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Mi miran. Me miran. Me miran.

     Sé que me están mirando. No sé cuántos son, pero siento esos ojos omnipresentes controlándome, estudiándome. Siento esa risa burlona que me juzga a cada instante, que me invita a reírme de mi propia miseria con ellos. Ellos, que esperan que me mueva, que me estire, que bostece, que haga algo, lo que sea. Y no quiero darles el gusto, pero probablemente termine haciéndolo en cualquier momento. Toda mi resistencia pierde cadencia cuando veo la comida. Sé que me miran y me siento expuesto, pero si me ofrecen comida podría hacer lo que fuera a cambio de ella. Y la realidad es que lo hago cada día.

     Pero hoy me pregunto qué hago acá. Como tantas otras veces, ya lo sé. Otra vez estoy hablando con mi consciencia y ese vacío que me dijeron es mi mente. Me dijeron, porque yo nunca la vi ni la siento. Creo que no podría sentir nada sin que ellos me dijeran cómo debo hacerlo o cómo debería expresarlo. Yo no sé nada hasta que ellos así lo quieren. Y está bien, ¿por qué debería ser de otra forma? La mejor parte del día es cuando puedo comer. No sé qué es lo que como, pero me gusta. Sé que me gusta porque ellos dicen que debería gustarme por las características de mi organismo. Todavía no sé qué significa, pero al parecer estoy vivo. Ellos dicen que tengo treinta y seis años y que soy el que aprende más rápido, pero no quieren exigirme demasiado. Así que todavía no me quieren explicar lo que significa estar vivo.

     Hay otros como yo, los vi alguna vez. También los imagino, los sueño. O tal vez éste es el sueño y cuando estoy con ellos es cuando realmente existo, cuando la comida es abundante y puedo hablar sin que se me corrija o mi vida entera dependa de la buena conducta frente a los espectadores. Porque, más allá de todo, sé que eso es lo único que se espera de mí: haga lo que haga, debo ser interesante, porque si me dejo morir, voy a morir. Una vez hubo otro como yo, acá conmigo, pero yo todavía no sabía hablar y nos mirábamos y murmurábamos. Él era mucho más viejo y se lo veía cansado, así que cada día fue dejándose caer hasta que se lo llevaron y me dijeron que lo mejor para mí era estar solo.   

     Pero aunque mi mundo es pequeño y estoy rodeado completamente de algo duro que a veces me pone un poco nervioso (y sé que es duro por mí mismo, por las veces que arremetí con violencia, no porque ellos me lo hayan dicho), hay una parte en que la dureza es como el aire que respiro, veo a través de ella, percibo lo que pasa del otro lado, aunque no puedo atravesarla. Y de allá hacia acá siempre hay ojos que me miran, me miran, me miran. Esperan continuamente que reaccione y cuando no lo hago comienzan a golpear el aire invisible que nos separa. Pero yo no me muevo hasta que abren una compuerta y me ofrecen comida.

     El sistema es así: la compuerta que se abre siempre está lo más lejos posible de mí, de modo que para llegar a la comida tengo que atravesar todo mi mundo y de esa forma mis espectadores se regocijan con mi presencia y se asombran con mi bestialidad. Se enorgullecen de estar erguidos y apuntarme con los dedos mientras yo me deslizo en cuatro patas, hacia la fuente de mi energía. A veces los escucho, pero no llego a entender perfectamente lo que dicen.

     Una sola vez estuve lo suficientemente cerca como para entenderlos y uno de ellos dijo que yo era un homme branco europeo. Aquellas palabras se grabaron en mi mente y sólo las olvido cuando como, cuando me entrego a la función. Ellos dicen que homme branco europeo significa que soy un hombre y que los hombres somos una raza, pero que tiene que ver con eso de estar vivo y es demasiado complicado para mí. Les pregunté si para ellos también era complicado, pero al parecer no están vivos, así que la respuesta fue que no.

     Creo que tampoco comen y por eso no conocen la necesidad. Pero yo sí. Nunca me dan toda la comida que quisiera y siempre tengo hambre. Y como mi mundo es tan pequeño, no hay mucho que pueda hacer y mi cuerpo fue doblándose hasta que empecé a caminar con mis extremidades. Estoy cansado, ya no sé cuántos años tengo y no quiero soñar más. Desde que me enseñaron a pensar y a ponerle nombre a lo que siento me volví mas desdichado. Ahora todo duele demasiado. Pero algo me dice que ese es el significado de estar vivo.