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A fin de cuentas me encuentro sentado en medio de un bosque que no existe, la luna se posa sobre el risco que parece un dedo semi-cortado, y las notas que el piano deja fluir levemente se pierden en el follaje de los árboles imaginarios.

Con un frío aterrador contemplo a la hermosa mujer que se acerca sigilosa, como esperando un beso de muerte. No le digo nada, simplemente observo cómo camina. Un paso que dura cien años, y así sucesivamente.

En realidad, es irrelevante pensarlo. Si lo piensas bien, qué es lo que has aprendido, qué es lo que tienes, los deseos que terminan siendo deseos, los sueños que terminan siendo solo sueños y los hechos que podemos considerar reales, se desvanecen como una gota de sangre que cae en un infinito océano de melancolía. Las palabras surgen de mis manos, ajenas a mis verdaderos sentimientos, pero es lo mejor que en realidad podré hacer.

El crepúsculo que sucedió hace más de mil años, me recuerda a la mujer que esta próxima a matarme. Sus besos, sus anhelos cortando los míos, me hacen suponer un futuro ilógico, donde la vida es escasa, y la realidad es valorada por la gente que vive de sueños en este momento…

Le pregunto a Dios cuál es el plan que tiene para mí. Iluso, espero una respuesta que no llegará, puesto que no hay tal dios.

El cielo sigue oscuro después de más de mil años, sentado, en medio del bosque imaginario, analizo las paradojas de la existencia como mujeres hermosas que son inalcanzables para el artista que trata de inmortalizarlas en el lienzo… ¿Existimos?, ¿vivimos?, ¿existe o no Dios?, ¿de qué se compone el universo?, ¿qué es lo que más importa en la vida?, ¿cuál es el camino correcto?...

Todas las respuestas se reducen a un factor, la mujer próxima, la de los besos que congelan y erizan la piel, la muerte encarnada en tristeza. El camino, la importancia. Nada.

Meros puntos suspensivos en la cadena de eventos irrisorios que condenan el alma a una eternidad de vicios aleatorios. Continúo la rapsodia bohemia que me recuerda los años que transcurrieron, pero que solo reflejan mi inmadurez, y que nunca he crecido... Adiós al alba, al crepúsculo, hola a la luna, que se funde en el cabello enmarañado de la mujer que se aproxima…

Quisiera poder despedirme, pero en realidad, ¿de quién me despido? Nacer es un evento solitario si lo piensas, al igual que la muerte. Desearía tener un contacto con el calor antes de perderlo todo, “a fin de cuentas” empecé con esta frase… Y terminó abrazado de la mujer que nunca decidió terminar su trayecto, puesto que tal mujer nunca vivió allá, sino aquí, en mis papeles desorientados y moribundos. Ese es el principio del caos que se forma al entender que soy quien no quiere verme y que en serio me pierdo en los cadalsos de la embragues…

Adiós mundo, no debí despedirme, y la soledad se hace más fuerte con cada gota de lluvia atravesando mis pensamientos… Un último epitafio sin sentido, que se agota en el arpegio de caras marchitas e hipócritas...

Vivir es la cuestión en sí que concluye en no existir viviendo en el pasado ni en la fantasía... Vivir, se trata de perderse en la realidad exhausto de ella misma y olvidarse de los sueños ilusos que se quedan en sueños. Vivir es vivir en su forma más plena.