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Hace aproximadamente unos dos meses que salí de viaje a Mazatlán, Sinaloa, con un grupo de estudiantes. A nuestro regreso hacia Ciudad Juárez, cuando pasamos por la zona del espinazo del diablo, el autobús en el que íbamos se vio obligado a parar por otro autobús que estaba obstruyendo el tráfico. Nuestro chófer se bajó para ayudar a las personas que se habían quedado, él amablemente se ofreció a llevar a su destino a los que pillara cerca de la ruta.

Al subir uno de los pasajeros a nuestro autobús, empezó a platicar con nuestro chófer sobre lo que les había ocurrido, diciendo lo siguiente:

-Cuando salimos de la ciudad y nos dirigimos hacia la mencionada zona del espinazo del Diablo, una niña se acercó para pedir que la llevaran hacia otro lugar no muy lejano. El chófer no consintió que una niña llegara sola hasta su destino ni tampoco que atravesara andando el espinazo del diablo.

>>Cuando la niña subió al autobús, le mencionó al chófer que el vehículo tenía problemas en los frenos y que debería parar, pero el chófer, al no notar nada, la ignoró por un momento.

>>Después de unos momentos se sintió inseguro y bajó para realizar una pequeña revisión. Al ver que lo que había dicho la niña era cierto, subió rápidamente al autobús para preguntarle cómo es que ella sabía de la avería, pero la pequeña había desaparecido sin dejar rastro.

>>La buscaron pero nadie dio con ella.

¿Quién sería esa niña? ¿Por qué los habrá salvado? ¿Cómo conocía el problema del camión? No sabemos la respuesta, pero lo que sí sabemos es que no estamos solos en el mundo: también nos acompañan aquellos que un día nos dejaron.