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Vivía en una ciudadela tranquila y gozosa, cumplía con asfalto limpio y pequeños arbustos cortados uniformemente a 42 centímetros de la banqueta. En las noches, puntuales 10, los vecinos daban dos vueltas a la manzana con sus pequeños perros presuntuosos, la única queja podría ser, sin duda que las viviendas estaban tan cerca, tan juntas, las bardas tan cortas y delgadas, que se escuchaba todo: Los bebes llorando hasta tarde, las peleas matrimoniales de las 2:30 AM, acompañada por una sinfonía de gemidos a las 3:10 AM, las furiosas licuadoras en marcha a las 6:30 AM antes de que los pequeñines partieran a la escuela y ocasionales despistados que ponían música karaoke los sábados de licor.

Todas las noches era un festín de sonidos y vida familiar aparatosa, contrastante con la actividad diurna, la cual se movía en absoluto silencio, los vecinos en el barrio trabajaban amplios horarios corridos, solo habíamos unos pocos desbalagados quienes estudiábamos en las tardes o éramos unos buenos para nada, nosotros y la familia de atrás, “Los Arango” vecinos de 10 años, casa blanca, dos pisos, ventanales, muebles de cedro y amplio jardín. 8:00PM el agua sobre los rosales de la señora Arango, 40 años, robusta, miembro destacado de la iglesia, pediatra, 10:00 PM las notician en el canal 7 del Señor Arango, 45 años, psicoanalista, estricto, formal, ateo. 1:00 AM las baquetas azotando contra los parches del joven Arango, 17 años, drogadicto, la mala semilla del lugar. Los pobres Arango, pasaban por una mala racha desde octubre, su ya muy subversivo hijo, del cual no daré el nombre por motivos muy personales, calamidad en la escuela y colonia, había caído en una maldición terrible.

Cambios drásticos de humor, dolores de cabeza, bromas pesadas, días en absoluto silencio, noches de gritos desgarradores y auto laceraciones, agresión, desesperación, pérdida de peso. Existió un tiempo en que fuimos muy cercanos pero hacía ya más de 3 años que nuestras conversaciones se basaban en darnos las buenas noches y los buenos días, cada quien en su cuarto, detrás de la cristalería, yo entre cortinas rosas de muchos hilos y libros encuadernados en pasta gruesa y el alzando las baquetas, moviendo la cabeza de arriba abajo siguiendo el ritmo de su estruendosa música. Hacía ya cuatro meses que sus ventanas estaban censuradas con papel periódico y bolsas oscuras. “Tiene al diablo adentro” murmuraba el padre de la parroquia entre el cotilleo de catequesis. “Todo sucedió después de Halloween” Su padre lo atribuía a su incesante necesidad de atención y su madre lloraba todas las noches, de 3:00AM a 4:45AM.

Claro que todo había sobrevenido después de un 31 de Octubre pero no porque él y sus pesados amigos hayan jugado a la ya muy prostituida ouija a las 3:05 AM sino porque más tarde, volaron en el sótano, con una cantidad inmensa de droga barata, revuelta con alcohol y todo lo que unos adolescentes necesitan para viajar fuera de esta esfera de perfección que envolvía a los suburbios con la diferencia de que el joven Arango, nunca regresó. Desde entonces y a pesar de innumerables esfuerzos, análisis, sesiones, su caso empeoraba. Padre y Madre Arango dejaron de trabajar, corrieron mucamas y choferes. El chico se les iba entre los dedos y nada podían hacer para arritárselo a la muerte.

Y no solo se les iba entre los dedos, también entre las paredes, más de una vez a las 6:00PM, tocaban a mi ventana, sorprendente era abrir la cortina y verle, saludando sonriente, cuándo estaba lucido, cuando no, hacía caras, lamía el vidrio y cierta vez llego a ensangrentarse los dedos por la fuerza con la que arremetía sus uñas contra el cristal. “matar, matar, matar, matar.” Repetía en un absurdo espectáculo enfermizo, que algunas veces me hizo reír. 044 5531237805 el número que la señora Arango me había dado junto con miles de disculpas, lastima, galletas y autocompasión. Bastaba un timbrazo y mis vecinos acudía presurosos a llevarse a su obsesionado hijo, exactamente 4 minutos con 52 segundo y todo volvía a la normalidad. Nunca le temí, tuvimos historia y pensaba que lo conocía bien. Hasta que cierta tarde 5:20PM mientras dormía con los pies hacía la cabecera, escuche el tac tac tac de sus dedos contra la vidriera, tac tac tac entre sueños, tac tac tac, yo estaba tan cansada, tac tac tac y suficiente, con la planta del pie moví la cortina.

Olvidando que tenía la ventada abierta, tomó mi pie y comenzó a besarlo, la pesadez no me permitía reaccionar, o tal vez no quería, 3 segundos y su saliva inundo mi piel con una lamida animal, lo quite inmediatamente, 5:25 PM el metió sus gruesos dedos entre los barrotes y me apretó con fuerza, haciéndome despertar con un miedo indescriptible, me oprimía de tal manera que no solo no lograba zafarme sino que algunas partes se estaban volviendo moradas. 5:26 PM aferraba sus frías manos en mi mientras trataba de sacarme por los estrechos espacios que dejaban las protecciones de la casa, yo gritaba como posesa y él aún más “ te voy a matar” repetía una y otra vez con risotadas enérgicas, estaba fuera de sí, no era él y está nueva persona me estaba lastimando.

Nadie no había cargado su celular antes de acostarse a dormir, nadie llamó a los señores Arango, nadie había en los hogares a las 5:28, fueron mis gritos quienes se escucharon hasta los rosales donde el señor Arango bebía whisky, él trepo los muros y arremetió contra su hijo a golpes. Si algo lo encolerizaba más que el lamentable estado de su primogénito y la evidente ruina a la que se iba, era el bochorno público y yo no me iba a quedar callada. A partir de ese día recluyeron al joven Arango, sin embargo 3 semanas bastaron para que él encontrara otra forma de escaparse y llegar a tocar mi ventana, que permanecía cerrada día y noche.

Tac tac tac, 6:12PM y era mi señal para cerrar como rayo la puerta del patio mientras mis dedos marcaban presurosos el 044 de la señora Arango. Una tarde 4:38 PM, secaba mi achocolatada melena, con una salvaje pistola de aire roja, creí escuchar un ruido pero no presté atención. 5:01, tac tac tac, él había llegado antes, con fastidio tomé las llaves y el celular, cerré las puertas y atravesé una silla, “por si acaso” 044 5531237805 dos timbrazos y colgué al momento que me encaminaba al cuarto. Pobre chico, tan solo y perdido ¿cuánto tiempo estaría tocando? Tac tac tac y al entrar a la habitación morada para recorrer la cortina y lanzarle una mirada de enfado, él ya estaba ahí, sonriendo, tac tac tac, tocando el cristal por dentro, esperándome con malicia. -“¿Qué te dije?”- Preguntó con sorna. 5:06, nadie llegó.