Wiki Creepypasta
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Tv estatica

La televisión continuaba enchufándose a cada instante, por mucho que me empeñara en apagarla, el viejo aparato de robusto diseño siempre se imponía sobre mi acción.

Me encontraba sentado en un amplio sillón, con signos de haber vivido tiempos mejores, una densa neblina negra nos envolvía, con pocos ánimos de dejarme salir de ese minúsculo espacio cerrado, cansado de aquella situación, decidí romper la pantalla de la televisión con una patada. para mi asombro, ya podía golpear fuerte, que aquella pantalla no cedía, con los nervios crispados, cedí, dejándome caer sobre el sillón. Y con ello, la televisión se volvió a encender.

En la pantalla apareció un hombre con una máscara veneciana, la máscara que llevaban los antiguos médicos y curanderos venecianos, con su amplia y larga nariz, encorvada hacia abajo, y esos ojos negros y redondos, imponentes para cualquier ser físico que los contemplase, el hombre permanecía ante la cámara, completamente erguido, sin soltar una sola palabra, se podía ver un poco de la habitación donde se encontraba.

El color canela de las paredes adornaba débilmente la habitación, que no disponía de muchos muebles, apenas un escritorio correspondido por su silla, y una cama en el fondo, detrás del misterioso veneciano, apenas se podían contemplar las patas de la cama, visto que el veneciano no parecía tener intenciones de moverse ni efectuar acción alguna, decidí acercarme a la neblina que me envolvía, ahora pude contemplarla mejor.

Se asemejaba a un humo negro, con tonalidades violáceas, muy denso, y que giraba en espirales alrededor mio, con aires de negarme la escapatoria de ese espacio, trate de tocarlo, hundí mi mano en el oscuro humo, mis fibras nerviosas echaron chispas, pude sentir mil sensaciones recorriendo mi cuerpo, mi mente trabajaba a mil en esos instantes, pude vivir la sensación de verdadero agobio, de verdadero miedo, en mi cabeza escuché voces y sonidos: “No lo hagas”, “Arrepentimiento”, “No... Joder”, “¿Qué cojones me pasa?”, “¿Donde está mamá?”.

Retiré la mano tan rápido como pude, mi cara de horror correspondía al estado en el que me encontraba, no entendía nada de aquella situación, me quedé atónito por unos instantes, por mucho que me empeñara en entender mínimamente aquella situación, no encontraba la forma de hacerlo, me quedé contemplando la televisión, el veneciano seguía erguido ante la cámara, expectante a mi reacción, de pronto se movió, acercándose unos metros a la cámara, empezó a hablar: “¿Estas contento, eh, hijo de puta? ¿Ya has hecho lo que tenías que hacer?” yo no emití palabra alguna, pues mi estado rozaba ya el shock, el veneciano acercó los dos grandes ojos de la máscara a la cámara, quedaban en primer plano, era realmente terrorífico.

Un profundo color negro se pintaba sobre esos dos ojos, vacíos, inexpresivos, indoloros.

“Sé que estás ahí, Ramírez, sé demasiadas cosas.”

Puesto que veía que no articulaba palabra alguna, se fue retirando poco a poco, dejando ver su larga nariz, imponente, cogió la cámara que le grababa y enfocó a la cama, un hilo de sangre helada recorrió todo mi cuerpo de arriba a abajo, un cuerpo sin vida, probablemente, se encontraba tirado sobre la cama, con la cabeza tapada con una bolsa, la bolsa contenía manchas de sangre en su superficie, por la complexión y delgadez del cuerpo se intuía que era del género femenino, llevaba un vestido ajustado de color lila chillón, adornado con varias manchas rojizas, oscuras, probablemente sangre de la víctima.

La cara del veneciano volvió a aparecer ante la pantalla, empezó a hablar mientras se apuntaba con la cámara: “Tus actos, tus responsabilidades”, de repente, un fuerte destello blanco empezó a brotar de la televisión, era tal su poder que me obligó a llevarme las manos a los ojos, tapándome de aquel haz infernal de luz.

Durante unos segundos, dudé, no sabía muy bien donde estaba ni que hacer, noté que la terrible luz había desaparecido casi por completo, así que me destapé los ojos, contemplé el entorno, me encontraba en una enorme iglesia, los cristos, situados en las paredes laterales, me miraban con mirada tenaz, podía ver la cara de sufrimiento reflejado en aquellas estatuas.

Junto a ellos, sus fieles lámparas, las cuales les iluminaban noche y día, los bancos, repletos de gente, daban lugar a la celebración de una misa, al fondo, acompañado por el cura que ofrendaba la misa, yacía un ataúd abierto, me fui acercando lentamente, la gente de los bancos suspiraba y lloraba de dolor, decidí acercarme a preguntar a alguien. el banco más cercano quedaba a mi derecha, me acerqué y toqué levemente el hombro de una señora que había allí sentada.

-Perdone, ¿sabe usted...?

La anciana se giró bruscamente hacia mí, la habría asustado, unos enormes ojos negros, profundos e inexpresivos me miraron, de ellos brotaban lágrimas negras, lágrimas infernales, que estremecían al más valiente, su cara, envejecida y demacrada, era un claro signo del horror que estaba pasando esa anciana, contemplé a los demás sentados en el banco, mismos rasgos, mismos ojos aterradores, mismos ríos de lágrimas negras y oscuras que se perdían por su rostro, una escena que me dejó petrificado y me hizo echarme para atrás.

Con las pulsaciones a mil, decidí sentarme en el banco que daba ahora a mi espalda, que por suerte no estaba ocupado por ninguna de esas “criaturas”, el sacerdote hablaba en voz alta, en un dialecto inteligible, por unos instantes se me pasó por la cabeza la posibilidad de que estuviera hablando en lengua muerta. pasados unos instantes que se me ofertaron eternos, pude incorporarme de nuevo y fui acercándome hacia el ataúd, intuía que debía hacerlo, creía que estaba ahí para ello, me acercaba dejando la ristra de bancos a mis espaldas, las presencias lloraban y murmuraban con dolor, notaba sus infernales ojos clavados en mi nuca, pero seguí avanzando.

Clavé mis ojos en el ataúd, un perfecto tallado de madera se hizo de notar rápidamente, con el forraje del interior asomando levemente por su lateral y ondeado por el aire, fui acercándome hasta que pude ver la escena con total detalle.

La chica yacía erguida en el ataúd, su rostro, tapado aún por aquella bolsa medio rojiza, hizo que mi vello se erizara al completo, la sangre se me heló y detuvo por unos momentos, llevaba el mismo traje lila chillón, con sus respectivas manchas rojizas, estaba nervioso y alterado en aquel momento, sin darme cuenta, el cura se iba acercando hasta tenerlo completamente plantado delante de mí, le pude ver la cara, esos enormes ojos negruzcos profundos ya eran conocidos para mi, se trataba del veneciano, ese enigmático personaje, el cual quería interactuar conmigo, se acercó y me puso las manos sobre los hombros.

Doctor peste

“Tus acciones, tus responsabilidades”, me dijo.

Me desperté sobresaltado, las pulsaciones me iban a mil, un impresionante sudor frío me cubría el cuerpo, me incorporé por unos instantes en la cama.

Me propuse seriamente que debía dejar ese trabajo.

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