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POKEBOLA

Solo queríamos ser libres. ¿Acaso es mucho pedir?, obligado a pelear contra mi voluntad, siempre al borde de la muerte.

¡Solo queríamos ser libres! Esto no debería haber pasado jamás, nunca creí que pudiera llegar tan lejos. ¿Qué? ¿Qué quién soy yo? Soy un Pokémon que acaba de ganar su libertad a costa de la muerte de su entrenador; sé que suena cruel, pero no saben por todo lo que pasé.

Todo comenzó cuando éramos pequeños mi hermano y yo. Vivíamos tranquilos cerca de pueblo pardal en la ruta 114. Bueno, tal vez no tan tranquilos: había algunos problemas. Siempre estuvimos en una gran disputa con los seviper. Fue tal la batalla que nuestra especie desarrolló inmunidad a su veneno.

Esto nos facilitó la guerra pero los seviper eran astutos y aprendían más formas de acabar con nosotros. En una ocasión mientras dormía, mi padre murió en una pelea con los seviper. Él era nuestro líder y guía. Su muerte no fue en vano, pues arrastró hasta las puertas del infierno al líder de los seviper.

Mi madre tomó su lugar, pero su liderazgo no duró mucho tiempo. Nunca supimos cómo, pero un seviper logró colarse en nuestra guarida. Mientras todos dormíamos, el seviper hizo un ruido extraño. Solo mi madre consiguió escucharlo.

Salió a investigar qué ocurría. El seviper la atrapó: "¡Tú y todos los tuyos asesinaron a mi padre! ¿Creías que no lo vengaría? Tal vez hayas desarrollado inmunidad a mi veneno pero no a esto."

De repente enterró su afilada cola en el estomago de mi madre: "Serás mi trofeo y pronto todos los tuyos también lo serán."

Un río de sangre corría a sus pies; solo alcancé a ver como arrastraba el cadáver de mi madre a las profundidades del bosque, no sabía qué hacer. Creía que esto debía ser un sueño cruel jugando con mi mente.

Así que solo cerré los ojos y caí de nuevo en las garras del sueño. A la mañana siguiente estábamos solamente mi hermano y yo. En la entrada de la cueva estaban los cadáveres de toda nuestra especie. No pude evitar romper en llanto, cuando dos entrenadores nos vieron decidieron pelear con nosotros, entonces sacaron a sus pokémons ordenándoles cruelmente debilitarnos y al final nos capturaron en una bola roja con blanco.

Creí que era una oportunidad para comenzar de nuevo. Pero me equivoqué. Nos sacaron de esa misma bola y nos ordenaron atacarnos mutuamente; yo me negué a hacerlo, mi entrenador solo tenía una medalla, así que no tenía tanta influencia en mí. Pero mi hermano me atacó con una cuchillada.

Yo no podía creerlo, ¡lo habían controlado! Mi entrenador me metió a aquella bola roja con blanco, creo que se llama pokébola. Dijo que yo no lo obedecía. Que lo mejor era esperar un tiempo.

Mi entrenador ganó dos medallas más. Ya podía controlarme contra mi voluntad, en ese momento tuve que pelear de nuevo con mi hermano, nos obligaron a herirnos hasta no poder más. Al parecer, era así con todos los pokémons capturados, en varias ocasiones, estuve al borde de la muerte. La primera vez que eso ocurrió estaba feliz: creí que todo al fin había terminado.

Pero para mi desgracia me recuperé en un centro pokémon. Al cansarme de todo esto, decidí planear mi escape. Lo había ya perfeccionado. Por fin saldríamos del control de esos niños, y seriamos libres una vez más, descubrí como salir de la pokébola. Al hacerlo tomé la de mi hermano y lo liberé presionando el botón de en medio como lo hacían ellos. Creí que con eso bastaría.

Así que le dije: "Huyamos, hay que regresar a casa, hermano". Pero él reaccionó atacándome, como si yo fuera el enemigo. ¡No podía creerlo! Estaba completamente dominado.

Se escuchó el rechinar de la puerta.

¡Eran nuestros entrenadores!

Tomé las pokébolas y las arrojé a su rostro. Pero estas solo se rompieron. Entonces mi hermano reaccionó de la manera esperada.

Dijo: "¿Qué hago aquí? ¿Dónde está mamá?"

Le dije: "Ahora somos los últimos de nuestra especie, así que huyamos". Corrí por aquella puerta donde se encontraban nuestros ex entrenadores". Los embestí rápidamente. En la siguiente habitación, había una ventana cerca, la rompí rápidamente con mi garra sin pensarlo dos veces. Los trozos de cristal saltaron a mi cara. Pero no me importó, solo salté por la ventana.

Mi hermano me siguió rápidamente. Corrimos al bosque tan rápido como pudimos. Creímos que ahí estaríamos a salvo, cuando el padre de nuestros entrenadores salió enfurecido sacando de su pokébola a un salamance. Ellos lo montaron y salieron en nuestra búsqueda, ¡esto no podía ser bueno!

Le dije a mí hermano: "Ocúltate en aquel árbol; yo, en este. Cuando te grite ¡ahora!, saltarás al cuello de salamance, y yo a su estómago. Debemos ser rápidos o no tendremos oportunidad".

Ellos se acercaban con salamance por delante: era justo lo que queríamos. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, yo grité:

¡Ahora!

Atravesé su estómago rápidamente y sin piedad alguna. Su sangre azul corría por mi toda garra y mi brazo, manchando mi pelaje. Esto me recordó la muerte de mi madre: entré en un sádico frenesí. Tomé sus entrañas atándolas a mi garra, y comencé a golpearlo sin parar, salpicando de sangre los árboles y arbustos.

Al final corté sus entrañas de su cuerpo, mientras era bañado en su sangre que caía por el agujero en su cuello. Cuando salamance murió, su entrenador se arrodilló, sin poder creerlo aún. Nuestros entrenadores estaban paralizados de miedo. Intentaron sacar otro pokémon al combate, pero antes de que tomara alguna pokébola, ya los tenía entre mis garras, le dije a mi hermano cruelmente:

-¡Hazlo!

Él atravesó sus pulmones rompiendo sus costillas, a la vez que yo los estrangulaba mirándolos a los ojos, observando su muerte; entonces, corté sus cuellos y corrí con mi hermano. Su padre no pudo hacer nada, no podía reaccionar, y le dije a mi hermano:

-Al fin somos libres, a costo de la sangre de quien nos tomó prisioneros, pero libres.

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