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Ser Anton el Justo que pasaría a ser conocido tardíamente como El Sanguinario o El Terror de Valle Gris, fue un conocido señor feudal que vivió en la región de Wex en lo que hoy se conoce como la actual Bulgaria.  

HistoriaEditar

"Amanecía sobre las praderas de Valle Gris, siempre me he considerado afortunado de haber sido tomado como discípulo de la Casa Real. Todavía recuerdo la época en la que Lady Miriam vivía, las noticias sobre la región no hacían más que enaltecer su grandeza, de hecho el señor Anton había llevado la paz a años de interminables disputas entre los feudos cercanos y todo esto sin derramar una sola gota de sangre. Cuando me nombraron su mano derecha, su consejero, fue un día de festividad inminente. Las luces y las bebidas de aquella noche solo contribuyeron a que la resaca hiciera del siguiente el verdadero infierno, horas luego del amanecer Lady Miriam yacía sin vida en el lecho de su esposo. Muchos oportunistas se apresuraron a culpar a Ser Anton, pero eran falacias, él había estado en un consejo de emergencia durante las horas en las que Lady Miriam había entrado a la habitación.

Era evidente, había muerto en la espera de su hombre, desde aquel día algo en el Lord comenzó a cambiar. Sus ojos de semblante cálido y ameno se volvieron tan grises como el pastizal luego de un incendio, su rostro comenzó a mostrar cierta furia inquietante a pesar de que a veces disfrutase de una broma apenas se notaba en las arrugas de su rostro. Pero lo más extraño ocurrió al transcurrir los meses, el palacio real permanecía constantemente vigilado y cerrado, Anton comenzaba a tener menos contacto con los mercaderes y señores, delegando en mí la mayoría de labores que en antaño corría a atender.

Por las noches se tenía prohibido molestarle en sus aposentos, en el cual yacía embalsamado el cádaver de su difunta esposa. Ser Anton abandonó a su séquito de amantes al día siguiente de la muerte de su esposa, en un descarado acto de redimirse las mandó a matar esa misma noche. Pero nadie sabía que cosas ocurrían en las mazmorras, incluso la mera mención de estas desataba una gran furia que nunca se había contemplado en sus años de regente. Muchas fueron las horas que él conversó conmigo sobre varios asuntos, pero siempre observé su cabeza gacha y muy pocas veces un interés por lo que le estaba contando. —Suficiente Dornie, has hecho bien.— solía susurrar mientras rascaba su larga barba gris y desviaba su mirada hacia las puertas de las mazmorras. Muchas veces, las señalaba acto que yo había aprendido a responder con una negativa de mi cabeza.

La velada del aniversario de mi ascenso, Ser Anton salió al patio, algo raro en su persona ya que desde la muerte de su esposa no solía abandonar el palacio mientras la luna no se hubiera ocultado. -Dornie, me has servido bien este año, quiero hablar contigo un momento- expresó con una sonrisa en su rostro, estuve a punto de negarme, pero era un simple plebeyo a ojos de un Lord y desafiar su autoridad frente a todo el pueblo borracho no era opción. Mientras nos adentrábamos al palacio, el ruido de los festejos se hizo cada vez más lejano, hasta que al cerrarse con un notorio golpe no se escuchó más nada.

Parecía que estuviéramos solos en aquel lugar del universo, Dorn del Valle y Ser Anton, pero el señor no se giró me indicó con un leve movimiento de su brazo derecho que lo siguiera. Caminamos hasta llegar a la sala principal, pero en lugar de tomar asiento como sería habitual me hizo doblar hasta las catacumbas, las mazmorras a las que nadie había entrado más que él durante aquellos 365 días. La oscuridad y la humedad filtrada entre las piedras no me dejaron articular palabra alguna, incluso siendo un adulto, al ver al viejo señor descender sentí que era un niño siguiendo al diablo. 

El hedor a sangre se sintió apenas descendimos la mitad de escalones, este fuerte como el hierro golpeó mi nariz con bruzquedad, haciendo que el alcohol en mis tripas se revolviera. ¿Acaso pensaba matarme? ¿Tenía escondido allí algún tipo de bestia milenaria? Pero el viejo notando mi temor y mi sudor, como si estuviera dentro de mis pensamientos negó con la cabeza. No supe si respirar aliviado o prepararme para algo peor, simplemente tragué la abundante saliva de mi boca. 

Allí, en el abismo mismo, Anton encendió las antorchas una por una, mientras lo hacía pude notar que arrastraba su capa sobre un río de sangre visión que simplemente me sobresaltó. El viejo regente se quitó primero su capa de seda que cayó al suelo haciendo un sonido acuoso al chocar contra la sangre y luego depositó su corona sobre una pequeña mesa de madera apenas visible. —Esta noche no soy un Rey, ni un amo, solo soy un hombre. Recuerda eso cuando veas la verdad.— rugió algo molesto, ante sus palabras solo pude asentir. No sabía lo que me esperaba tras las rejas, Anton ahora parecía un soldado, su opaca armadura gris lo hacía un mero espectro en la oscuridad.

—¡Sálvame! — gritó una voz en las sombras, mis ojos no se acostumbraron a tal oscuridad hasta que vi como mi señor golpeaba a una silueta en la oscuridad. Demacrado, se encontraba un hombre, cuyos rasgos pude ver cuando la antorcha de la sala nos iluminó. Se trataba de alguien que en antaño había sido un hombre alto y corpulento, de cabello rubio y con ojos verdes, pensé que se trataba de algún noble por sus prendas costosas ahora reducidas a harapos. — El asesino de mi esposa — presentó Ser Anton mientras tomaba una vara de metal y la calentaba al fuego, crucé miradas con el aterrado sujeto, Anton jamás había llegado a tales extremos.— Mi señor, ¿Acaso esto era lo que ocultó todo este año? — pregunté con temor mientras observaba como el metal se introducía en la pierna del aterrado sujeto, quien en un grito agónico pedía auxilio. Cuando terminó de arrancar la piel, dejó una herida semejante a ser atravesado por una daga hirviente. —Sí, pensé varias veces en matarlo, pero él me arrancó una vida de felicidad. Entonces yo le arrancaré su carne noche tras noche, hasta que no tenga más opción que morir. Y tú como mi fiel y leal consejero, llevarás la cuenta de cada noche. Me detendrás si lo vez agonizar y traerás a un curandero para que le cure y lo deje con vida.— habló el hombre, cuya voz apenas parecía la de aquel a quien servía. 

Por miedo asentí, me dispuse a convertirme en verdugo y torturador para tratar de aplacar su ira. Aquella noche, tomó el hierro y continuó perforando su pecho de manera tan lenta que los segundos se convirtieron en horas, lamentablemente no fué trato de una noche o unas semanas. Día tras día, Anton se encerraba en la celda y disfrutaba de torturar al desgraciado, muchas veces usando su propia espada para cortar sus dedos y luego de dividirlos en cuatro secciones ordenaba que fueran cocidos nuevamente al cuerpo. Solo para disfrutar del dolor de los meses posteriores de recuperación y sutura. Nunca supe con que le alimentó, pero muchas veces ví las heces de animales en los alrededores y otras solo cádaveres putrefactos.

Con el tiempo, el interés de Anton comenzó a desviarse de su objetivo. Pareció fascinarle de repente la idea de tomar un cuerpo joven y experimentar con este nuevas torturas, para luego aplicarlas a un cuerpo demacrado y observar los cambios favorables o no. Así fue como cada ladrón, criminal e incluso abusivo de Valle Gris era raptado por las noches y se le encarcelaba frente al demacrado, no había restricción de edad o género. Anton disfrutaba incluso comparar la resistencia de un niño al dolor contra la del torturado, y se jactaba de que este era menos que una niña cuando doblaba los cuerpos de las muchachas jóvenes hasta partirlos. Claro, no gritaban porque ya habían muerto después de innumerables abusos por parte de otros artefactos, pero el condenado no había muerto y sus gritos retumbaban por el lugar solo opacados por la grotesca risa de Anton quién ya era llamado "El Sanguinario".

Hacia el final de su vida, Anton derivó las tareas de tortura en mí, al principio daba instrucciones realmente grotescas, como unir a ambos torturados en una cadena de alambre y hacer que los movimientos del más joven terminara por desmembrar parte de ambos cuerpos. Aunque luego se dedicó a observar y en ocasiones, cuando la tortura le satisfacía aplaudir como alguien que mira una obra de teatro. Ser Anton hizo ejecutar a su prisionero cuarenta años después de su captura, en su lecho de muerte.

Sin embargo, las torturas continuaron, el nuevo señor a costa de herederos fue el joven Dorn de 55 años, quien le había servido todos aquellos años. Así es, luego de vivir en el infierno fui hecho señor y mis hijos heredarán estas tierras. Aunque, estoy agradecido con Ser Anton, no solo me dio riquezas si no un nuevo medio de entretenimiento. Pienso llevar a mi hijo Jorh de cinco años a que se familiarice con la tortura de una prostituta de taberna. ¿Qué tiene de malo pasar una costumbre de generación en generación?"

Dorn de Wex, conocido como Dorn el Macabro. 1154 D.C