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Mi madre se enamoró de un europeo rico y se fue con él a Francia. Fui el fruto de sus constantes noches de lascivia. No le gusté al francés, quien cambió sus maneras para con su puta y al final amenazó con abandonarla. Ella rogó por seguir con él a cualquier precio, y accedió a la condición de hacerme desaparecer, pues su amante no toleraba a los niños. En lugar de matarme, venderme o darme en adopción, aquella infeliz me envió a un orfanato enclavado en un valle.

Lo atendía una veintena de religiosas. No estaban preparadas para contingencias extraordinarias. Estalló la Segunda Guerra Mundial y las muy idiotas no pudieron organizarse para mantener el sitio. Los ataques enemigos produjeron la suspensión del mantenimiento de cincuenta niños y sus cuidadoras, quienes recurrieron al racionamiento para contener la debacle. Sus expectativas se dieron de bruces contra la pared; racionar agua y comida fue insuficiente para superar la carestía.

Orfanato
Lo único que no menguó fue mi pasión por Anette, una religiosa joven y hermosa que inflamó mi salacidad desde que la vi. Creo que mi padre sólo me heredó el afán de satisfacer apetitos concupiscentes de continuo.

Yo contaba ya diez años cuando empezó la conflagración. Aún nadie se aventuraba a adoptarme y las monjas habían estado a punto de contabilizarme en el inventario.

Como era el mayor de todos, me arrogaba facultades que acaso desmereciera; trataba a los demás déspotamente y me sentía dueño de privilegios tales como alimento en abundancia y exención de ciertas reglas. Anette me tenía paciencia, de modo que la comisionaron para meterme en orden.

Qué orden ni qué nada. Sus regaños verbales fueron inútiles, gocé brevemente de los físicos (adoraba sus nalgadas) y, finalmente, me las arreglé para cambiar los papeles. La inteligencia con que nací, junto con mi afición a la lectura, me hicieron un paladín de la persuasión reflexionada. Sometí a Anette a mi voluntad, supe seducirla y, en el transcurso de un invierno, la hice mía. Nada me importaba que ella fuera ocho años mayor que yo. Mientras sus pares ignoraran nuestra salaz relación, el resto del mundo podía arder en el Infierno. Yo era feliz y pretendía seguir siéndolo a despecho de todo.

Las tropas nazis atacaron y el horror cundió. El país se cimbró y debatió entre la necesidad de subsistir y la tentación de rendirse para siempre. Todos olvidaron el orfanato y las monjas sudaron por ello. Ya dije que su táctica de sobrevivencia no sirvió, y ahora añado que los estragos causados en consecuencia pecaron de horribles. La hambruna empezó a asolar la tétrica institución. Una monja atrevida se trasladó a pie a una villa cercana, esperando hallar un camión para transportar a los huérfanos hacia algún lugar con vituallas. Como tardó tanto, otras fueron a buscarla. Al rato sólo quedó Anette, quien me confesó su temor de que sus hermanas hubieran preferido su pellejo al de cincuenta mocosos. Reí por la obviedad de su argumento y agregué que nada más podía esperarse de hembras. No criticó mi comentario, que hoy se reputaría misógino, y se plegó a mis ideas en pro de la salvación.

No pensé en marcharme con ella. El orfanato me encantaba, era mi hogar, y en él permanecería aun en el evento de un ataque enemigo. Le referí mi plan a Anette y a base de golpes la privé no sólo de disentir de él, sino de pensar en sofocarlo. Los otros huérfanos se habían convertido en una lata; el hambre los transformaba gradualmente en criaturas lastimosas, listas más para morir que para procurarse el sustento con sentido práctico. Cuando Anette declaró que temía un motín, la tomé del brazo y la llevé a recorrer los cuartos, a la par preguntándole qué podían hacer una cuantos escuincles famélicos contra dos rubicundas personas como nosotros. Lo que sobraba era el veneno para ratas, pero no lo utilizamos con tal de impedir que nuestro sustento se corrompiera.

Los asesinatos debían producirse de otra forma. Anette no accedió a ninguna de mis invitaciones para perpetrar la masacre en común. A fin de que no moviera un dedo para detenerme, la até de pies y manos, la amordacé y la escondí en el ropero, que cerré con llave. Enseguida fui por un hacha a un cobertizo, me remangué y procedí. Había encerrado a todos los niños en una sola habitación, de modo que no tuve que desplazarme para repartir mandobles.

Terminé bañado en sangre, sesos y fragmentos de órganos. Así me presenté ante Anette para desatarla. Entonces ella enloqueció.

Pero su locura fue pasiva. No se volvió violenta. Sólo perdió el habla y se limitó a seguir mis instrucciones fielmente. El refrigerador, que era grande, se llenó de carne fresca, quizá un poco descarnada, pero sin duda comestible. Cuchillo en mano, me dediqué por dos días a deshuesar miembros, eviscerar cajas torácicas y preparar ricos estofados. Entretanto, Anette, trapeador en mano, limpiaba una y otra vez el suelo, ávida de no dejar muestra alguna de la atrocidad cometida entre aquellos muros. Yo combinaba mis lances de cocinero con violentas posesiones del cuerpo de Anette. La tomaba en la cocina porque ahí pasábamos la mayor parte del tiempo, y no me importaban los numerosos ruidos que escuchábamos. Anette reaccionaba con horror, pero yo le recordaba que estábamos solos, aclarando que, de no estarlo, nada podríamos hacer para suprimir otras visitas.

Infantes
Ahora bien, las manifestaciones inexplicables dieron un día paso a presencias reales. Un destacamento de alemanes irrumpió en el orfanato y, tras registrarlo, nos halló en la cocina, semiinconscientes. Por algún motivo, aquellos bárbaros descubrieron al punto nuestra antropofagia y, en lugar de castigarnos, saciaron su hambre con la escasa carne que quedaba. Tuve que cocinar mientras ellos se divertían con el cuerpo de Anette. Ignoro cuántas veces la violaron, pero recuerdo que la olvidaron al notar que la habían matado. Se enojaron cuando no tuve nada más que ofrecerles y, para desahogarse, me surtieron de golpes y escarnios. Apenas consciente, me preparé para ser devorado por aquellas bestias, si cabe más despiadadas que Anette y yo.

Esperé en vano. Me mantuvieron con vida. Comprendí que les servía más vivo. Como habían perdido a un camarada, yo bastaría para suplirlo. Sería su cocinero, su criado.

Un par de años fungí como tal, a las órdenes de amos déspotas que de vez en cuando eran reemplazados por otros, no menos atrabiliarios. Finalmente la guerra terminó; los aliados acabaron con sus acérrimos enemigos y, aun cuando el orfanato fue escenario de una batalla impresionante, la suerte me privó de morir acribillado. Fui hallado por compatriotas. Me llevaron a otra parte, me cuidaron, me alabaron por la resistencia mostrada ante el enemigo. Esperaron que los episodios de canibalismo nazi no me hubieran enloquecido. Yo recordaba continuamente a Anette. Hasta ahora había podido callar mis tiempos con ella.