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— Simone, querida, ¿Ya has ido a dormir? —

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Preguntó una madre soltera a su hija. Son casi las doce, la niña aún permanecía al pie del ventanal sentada

sobre sus pantorrillas con su espalda y cabeza ligeramente inclinadas. A la madre esto le preocupa pues no recibe respuesta alguna. Se acerca con la intención de sacarla de aquella pequeña oración o lo que en su mente dedujo como una, le sacude con suavidad, primero una, luego otra pero la niña no parece reaccionar y un pequeña gota resuena sobre la madera del suelo, su preocupación aumenta cuando ve el color de aquella gota apenas distinguible gracias a la oscuridad del cuarto. No duda en voltear a su hija, quiere saber si esta bien.

— S-simone. — Le llama titubeante. Nuevamente no hay respuesta y gracias a la brusquedad con que movió a la niña su campo de visión se ve afectado tardando en acostumbrarse nuevamente.

Sus manos golpearon fuertemente sus labios ahogando un grito de agonía, lágrimas comienzan a acumularse en sus ojos castaños y los pequeños sollozos no se hacen esperar. El horror se expresa en sus ojos al ver a su niña de tan solo nueve años con las manos atadas en posición de rezo y el crucifijo incrustado en la laringe, la sangre sigue goteando, ella retrocede pocos metros.

Clama por ayuda, clama por su hija, por su hijo pero no parece que la escuchen. Nuevamente se acerca con intenciones de acurrucar al cuerpo inerte de Simone entre sus brazos, acariciando su cabellera castaña; y su vestido de terciopelo color crema se mancha con las gotas color carmesí. El dolor de perder a la más joven de sus tres hijos la consume al paso de las manecillas del reloj, derrumbándose en un llanto más sonoro en cuestión de segundos. Y entonces.

Despierta, sudando frío y con el corazón agitado. Voltea a su lado, luego al otro buscando a su hija pero la cama está vacía por el lado derecho; las sábanas recientemente desarregladas le dan a entender que fue a la cocina y se levanta en busca de la niña escaleras abajo, encontrando a la misma sentada de espalda sobre una de las sillas del comedor, se alivia porque solo fue un mal sueño y suspira con alivio. Camino hacia su frente sin mirarla, tan solo fue llenar la tetera con agua para dejarla hervir en la lumbre de la estufa recién encendida.

— Me hubieras despertado si tenías hambr... —

Se detiene antes de terminar de hablar pues volteo verla. Sus piernas fallan por lo que cae hacia el frío suelo cubriendo sus labios una vez más, reprimiendo un grito una vez más; Frente a ella está nuevamente la menor de sus hijos, con la cara desollada y puesta en un plato sobre la mesa hace falta la musculo y los nervios, solo están los huesos.

No lo entiende, no lo comprende, está en un shock y a punto de por segunda vez quebrarse pero el sonido del agua hirviendo la interrumpe sacándola del shock, se dispuso a levantarse apagando la llama y caminando lejos lentamente. La cabeza de la niña se gira con la misma lentitud en la que camina a su dirección, en donde deberían ir sus labios pero solo hay huesos se comienzan a mover y una pequeña pregunta sale.

— ¿No te sientas a comer conmigo, mami? —

Se estremece y a la vez se detiene. Cae ante el canto de aquella voz aniñada e ingenua y termina en la misma mesa que su desollada hija. Un plato de comida aparece a su vista y ella se sobresalta ante esto pero comienza a comer.

La carne que lleva el plato sabe crudo y asqueroso, tiene problemas al masticar pero no se detiene pues la mirada de unos ojos vacíos la están vigilando y quizás hubiera seguido así, temerosa, asqueada con la vista al frente.Si no hubiese bajado la vista y dado cuenta que lo que llevaba a sus labios era el rostro cortado en pequeños trozos de su hija mayor. De la impresión cae hacia el suelo y entonces.

Vuelve a despertar tras caerse de la cama, está extrañada, está asustada no sabe que sucede y le da miedo descubrirlo. Se levanta y sacude sus ropas para notar los pequeños pies de sus hijos a su lado derecho; voltea observándose a sí misma tendida sobre la cama con el estómago abierto y sus hijos comiendo de ella.

Cae de rodillas sujetando su cabeza mientras grita que se detenga, una y otra vez. Esta exaltada perdió su compostura por completo pues no articula palabras alguna más que murmullos que se desvanecen con el sonido de órganos siendo masticados por dientes pequeños sin fuerza. Otra vez sentía ese mismo dolor en su pecho pero en esta ocasión una pequeña mano le tomó del brazo.

— ¿Que tienes mami? —

Hablo la pequeña Simone. Ella tan solo le sujeto y la agito, una y otra vez con fuerza, con rabia, en busca de desquitar su frustración con un pequeño ser aparentemente inocente y entonces.

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Despertó sentada sobre sus pantorrillas con la cabeza y la espalda ligeramente inclinadas, con las manos juntas, ofreciendo su plegaria al averno para poder engendrar un tercer hijo.