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"Papá tuvo la culpa"

Ella solo tenía 13, sentada en el pórtico de su casa, esperaba a su mamá. No llegó, cual era extraño, en su lugar apareció una grúa remolcando el auto de mamá gravemente abollado. Su padre salió corriendo y recibió la mala noticia: su esposa había muerto.

Había caído tan rápido y de tal altura que aun si hubiese golpeado la cuneta del camino, el daño habría sido el mismo. Durante el funeral, Zoe no cesaba de culparse por todo, quería a su madre de vuelta, pero era demasiado tarde.

Tras la dolorosa pérdida, nada volvió a ser igual. A lo largo de un año, Zoe permaneció en su habitación la mayor parte del día, no salía de allí a menos que su padre la necesitase y se lo pidiese. Nunca aceptó la muerte de su madre.

Una noche, Zoe bajó por algo de beber; casualmente, escuchó a su padre hablar por teléfono:

—Sí, ya pasó un año y sigue igual, Rick.

—No, te agradezco el favor de sacarla del camino. Podemos seguir con el experimento, supongo que a Zoe no le va a importar hacerme el favor por las buenas —Río el sujeto al otro lado de la línea.

Zoe se quedó congelada, dio unos pasos hacia atrás en dirección a las escaleras, pero con tal brusquedad que chocó con la mesa del florero se tambaleó y se quebró contra el piso.

—Creo que podremos empezar hoy —Dijo su padre y colgó el teléfono.

Zoe subió las escaleras tan rápido como pudo y cerró la puerta con seguro, su padre subió directamente a su cuarto y dio 3 golpes suaves sobre la puerta.

—Abre la puerta, sé que estás ahí dentro —Dio otros 3 golpes, pero con más intensidad —No me hagas perder la paciencia... Abre esa puerta. ¡Abre la maldita puerta! ¡Abre, carajo, abre, Zoe!

Zoe cerró la puerta del closet con fuerza, sigilosamente abrió la ventana y salió al exterior. Cuando su padre entró con la llave de repuesto, fue directamente al closet, pero no la encontró, se acercó a la ventana y apenas vislumbró la lejana figura de Zoe perdiéndose en el camino.

Zoe corría sin parar en la oscuridad de la noche. Estaba empezando a cansarse. Vio la cafetería de Lis, ya casi llegaba. Entonces escuchó los pasos de su padre, estaba tan cerca... ¡Bum!, sintió un golpe fuerte en la cabeza y se desplomó. Vio, con lágrimas en los ojos, la sombra de su padre empuñando un bate de béisbol. Perdió el sentido.

Despertó como si no hubiera pasado nada, Amanecía, de inmediato se miró al espejo. Tenía puntadas en el cuello y, no pudo entender por qué o cómo, sus pestañas se asemejaban a las de una muñeca de trapo. Delicadas y lisas pestañas sobre unos botones de colores donde deberían estar sus ojos.

Su padre la observaba no muy lejos, Zoe no podía recordar nada, él le dijo que el día del choque sus ojos habían quedado arruinados por los vidrios del carro. Zoe no recordaba nada.

Una semana transcurrió, una semana en la que su padre le negó la entrada al sótano. Zoe sabía dónde estaban las llaves de su casa, todas las llaves. Confundida se encontraba, pero algo le incitaba a desconfiar de su padre, un extraño presentimiento intranquilo, de modo que esperó a que su padre saliese de casa para visitar a un tal Rick. Quitó el candado de la puerta del sótano y descendió.

Encontró unos ojos color miel en un frasco. Los recordó: eran sus ojos, y en perfecto estado. Al distinguir el bate de su padre en una esquina, recordó todo.

Estaba furiosa. Quería hacerle pagar a Rick y a Thomas, no, no era su padre... Ahora simplemente era Thomas.

Cuando Thomas volvió, la encontró sentada viendo el televisor tranquilamente. Él la abrazó y ella le correspondió:

—Mi bonita muñeca.

—¿Sabes cuál es la desventaja de mentir, papá? Que todo se descubre y las consecuencias se pagan —Dijo mientras se apartaba de él, golpeándolo con un pedazo de ladrillo.

Thomas cayó al suelo, se arrastró como ella cuando él la abatió con su bate. Sin esperar más, Zoe le propinó otro mandoble con un tubo de metal del sótano. Y volvió a golpearlo cuando recordó haber sido amarrada a la mesa, drogada, un experimento.

—¡Yo te amaba! —Dijo mientras aplastaba sus piernas. —Eras mi héroe papá, Eras... —Escupió y lo golpeó en la nuca, y no dejó de golpear hasta que la cabeza de Thomas nadó en sangre.

Rick llegó más tarde y encontró a Thomas en un estado irreconocible, se dio vuelta en el acto para salir, pero un sorpresivo golpe en la cara le hizo retroceder violentamente.

—Por mi madre, maldito bastardo.

Rick era rápido e intentó esquivar el segundo embate, pero Zoe lo golpeó antes de que recuperara el equilibrio y siguió hasta que aquel miserable pagase visiblemente con su muerte. Ahora debía dejar ir lo que la atormentaba. Para no traslucir evidencia alguna, sacó el galón de gasolina de la cochera y regó la casa hasta agotarlo, tomó sus cosas (ropa y demás) y salió lanzando un fósforo.

Disfrutó ver la casa arder por unos segundos y después se perdió en el bosque con una mochila gris y un oso mediano color café obscuro, aquel peluche desgastado que su madre le había regalado.

El periódico local anunció su desaparición. No habían encontrado los restos de Zoe en el fuego, tampoco nadie supo más de ella en el pueblo. Zoe se las había arreglado, sin embargo, para que no la reconociesen por su cabello, ropa u ojos. La Zoe de la foto del periódico, la que todos recordaban, no era ella ya. Aquella Zoe había muerto en el incendio, junto con los recuerdos de su madre y de su padre.