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Hoy el metro es más lento de lo usual; cinco minutos pasamos en cada estación antes de que reanude el recorrido; casi nadie baja, por cada persona que lo hace tres tratan de subir, y aún peor, hemos llegado a la parte subterránea del recorrido. A estas instancias ya no puedo moverme mucho, tengo el brazo aferrado a un tubo, pero de poco en poco se cansa mi brazo y me suelto, confiando que estemos lo suficientemente apretados para así no caer durante los latigazos que genera el tren en cada parada.

Voy ya treinta minutos tarde para la primera clase del día, solo espero poder llegar para la siguiente, solo... ¡Jeeeez! El metro se ha detenido de la nada, empujando a todos hacia el frente, unos cuantos insultos y el llanto de un niño pasan por mis oídos antes de que las luces y los ventiladores dejen de funcionar; por un momento silencio, y después, comienzan los murmullos; pasan los minutos y estos se vuelven más rápidos, más erráticos, nerviosos y ruidosos.

—¡¿Qué está pasando?! ¡Abran las puertas! —Grita una mujer mayor.

Rápido alguien hace caso a su orden e intenta jalar la goma donde ambas puertas se unen, no lo logra y yo mismo comienzo a entrar en pánico; estoy listo para intentar también forzar la puerta contra la que estoy comprimido, busco entonces una mejor posición y antes de que intente nada vuelvo a oír el motor del tren, se encienden las luces y siento como empieza a cobrar velocidad.

Parece solo haber sido un error casual, muy común en esta línea, aunque estoy seguro de que no es así, llevamos veinte minutos a máxima velocidad sin llegar a ninguna estación…

Y parece que soy el único que se da cuenta de ello...