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CreppyGold CAMPEÓN DEL LIMBO
"Los regalos de los dioses no pueden ser destruidos con facilidad por los mortales."

Alza tu mirada, insulso mortal, y contempla con respeto al gran campeón del Limbo que, tras un Big Bang de imaginación, creatividad y/o consumo intensivo de drogas, se convirtió en el Amo y Señor del ¡CreepyLooza!


El cielo a través del cristal de la cafetería es rojizo. Un rojizo pardo muy hermoso. A pesar de que llevo días viéndolo al despertarme y antes de ir a dormir, no puedo dejar de sorprenderme por la belleza de las nubes intranquilas chocando contra un color tan suave y cautivador. El aire se siente cálido, a pesar de que el sol nunca está en alto. El reloj recientemente puesto sobre la barra de tragos de la pequeña cafetería indica las seis y veintinueve minutos, como siempre. Por eso, en días como estos, no debo preocuparme por llegar ni demasiado temprano ni demasiado temprano a mi cita, pues las agujas no se moverán.

La tienda se encuentra en total silencio, salvo por algún lector que ocasionalmente sorbe su café con parsimonia, o pasa la página de su libro, haciendo más ruido del esperado; lo único que consigue dar vida a tan serena imagen somos mi compañera y yo.

Antes de ser consciente de mí mismo, ella ya estaba allí, sentada a un costado de mi cama, completamente desnuda, peinando su cabello negro y liso en una única y gruesa trenza, que contrastaba con su piel blanca; sus ojos seductores, bañados en deliciosa y brillante miel, de algún modo me tranquilizaban y me susurraban que no debía preguntar quién era. Tras unos minutos, me percaté de que ya sabía su nombre.

Mi mirada distraída pasa del amarronado cielo al ligero escote que ella trae, ahora que nos encontramos frente a frente sentados en una misma mesa: su piel es sin duda digna de admiración, y estoy seguro de conocer todas las marcas que lleva en ella a pesar de haberla visto como vino al mundo, todos sus lunares, y todas sus cicatrices. Ella sonríe ligeramente.

-Hela, ¿tienes algo pendiente más tarde? -pregunto despreocupadamente, aunque en el mismo instante que las palabras salen de mi boca me doy cuenta de mi error. No hay un "más tarde".

-Oh, querido, no -dice, sintiéndose claramente tentada a reír, haciendo una pequeña mueca infantl-. Pero me gustaría que me llevaras a dar un paseo.

Dejo escapar un suspiro, y un billete de cifra indeterminada se desliza bajo mi taza de té con leche, de la misma forma que mi compañera y yo de las ruidosas sillas de madera. No creo que la camarera note que desconocemos cuánto debemos pagar, aunque llegados a este punto, quizá ella misma desconozca la cifra del billete que dejé, o no pueda leerla. Echo un último vistazo al reloj colgado sobre la barra de tragos antes de salir por la puerta. Sin embargo, la esperanza no puede hacer que las agujas se muevan. Corro hacia la acera de enfrente, donde Hela permanece esperándome, envuelta en ropas oscuras.

El día que la vi por primera vez, no me moví de mi lecho hasta pasados diez minutos desde que ella había dejado la habitación, pues ya no estaba acostumbrado a hacerlo. No me cuestioné un por qué. De algún modo, en el fondo de mi cabeza, estaba seguro de que ya lo sabía. Por eso, cuando me animé a levantarme y bajar por las escaleras de la casa hasta la cocina, me sentí por primera vez despegándome de una rutina que había llevado desde hace mucho tiempo. El olor a café inundaba el ambiente, lo cual me revitalizó e hizo que el dolor agudo y punzante en mi garganta y estómago fueran mitigados de alguna forma.

Hela no puede evitar sentirse atraída por las ropas extravagantes que maniquíes sugerentes exponen en las vidrieras de las tiendas, pero ella no quiere comprarlas, lo sé. No le falta dinero ni atractivo para lucirlas, pero ella no tiene intención de hacerlo. Sus holgadas pero atractivas ropas negras le sientan de maravilla.

La gente a nuestro alrededor, sobre todo hombres jóvenes y mujeres de mediana edad, nos miran con asombro, o creo que lo hacen. Debe resultarles sorprendente que un treintañero como yo esté paseando tan casualmente con una mujer tan hermosa como Hela; sin embargo, no puedo determinar una expresión en específico en sus ojos vacíos y rostros rancios, su piel desgastada no me lo permite, e incluso me incita a seguir observando atentamente a mi compañera en lugar de a ellos. Observo mi teléfono para determinar si el reloj avanzó aunque sea un poco, pero la pantalla continúa tan estática como el día en que lo compré, como si de una pegatina se tratara.

Probablemente mi compra obsesiva de refrescos, aguas embotelladas y latas de jugo en cualquier tienda que me cruzo se deba al permanente ardor que invade el interior de mi cuerpo. Desconozco la opinión de Hela sobre el asunto, pero quiero suponer que el dinero que estoy gastando es mío. Al fin y al cabo, las pocas cartas que llegan a la casa en la que convivo con ella no se dirigen a nadie en particular, y creo que sería maleducado por mi parte preguntarle algo tan absurdo.

Tras llegar al parque que se encuentra a una milla de la casa, lo cual me hace dudar por cuándo "tiempo" estuvimos caminando, mi compañera me invita a sentarme en una banca de madera despintada con una expresión juguetona, pero inocente. Esta mujer es demasiado seductora, puedo prometerlo. Tras recostarme unos segundos en el respaldo de la banca, y comenzar a observar el cielo por mera costumbre sin prestar atención, me doy cuenta de una cosa: las nubes no están en la misma posición en la que estaban cuando salimos de la cafetería.

Con un pequeño atisbo de alarma, palmeo mi bolsillo y meto mi mano en él dispuesto a sacar mi teléfono, pero comienza a vibrar violentamente apenas lo toco. Al sacarlo, me doy cuenta de que el reloj ha avanzado un minuto, precisamente hasta las seis y media, provocando una alarma programada en algún momento que yo desconocía. El desconcierto comienza a invadir poco a poco mi cuerpo y a fluir como veneno por mis venas, y debajo de mi piel; mi garganta y estómago se sienten más ácidos y dolorosos que nunca. Sin embargo, Hela se apoya ligeramente sobre mi hombro para observar la pantalla del celular, y deja escapar un grito ahogado.

-¡Se nos escapará el tren! ¡Vamos, tenemos poco tiempo! -exclama, parándose de un salto y tironeando de la manga de mi camisa para sacarme lo más pronto posible de la comodidad de la banca. Aunque no puedo aclararlo dentro de mi cabeza, nuevamente, tengo certeza de que sé acerca de lo que está hablando, por lo que ciegamente la sigo a lo largo de la avenida mientras veo a las personas que hace un momento caminaban sin propósito ni destino desaparecer por el rabillo del ojo.

Finalmente, llegamos a la estación local de tren. He venido innumerables veces con el corazón oprimido, la mente en blanco y una gran expectativa dentro de mí, desconociendo completamente el motivo, y dándome cuenta con desilusión de que lo que sea que buscaba no estaba aquí. Siempre vi a personas aburridas y rancias esperando un tren y mirando sus relojes de vez en cuando, pero este nunca llegó, al menos no hasta ahora. El transporte se encuentra justo después de la línea de seguridad, y Hela se apresura a empujarme dentro de él, metiéndose un segundo antes de que las puertas se cierren detrás de ella.

El viaje no contiene muchas más preocupaciones que la pérdida del tren, un minuto atrás. Mi percepción del tiempo ha sido tan pasiva y desinteresada hasta ahora que me cuesta aceptar que el reloj de mi celular ha comenzado a avanzar y moverse con normalidad, y siento una gran ansiedad intentando perforar mi pecho. Mi compañera, sin embargo, se muestra tranquila, e incluso más feliz y viva de lo habitual.

-¿Estás emocionado por el viaje? -me pregunta, con un hilo de voz que delata una gota de vergüenza en su porte alegre y seductor.

-He olvidado a dónde nos dirigimos, Hela. ¿Puedes recordármelo? -digo, intentando sonar lo más natural y despreocupado posible, aunque el brillo angustioso en los ojos de mi compañera indican que le ofende un poco que lo haya olvidado.

-Oh, cariño... no importa a dónde nos estemos dirigiendo. O bueno, adonde te dirijas tú. No importa el lugar que quieras visitar, estoy obligada a bajar del tren una parada antes. Sin embargo, nunca perderás contacto conmigo -dice, con sus mejillas blancas ligeramente sonrosadas; me siento sorprendido y triste por lo que acaba de revelarme, y mi corazón me grita que le pregunte por qué, pero todo en mi cerebro me dice que esto debía pasar en algún momento, y lo que fue planeado hace tiempo no puede ser detenido.

Tras unos minutos de silencio solemne, donde poco a poco mi mente comienza a entender por qué estoy donde estoy, y mi expresión se tensa instintivamente, Hela vuelve a hablar.

-Ante todo, quiero que recuerdes que soy la persona indicada para ti. No me tengas miedo, cariño. Soy mejor que aquella mujer que, aquel fatídico día, a las seis y media de la tarde, decidió cortar todos sus lazos contigo de una forma fatal; donde ella te ofreció un veneno caliente, que consumió tu garganta y tu estómago, yo te ofrecí el sabor grato de un café recién preparado.

La conversación se ha tornado unilateral, puedo notarlo, pero todas sus palabras ingresan cuidadosamente en mis oídos y me hacen entender de una forma suave y compasiva. No me siento angustiado en lo más mínimo. Observo por la ventana a tantas personas huecas y faltas de vida, faltas de ojos con luz, que caminan de la mano con niños hechos a su semejanza. A medida que el tren aumenta la velocidad, comienzo a notar cómo todo se torna más oscuro para mí.

-Llevo en mi corazón la clave para que seas feliz. Por eso, acéptame sin mediar palabra. Y no importa lo que aquellos que habitan más allá de tu estación indicada digan, no debes temerme, cariño.

Le dedico una mirada solitaria al rostro ensombrecido de Hela. Reviso el celular guardado en mi bolsillo por última vez, y me percato de que el fondo predeterminado de la pantalla ha sido reemplazado por una foto de mí mismo y de una mujer que en otros tiempos conocí. Los números del celular, que habían avanzado velozmente hacia las ocho, comienzan a retroceder con vigor de nuevo hacia las seis y media, y las nubes comienzan a desplazarse en la dirección contraria. Sin embargo, el imparable tren sigue avanzando.

Un sonido retumba en mis oídos, pero ni mis recuerdos ni mi consciencia tienen mucha actividad en este momento. Por lo tanto, cuando mi mirada se dirige de nuevo hacia la puerta del vagón, donde Hela estaba recostada, apenas me veo capaz de reaccionar al darme cuenta de que ella ya se ha bajado en la parada previa a mi destino, justo como lo había prometido.

El horizonte que se extiende más allá del túnel que estoy a punto de cruzar antes de llegar a mi parada promete mucho. Promete recuerdos y una reconciliación. Pero no me encuentro en posición de hacer caso a todas estas promesas vacías, pues observo cómo mi piel se vuelve grisácea y comienza a desvanecerse en pequeñas partículas de ceniza. El dolor en mi estómago y mi garganta es más fuerte que nunca. Y a último momento, cuando recuerdo a mi prometida fijando sus ojos fríos y despiadados en mí, cuando recuerdo la cantidad de convulsiones que el dulce café lleno de veneno me provocó, y el reloj de una cafetería marcando las seis y media, también logro recordar las palabras de Hela antes de dejarme ir.

"¿Aceptarás el beso de la muerte?"


Autor: Yawn

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