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LimboP MORADOR DEL LIMBO
"Se estremece la tierra, ruge la espuma de los mares sobre las montañas, y el cielo arde en música de sombras y liras infernales"

Este es un descarriado del Limbo, penitente del Purgatorio con fecha de nacimiento en un guiño de ¡CreepyLooza! Abstente de la arena, que esto es más legal que tu jfa. Burló La Guillotina y a los Jueces del Infierno, así que cómete tu teclado.


Los engranajes causaban un eco en toda la sala, a pesar de estar oxidados y causar un terrible chirrido. Giraban y giraban sin cesar. ¿Qué movía aquel aparatoso sistema que poco a poco fallaba más y más? Un conjunto inimaginable de piezas mecánicas, en un equilibrio perfecto. Con todas sus funciones en su máximo esplendor. Aún sonaba ese chirrido, que si no fuera por la soledad de esta sala, nadie soportaría. No paraba nunca, ni se le ocurriría hacerlo. Aquel enorme reloj nunca debería detenerse, y sería mejor que así continúe.

Grisáceo era el día, el atardecer y la noche. Negros eran los pensamientos de todas las personas, sentenciadas por ellas mismas a seguir por los siglos. Blancas las agujas del reloj, como un lienzo esperando a ser pintado por incontables colores, como las estrellas en la noche más exquisita.

Entre todo aquel manojo de metal, surgió una pizca de verde. Una pequeña planta, de una semilla olvidada que arrastró el viento sin clemencia. Que a pesar de la oscuridad infinita, y la escasa agua que solo caía por goteras ante fuertes lluvias, logró crecer. Sus pequeñas hojas, que danzaban con la ligera brisa que entraba en aquella sala olvidada, poco a poco se caían. Dando lugar a nuevas hojas, que a su vez, le entregaban un nuevo lugar a bellos pétalos que surgían. La planta continuaba creciendo. Las raíces poco a poco se tornaban más gruesas y fuertes. El tallo estaba convirtiéndose en un tronco, aún delgado. Y los engranajes continuaban su trabajo.

Una pequeña parte de vida había surgido en la casa del tiempo, una pizca de emoción había nacido entre tantas lágrimas. A pesar de que nadie era consciente de qué pasaba en esta morada, las personas sentían aquella vitalidad, fruto del árbol traído desde tierras lejanas, y guiado por el viento. Las raíces que atravesaban el suelo de la antigua sala. Las telarañas que las ramas estaban destrozando.

Aunque aún estaba lejos de todo el sistema de engranajes, quedándose este en la cima del antiguo lugar. Las campanas irrumpieron la paz del momento, hicieron temblar al árbol, cayeron hojas, y más hojas. Que estaban tornándose anaranjadas por la llegada del otoño. Hojas que la brisa se encargó de mover, y echar de la habitación.

Hojas que nadie sabía de dónde venían, hojas que no debían estar ahí. Volaron y volaron por el cielo, dejándose llevar por el viento. Todo el mundo se preguntaba de dónde venían. Aparecían hojas en los lugares más inesperados; desiertos, montañas, en el ártico. Recorrían el mundo, con una simple brisa que soplaba más allá del horizonte.

Eso sí, la llegada del otoño no frenó el crecimiento del árbol, que a paso ligero estaba por llegar a la cima. Llegó al primer conjunto de engranajes. Sacudió la torre, sacudió el tiempo. Todo se detuvo por unos instantes, luego aquella rama fue destruida por los engranajes.

Despidiendo al otoño, y dándole una cálida bienvenida a la primavera, el árbol volvió a crecer, esta vez con ramas aún más gruesas, que crecieron hacia los engranajes de nuevo. Repitiendo aquella interrupción de hace unos meses, haciendo temblar todo. Mientras escombros caían por la torre, y las ramas del árbol atravesaban las paredes, los engranajes eran desplazados por su fuerza. La morada del tiempo no duró mucho en manos de aquel brote ya crecido.

Pensando que sería un bello aire de vida, dándole color al grisáceo avance. Le dio un colorido freno, del que nunca podrá salir. Destruyó el paso del tiempo, destruyó el reloj del planeta tierra. Haciendo que dejara de girar.

Haciendo que en su órbita no haya más que dos estáticas rocas colosales.

Acabando el tiempo de una vez por todas. Y las raíces aún no se detenían. Llegarían hasta el centro de la tierra, hasta el fin del cielo. Y la destrozarían por dentro. No les bastó con frenar para siempre al mundo, también lo destruirían. Quién sabe si por maldad o por mera existencia.

Raíces se adentraron aun más profundo, gruesas y fuertes, ya dejaron de parecer partes de un árbol hace tiempo. Ahora parecían dos dragones fieros, preparados para atacar con fortaleza envidiable. Las hojas, ahora uno podría suponer que eran aves a punto de remontar el vuelo. La copa del árbol tocó el cielo, desapareció las nubes y tapó el cielo bajo una penumbra eterna. Las raíces quebraron la corteza terrestre, resistieron el magma y atravesaron nuestro núcleo. Extinguiendo así, y para siempre, la vida en la Tierra.


Aleksai Sagir-Lazzuli

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