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Vio en su víctima el más retorcido de los miedos. Tiritaba excitado, impaciente, con los labios secos y la respiración entrecortada. Olió el cuerpo varonil y se regocijaba en gozo, de tantos sentimientos encontrados. Palpaba y tocaba sus brazos, lo miraba de pies a cabeza, sobre la tabla, amarrado con fuerzas de pies y manos.

Los demonios hablaban. Susurraban cosas al oído. El renacer, el arte, la ardua tarea estaba a punto de empezar.

Buscó en una maletita impecable y sacó dos jeringas. Una inyección de adrenalina poco concentrada para él, un sedante en la misma concentración para el muchacho.

Hicieron contacto visual. Se movía, la mesa se estremecía, y él ángel, como se hacía llamar el campesino enfermo, levantaba las manos, con las pupilas inyectadas, en un símbolo de Divinidad Demoníaca, como celebrando un ritual, como una victoria personal, una anotación más dentro de su asqueroso marcador.

Llevó la rudimentaria mesa por un pasillo oscuro. La víctima miraba desesperado, como buscando algo que pudiera sacarlo de su desconocido destino, asqueado también, respirando el venenoso aliento de un viejo retorcido y de pupilas tiritonas. Pensaba que solo en las películas pasaba eso de pedir ayuda en una casa lejana y campesina, para terminar en las manos de algún asesino. Vaya suerte.

El ángel abrió una puerta y la Luz se hizo aparecer entre tanta oscuridad. Un impecable blanco espantó a los Fantasmas y los pensamientos que la víctima podía tener en ese momento. El ángel dio risas de nerviosismo y metió sin problemas la vieja mesa, ya a punto de caerse, de desarmarse.

La víctima miró sorprendido lo que lo rodeaba; una habitación completamente vacía e impecablemente blanca, como nueva. Fría y desolada, solitaria, brillante, reluciente.

Más se sorprendió el muchacho cuando vio al viejo desatar sus amarras, completamente tranquilo, sin apuros, si presión. El muchacho dio un puñetazo al viejo y se dirigió inmediatamente a la puerta, que para su mala suerte estaba sellada, con código de cuatro dígitos.

Volteó furioso, mirando al putrefacto ser humano que tenía de Verdugo, quien se sacaba la camisa y dejaba ver un torso llenísimo de cicatrices pequeñas, algunas recientes e incluso, heridas abiertas y purulentas. El muchacho lo miró con cuidado, extrañamente tambaleante, medio cansado.

Aún así se armó de valor y mientras se acercaba lento hacia el viejo, le gritaba amenazante.

-El código, viejo.

No obtuvo más respuesta que una sonrisa.

-El puto código, infeliz.

Sonrió más aun y comenzó a murmurar por lo bajo, inentendible. El muchacho, ya harto de todo esto, concentró todas su energía en su espalda, traspasándoles hacia el brazo, procurando dar el más condenado de todos los puñetazos jamás dado.

Pero falló.

Se mareó y cayó grotescamente hacia el suelo, medio atontado, ya sin rabia y con más miedo. Sacudió la cabeza y volteó lento a mirar al ángel maldito, quien metía uno de sus dedos en una llaga verdosa, riendo, conteniendo carcajadas, con los ojos desorbitados, desbordando en una locura digna para ser contada en una historia de esas de mediana calidad.

La desesperación hizo su aparición. La adrenalina hacía efecto, así como también el sedante.

Indefenso, se sentía débil, físicamente impotente e incapaz de reaccionar a tiempo, a medida que el viejo campesino se acercaba y lamía el dedo que había metido en la purulenta herida.

Otro mareo.

El viejo extasiado pateó brutalmente la mandíbula del sedado muchacho. Gotitas de sangre manchaban el piso, secándose como la valentía de la víctima, por culpa de una jeringa y su contenido. La adrenalina ya estaba a todo lo que daba, corriendo por el torrente sanguíneo del ángel, negro, maldito, enfermo, convencido de su tarea de dar descanso a las almas, de enviar sus cansados espíritus lejos de este injusto planeta, pasando por un sangriento ritual de color carmesí.

Lo volvió a patear, sintiendo un pequeño crujido en esta ocasión. Una carcajada descontrolada se escapó de la boca el miserable verdugo, a la vez que se agachaba para ver a su víctima más de cerca.

Del muchacho ya no quedaba mucho, por decir. El sedante ya estaba en pleno efecto, adormeciéndolo, no del todo, pero apaciguando su dolor, dándole una extraña resistencia al dolor, pero no al impacto.

El viejo miró frente a frente a su víctima, y justo delante de sus ojos, sacó un pequeño cuchillo de peligroso filo, con el que se dio un corte en el brazo, justo al lado de otro un tanto cicatrizado, pero fresco aun. Dejó caer la sangre sobre el cuerpo del muchacho.

-Eres… un enfermo… viejo de mierda…

El ángel le sonrió, lamió los labios de su víctima y le asestó un certero puñetazo, terminando de fracturar completamente la mandíbula.

De ahí en adelante, se dio rienda suelta a la carnicería.

Poniendo de pie a su mascota, con el mango del cuchillo empuñado, comenzó a golpear y a romper, una por una, las costillas, dejando un hilo de sangre entre golpe y golpe, arrancando pequeños gemidos de dolor del pobre diablo.

Sacudía las manos contra las paredes y admiraba como el contraste de los colores daba un bonito aire a la habitación. El muchacho se arrastraba, con la cara hinchada y las costillas rotas, haciendo un arte abstracto, medio impresionista, usando solo un color para satisfacer a la audiencia de Demonios y fantasmas que habitaban la cabeza del ángel demente.

Otra patada hacia la mandíbula, ahora colgaba, totalmente desencajada, fuera de lugar y partida en dos. El viejo se montó en el muchacho y comenzó a golpear sin piedad y con extraordinaria fuerza el cráneo del joven, usando el mango del cuchillo.

La sangre salpicaba en un grotesco festival, con el chico semi-inconsciente, aún vivo, tambaleante y dando manotazos por inercia.

Jadeando de placer, dando besos y mordiscos a la cara de su víctima, cortando el torso y el abdomen, todo el momento era tan hermoso, mejor que las drogas, que el sexo, que el alcohol, liberaría a su víctima de sufrir en este mundo, de la moda, de casarse, de un mal trabajo… llevaría a su muchacho a una mejor vida.

Dio codazos, patadas, golpeó las muñecas, las piernas, machucando, abriendo la carne, desgarrando y fracturando, arrastró el cuerpo por el suelo brillante, frío, lo levantó, lo dejó caer…

Y él sonreía, demoníacamente, saboreando cada momento, cada suspiro, cada gemido.

Costillas rotas, mandíbula dislocada, muñecas y antebrazos lacerados, torso y abdomen cortados, sangrando. Pero faltaba el toque final. Ese toque que terminaría de dejar la habitación como el Ángel quería.

Deseando la muerte e intuyendo su destino, el muchacho se dejó manipular por el viejo, poniéndose de pie, casi sonriendo de alegría, medio idiota, medio muerto.

Lleno de gloria, casi al borde de las lágrimas pero sin dejar de concentrarse, cortó lentamente el cuello del pobre muchacho, para luego jalar el cabello hacia atrás y dejar el cuerpomMedio decapitado, manchando las paredes con cada pulsación del corazón, aun latente, expulsando sangre con fuerza, sintiendo el aire escapar de los bronquios en un bramido inhumano, tibio, liquido, espeso y consistente, la blanca habitación se transformó en un Infierno carmesí, una fría habitación decorada de forma repugnante y hermosa.

El éxtasis ya comenzaba a desvanecerse. El alma del muchacho ya estaba liberada de todo sufrimiento, y la habitación había quedado completamente adornada. Acomodando el cuerpo en la vieja mesa, colocó el código, abrió la puerta y se retiró, dando una última mirada a la obra de arte que acababa de nacer a manos suyas.

En el viejo campo, oscuro, abandonó el cuerpo junto a los cerdos.

Se devolvió mirando las estrellas, haciendo como si el espíritu del muchacho estaba por ahí, en el firmamento, apaciguado. Los demonios en su cabeza reían y los enfermaban más, alentándolo a esperar, a crear nuevas obras una vez que la sangre se secara. La idea le gustaba, sería una marca más en su piel, maldita, poseído, su marcador personal.

Y de pronto, miró hacia la autopista, lleno de curiosidad, por un auto detenido, justo, cerca de su casa. El ángel marcado despertó súbitamente.

Sonrió.