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Ahora mismo estoy en mi recámara usando mi habitación del pánico debajo de mi cama con comida, un termo de agua, una botella de refresco y mi portátil. No puedo asimilar lo que acabo de vivir. Todo empezó en mi universidad, estaba revisando mi casillero y vi otra vez a los abusivos molestando a mi amigo emo, Carlos, yo les dije: -¡Molesten a alguien de su tamaño idiotas!

Pero lo único que conseguí de ellos fue que me respondieran con un golpe en la cara:

-Malditos desgraciados, déjennos en paz o me obligarán a lastimarlos- Exigí amenazante.

Entonces Carlos dijo:

-Ya no deberías entrometerte, estoy acostumbrado a sus palizas y soy capaz de resistirlas.

Él era bastante inadaptado, yo lo conocía porque vivíamos en el mismo vecindario. Desde pequeño nunca encajó con los demás. Siempre distante, ensimismado. Siempre vestía camisa negra de mangas largas lo que contrastaba con su piel pálida. El cabello desaliñado, los labios oscurecidos, como amoratados y una sombra pronunciada en alrededor de sus ojos.

Aun así, yo logré conseguir su amistad. Parecía que yo era el único que notaba su presencia, bueno, yo y los malditos bravucones. Él parecía tener un don para atraerlos. Siempre fue molestado por ellos. Siempre Perseguido. Ese era su apodo.

Y yo siempre salía a defenderlo. Eso nos unió bastante.

-No... Deja que lo arregle- Dije encogido por el tremendo gancho que me dieron en el estómago.

¡Solo vete!- Me dijo él, con furia

Me fui triste sabiendo que lo iban a molestar más y más.

Mi amigo estaba cambiando mucho. Yo pensaba que las palizas constantes lo estaban orillando a convertirse en alguien diferente. En alguien que ya no luchaba por defenderse, en alguien que se había rendido a ser perseguido.

Esa misma semana Carlos cumplió años. Sus padres sabían que él no tenía muchos amigos así que invitaron a todos los compañeros para que asistieran a la fiesta que harían en su honor.

Los padres, ignorándolo todo, invitaron a Mike y a su pandilla. Ellos con una sonrisa burlona, aceptaron y aseguraron que no faltarían.

Le dije a mi amigo que hablaría con sus padres para advertirles sobre lo que estaba pasando, pero él me detuvo y me dijo que dejara de entrometerme en su vida. Me molestó su actitud y no le dirigí la palabra durante los siguientes días.

Extrañamente los abusos de Mike pararon. Supuse que el hijo de perra estaba reservándose las energías para el día de la fiesta. Nunca podría haber adivinado lo que iba a pasar.

El viernes por la tarde comenzó la fiesta y llegaron los abusivos, se bebieron todo el refresco y se comieron prácticamente todo. Lo extraño fue que Carlos atendía a Mike como si fuese su sirviente. Siempre estaba al pendiente de él y de todo lo que necesitara. Yo no podía comprender por qué Carlos actuaba así, si el bravucón siempre lo estaba molestando y golpeando.

Algo raro estaba pasando, Mike acosaba a Jeremy y, cuando lo hacía, Carlos le dirigía una mirada cargada de odio. Yo le dije, cuando estuvimos a solas en la cocina, que deberíamos vengarnos de su abusador de una vez por todas, pero Carlos me miró espantado y luego me dio una bofetada. Y se alejó de mi lado.

No entendía lo que pasaba. Él intentaba por todos los medios de llamar la atención del bravucón. Lo atendía mucho más y mejor que a todos los demás invitados. Pensé que se debía a que le tenía mucho miedo.

Los padres de mi amigo salieron a buscar el pastel de cumpleaños, Mike junto a su pandilla aprovecharon para prácticamente adueñarse la comida y la bebida de la fiesta. Los demás invitados les reclamamos hasta que él sacó una navaja de su bolsillo y apuñaló intempestivamente en el brazo a Jeremy (el chico nuevo) haciendo que sangrara profusamente. Carlos se puso a gritar como un demente.

Todos los invitados salieron de la casa espantados, no por Jeremy, sino por mi amigo. El chico se desmayó por la impresión de su propia sangre y entonces vi lo que nunca imaginé. Carlos se abalanzó sobre el abusador y con una fuerza descomunal y totalmente desconocida para todos comenzó a azotarle la cabeza contra el piso al tiempo que gritaba:

-¡¿Por qué lo molestas a él?! ¡¿No ves que estoy yo aquí?! Se supone que tendrías que maltratarme a mí no a él, ¡¡¡A mí!!! ¡Para eso te he pagado maldito!

Los secuaces estaban paralizados por la impresión.

La cabeza de Mike era azotada una y otra vez contra el suelo. Las baldosas se comenzaron a teñir de sangre oscura y espesa. Pronto fragmentos de cabello, piel y hueso comenzaron a esparcirse.

El cuerpo del chio temblaba y convulsionaba. Su pandilla salió huyendo al ver la escena. Yo me quedé viendo, tratando de comprender.

No paró hasta que los sesos de Mike quedaron esparcidos por el piso.

Carlos me dirigió una mirada demencial. Y comenzó a aullar como un desquiciado.

Yo salí corriendo de allí y aquí estoy refugiado en mi habitación del pánico. Nunca podré olvidar su mirada. La mirada de la locura...