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Escucho las campanas del infierno. Un golpe por cada hora, doce en total. Los cielos se han oscurecido. Están teñidos de sangre. Sólo se puede ver el tenue resplandor de la luna. Es la noche de mi funeral. Y la gente ingresa a la iglesia. Las lágrimas en sus ojos ocultan la verdad. Ocultan su alegría, la alegría de verme hoy muerto, frío. Lo que no saben es que yo nací así, muerto, frío... Me encuentro en el interior del ataúd. Un trozo de madera que será la prisión. Prisión eterna para algunos, no para mí. Lo que la gente no sabe es que los mortales nunca verán el deceso de un inmortal como yo. En un movimiento maquinal me levanto de un ataúd. Los mortales quedan perplejos. Asombrados al verme renacer. Salgo de ese lugar y desaparezco entre las sombras. Para vivir eternamente. En la eterna soledad.