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R despertó por la alarma de su celular, abriendo los ojos lentamente enfocando su visión en el techo. Luego, miró hacia la izquierda, viendo una esquina de su habitación junto a otros muebles; después a la derecha, dando su mirada a la pared que estaba al lado de la cama. Se levantó apartando sus cobijas. Eran las 6:30 AM.

¿Pero por qué se levantó a esta hora de la madrugada? Fácil: debía terminar de estudiar ya que tenía clases a las 10:00 AM. Sacó su cuaderno de Matemáticas, se sentó en su escritorio y comenzó a practicar. Más o menos media hora después, escuchó un ruido de pisadas en la cocina, pensando que tal vez eran sus padres que también se levantaban a esa hora por el trabajo, lo ignoró. Luego volvió a sonar pero esta vez en el pasillo. Él volteó su mirada y notó una pequeña pelota rodando hacia su cuarto, por un segundo pensó que era su imaginación, pero no, se oyó otro ruido ahora en su baño. Era como la risa de un niño pequeño. R estaba callado y pálido. De repente, se oye un golpeteo en su ventana. Rápidamente miró y no vio nada. Otra vez la risa detrás de él. Sintió que lo tomaron por el cuello y lo lanzaron hacia la pared.

Se golpeó muy fuerte la espalda y cabeza, costándole respirar. Miró, borrosamente, hacia arriba y tenía una escopeta apuntándole: era un robo. Se quedó pensando por un tiempo, recapitulando qué había pasado. En la cabeza del ladrón había una sombra negra que lo cubría, y lo mismo con sus manos. Lo levantó tomándole del cabello y lo volvió a lanzar contra la pared.

R veía muy borroso, pero alcanzó a observar al delincuente –si es que era uno– mirando hacia la ventana. Empezó a caminar hacia ella y se lanzó a la calle. Salió un hombre vestido con un traje amarillo de descontaminación de su baño y llevó sus manos a R, como si fuera su salvador de aquella pesadilla, aunque tuviese la cara llena de sombras como el criminal, pero el pequeño cerró sus ojos y quedó inconsciente.

R despertó gritando, muy asustado y sudando, estando recostado en su cama. Miró a su alrededor y no había nada extraño. Creyó que fue un sueño. El reloj indicaba que eran las 10:42 AM. Sin más que hacer se levanta y baja a su cocina, pero se encontró con lo peor: sus padres estaban muertos en el piso y con sus caras desfiguradas y varios huecos en el pecho, pareciendo como si hubiesen sido baleados por algún arma pesada.

Él gritó del espanto, se cayó hacia atrás, se arrastró de espaldas hasta tocar una pared y empezó a llorar. Ya no sabía qué hacer.

–¿P-por qué...?

Un chillido invadió sus oídos, lo estaban volviendo loco. Éste se golpeaba la cabeza contra el suelo, se mordía los brazos, hablaba en reversa, parecía un transe. Estaba muy desesperado, quería acabar con su vida. Tomó un gran cuchillo y cuando estaba a punto de clavárselo en el pecho, el transe se detuvo. Soltó el arma, aterrorizado, y podía sentir mucho dolor en el cuerpo hasta toser sangre. Se dirigió al baño a lavarse la cara, miró en el espejo su rostro y estaba roto y cubierto de sangre, con rasguños en las mejillas.

Sintió que alguien abría la puerta de aquella habitación. Se apegó a esta para que nadie pase, ya que si sus padres estaban muertos, no quería ni pensar quién podría ser. De todos modos, su intento de resistencia fracasó. Se precipitó contra el suelo boca abajo. El intruso lo tomó de la parte trasera de su remera y lo dio vuelta, mostrando que llevaba el mismo traje de descontaminación que el otro sujeto, pero blanco. Lo cargó como si fuera un saco de papas, sintió un aguja atravesar la carne de su brazo derecho, y se durmió.

Se levantó de su cama sudando, otra vez. No recordaba nada de lo sucedido. Volvió a pasar lo mismo: mira al reloj, baja a la cocina, ve a sus padres, se arrincona y va al baño, pero nadie se apareció esta vez.

A las pocas horas, R tomó los cuerpos de sus padres y los enterró en el jardín, usando una pala de la caseta de herramientas. Se colocó frente a sus lápidas –las cuales eran trozos de madera con los nombres escritos en marcador– y empezó a llorar silenciosamente, recordando que ese mismo día en el que encontró a sus progenitores fallecidos, era el cumpleaños de su madre.

Encendió una vela, la puso en una pequeña mesa junto con una foto de su mama y papá, y una rosa. Cayó al suelo de rodillas diciendo:

–¡No! ¡¡Es imposible!! Ustedes... están… ¡¿Qué pasó?! ¡¡Mamá, papá, ¿por qué?!!

Una voz que viajaba junto con el viento lo abrazaba. Dijo:

–Todo esto tenía que pasar alguna vez. El mundo es triste.– R, muy enfadado y frustrado, gritó.

–¡¡Fuiste tú!! ¡Eres un imbécil! ¡¡Te mataré!!

El chillido volvió a sus oídos, un poco más fuerte, y más, y más, y más. R no perdería la cordura de nuevo. Pero, de repente, todo se volvió oscuro, no podía ver nada, y la voz dijo:

–Tu destino está en matar para alegrar al mundo, ¿no lo ves?–

R vio a su alrededor un montón de cadáveres de personas y soltó una pequeña risa, pero se dio cuenta de esto, y empezó a gritarle a la voz.

–¡¡No, no, no, no, no!!

–Mmm..., parece que no quieres aceptar lo que eres.– R despertó del trance. Todo estaba claro y los cadáveres ya no estaban. La voz dijo antes de irse.– Pronto serás uno de ellos, uno de nosotros, R.–

Días más tarde, R estaba sentado en un parque comiendo patatas. Las había comprado con algo de dinero que tenía y prefirió no decirle nada a nadie del suceso.

Un chico con sudadera verde con una capucha se le acercó.

–¿Por qué esa cara? Te hace falta una sonrisa.– Dijo el chico sacando una navaja de su bolsillo.

R rápidamente se lo quitó de las manos, tomándolo desde el filo sin importarle que se cortara. Le apuntó con él al contrario, diciendo que no necesitaba una sonrisa, pero que le borrará la suya, aunque notó que su cara era de sombras. El joven retrocedió un poco su cabeza, como si se estuviera sorprendiendo, y se fue caminando.

Le temblaba la mano, tanto, que soltó el cuchillo, confundido por lo que acaba de pasar. En ese momento, sintió la necesidad de hacer daño, pero estaba consciente de lo que sucedía. Escuchó una muy débil voz que le decía:

–Hacer daño te hará más feliz.

R agitó su cabeza y cuando abrió los ojos todo estaba oscuro de nuevo, aunque no había cuerpos. En su defecto, un espejo, y en él se miró a sí mismo con los ojos rojos, marcas de cortes en los brazos, su pelo empapado de sangre y las manos sujetando un corazón aún palpitando. Expandió enormemente sus ojos y dejó escapar una pequeña carcajada, luego una risa más elevada, después una muy fuerte y maquiavélica; volvió a la normalidad abruptamente. R se percató de que todas las personas alrededor le miraban extrañados por su actuar, y se fue corriendo a su casa.

Se sentó en su cama colocándose una cobija encima, y solo se quedó allí. Hasta que una vez más, oyó un ruido proveniente de la cocina. Era como si estuvieran susurrando hasta que le pareció oír pasos acercándose a su cuarto, su puerta se abrió dejando pasar un helado viento.

R en ningún momento se atrevió a abrir sus ojos, pero sentía que alguien estaba ahí con él. La presencia le era familiar. Esta vez no le dijeron nada y en vez de eso sintió algo atravesarle el estomago, abrió los parpados y era un gran cuchillo. R vomitó sangre y se sacó el cuchillo, miró hacia arriba y era un hombre ligeramente alto, con sombrero y pupilas azules, sonriendo pícaramente. De su espalda emergió una daga con un líquido negro en la punta y en un intento de defenderse, R se levantó y rápidamente se lanzó sobre él y toma el arma, provocando que ambos cayeran contra el suelo. Después lo apuñaló en todo el torso e incluso frente, pero el contrario solo mantenía su sonrisa sin inmutarse del dolor. R, impactado, dio unos pasos atrás y saltó por la ventana, pero volvió levitando involuntariamente. El sujeto le dice:

–Tienes que aceptarlo: el mundo es una porquería y está triste, pero tú… ¡puedes hacerlo sonreír!–

R empezó a reír fuertemente, soltando lágrimas.

–¡¡Sí!! ¡Debo hacerlo sonreír, pero antes de daré una verdadera sonrisa, hijo de-…!

Repentinamente, R salió volando por la ventana, aterrizando en el balcón de la vivienda del vecino. Una mujer que vivía allí se acercó a R preguntándole si estaba bien. Él pasó la mano por su pecho, y sintió que un cuchillo apareció en ésta. No lo pensó dos veces. Atravesó el cuello de la mujer.

El responsable de todo el acto aún seguía en la casa del joven. Miraba por la ventana cómo su éxito sembraba el caos en la casa de al lado.

-Transformación completa.- Dijo desvaneciéndose en partículas

Refial corría por todos los lados de la habitación, haciendo de cuenta que acuchillaba personas u objetos. Del otro lado de la vitrina, dos hombres con batas tomaban nota de sus actitudes, mientras se acercaba otro con un traje de descontaminación blanco. Éste dijo que fue difícil, pero que logró meterlo dentro de la habitación de contención otra vez. Nadie salió herido.

–Los chalecos de fuerza son inútiles en él, incluso con doble ajuste.

–Pobre chico. De por sí tenía ligeros problemas mentales que se controlaban con pastillas, y desde que sus padres fueron acribillados en ese robo desarrolló Esquizofrenia al completo… Siento pena por él, pero no puedo asociar a nadie ni nada con la descripción del ser que nos “contó” mientras dormía.–

–Tranquilo, amigo, lo averiguaremos tarde o temprano. Por ahora, concentrémonos en ayudarlo.–

–Creo que tienes ra-…

–¡Otra vez escapó! ¡Código rojo, códi-…!