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-¡Que entres ahí!- le gritaba al pequeño Pablo.

-¡No, no quiero, suélteme, quiero ver a mi papá!- decía el pobre niño, quien luchaba con todas sus fuerzas, incluso cuando estaba drogado en ese momento.

Finalmente, un golpe en la cabeza bastó para dormir al pequeño Pablo, quien ahora respiraba tranquilamente. Valentina abrió la puerta de la habitación, iluminada pobremente con un bombillo colgando de una cadena, en el piso había charcos (de agua, orina y sangre) los cuales se rehusaban a desaparecer, en las paredes figuraban manchas de sangre y polvo, junto con unos pósters llamativos que decían cosas como: "Cada día de mi vida es el mejor" o "Empezar las mañanas con buena actitud". La habitación era amplia, como una sala de estar, pero ella prefería llamarla "La sala de juegos".

-Les traje un compañero nuevo, creo que se van a llevar bien- decía Vale mientras arrastraba a Pablo al fondo de la habitación, donde le esperaba su cadena con collar.

Había más niños y niñas en la habitación, todos de 6 a 9 años, desnutridos, flacos, sucios y golpeados. No se molestaron en hablar, ellos sabían que no le debían replicar nada a su "nueva madre". Todos ellos tenían su cadena con collar atada al cuello, podía estar ajustada o un poco floja dependiendo de como se portaran.

Vale terminaba de ajustarle el collar mugriento a Pablo, cuando oyó la voz de Pamela, una chiquilla rubia de 7 años, que preguntaba:

-¿Ya nos podemos ir?- su voz era tan débil que esas pudieron ser las últimas palabras que podía haber pronunciado en su corta vida.

-A ver, ¿qué les dije?- preguntaba Vale otra de las muchas veces.

-Que cuando terminemos los laberintos- contestó Jorge, quien lo dijo con su garganta seca y ronca.

-Muy bien, mi querido "George", tal vez a ti te dé arroz de comer, sigue portándote bien- dijo ella con voz alegre, quien no prometía cambiarle la comida de perro en su interior.

Vale regresó con 4 libros en mano para ellos, para colorear, pero ella hizo el favor de arrancar todas las hojas y dejar solo los laberintos. Los libros estaban en buen estado, casi recién comprados, pero después quedaban con arrugas, manchas y a veces rotas. Ella aventó unos crayones en la habitación: eran pequeños, algunos ni siquiera tenían punta.

-Tienen 5 minutos- dijo Vale con voz seria mientras cerraba la puerta al salir.

Tomemos esos 5 minutos para explicar un poco lo que pasa, ¿te parece, querido lector? Valentina Mendallo era una linda mujer, tenía unos 23 años. Mostraba interés en la ciencia y experimentación, le fascinaba descubrir el lado psicológico de cualquier cosa viva y su comportamiento. Hasta que esa fascinación se convirtió en una obsesión al matar en público a la madre de unos cachorros caninos para un proyecto de secundaria.

-Se acabó el tiempo- dijo Vale mientras arrebataba los libros de sus pequeñas manos-. ¿Quién hizo este?- preguntó mientras sostenía un libro con el laberinto sin empezar.

-Fui yo- exclamó con voz baja y temblorosa Carlos, de apenas 6 años. Curiosamente ayer había sido su cumpleaños.

-Esto no es progreso- dijo con aire decepcionado, mirando el suelo- Vengo en un momento- dijo e inmediatamente salió de la habitación azotando la puerta.

Poco tiempo después se abrió la puerta y ella volvió. Tenía una caja de herramientas de color negro, se acercó a Carlos (quien tenía unos pequeños espasmos de nervios) y se inclinó enfrente de él. Entonces extrajo un destornillador de la caja y agarró el pie derecho desnudo del niño.

-No te muevas o te irá peor- le susurró.

De repente se escuchó el grito seco (y con tos) de Carlos mientras el destornillador era clavado en su dedo pequeño. Después de varias puñaladas, se podía apreciar el hueso y algunos nervios, que Vale no dudó en lastimar.

En la desesperación, Carlos intentó golpearla, pero el dolor se lo impedía, por lo que solo consiguió jalarle el cabello sin resultado alguno. Vale después extrajo un martillo y unos clavos. Con el martillo lo golpeó en la cara, rompiéndole la nariz y arrancándole un trozo de piel, luego procedió a tirarle los dientes, de los cuales pocos salieron con raíz, obstruyendo la garganta de Carlos. Se hubiera podido llenar una bañera con su sangre derramada. Finalmente Vale tomó los clavos y los atornilló en las uñas de las manos de Carlos.

No pasó nada interesante después de eso, además de los niños limpiando y recogiendo restos humanos, todo fue tranquilamente.

Yo creo que las personas sin habilidad alguna, aunque sea absurda, son inútiles, y al no servir de nada se deben descartar del sistema. Tú, querido lector, ¿estás de acuerdo conmigo? ¿Qué medidas debemos tomar?