fue ascendiendo hasta matarlos.

Primero mató a su padre por haber amado a una piel sucia, y luego a su madre por hechizar a ese príncipe de ojos celestes. Pero no les hizo más a los cuerpos cuando murieron. Si están muertos no sufren. Si están muertos ya no es excitante.

A veces jugaba a que era una niña blanca y perfecta: ojos azules y cabello rubio, flaca, casi famélica, y que iba a la escuela a besar chicos perfectos y hacer sentir mal a chicas imperfectas. Entonces se veía al espejo y se arrancaba con sus propias manos ese pelo morocho, y pegaba en su lugar un pelo rubio y perfecto, arrancado de un muñeco de carne y hueso que se desangraba en la esquina de la habitación.

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