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Sentado en la habitación del hospital, esperaba al médico por el horrible corte que me había hecho al jugar fútbol ese día. Oí gritos en la otra habitación, y mamá se tapó los oídos. Yo hice lo mismo. Vi a un hombre correr por el pasillo a través del cristal de la puerta, dirigiéndose a nuestra habitación. Pero se estrelló. Mamá me alejó de la puerta que retemblaba, y cerró la cortina engarzada en sus costados. Luego abrió la ventana, colocándome en su espalda, y salimos afuera. Papá aguardaba abajo con el coche encendido. Mamá me situó en el asiento trasero.

Le pregunté qué sucedía. Ella me respondió que muchas personas estaban enfermando.

"¿Como ese hombre que vimos? ¿Estaba enfermo también?". Mamá se volvió hacia mí.

"Sí, cariño, estaba enfermo."

"¿Por qué papá conduce tan rápido?"

"Angelito, estamos asustados. Tu padre y yo."

Levanté la frente.

"Entonces yo también tengo miedo." dije con orgullo.

Llegamos a un supermercado desierto. Salimos del coche y mamá me ordenó que no soltara su mano, y que tampoco me acercara a nadie que no fuese ella o papá. Entramos, y papá y mamá se desplazaron en su interior, acumulando comida y otras cosas. Volvimos al coche. Cuando mamá disponía en orden todo lo que había reunido, una persona enferma se abalanzó sobre papá, mordiéndolo en el brazo. Papá le disparó en la cabeza e inmediatamente se introdujo en el auto, poniéndolo en marcha. Su brazo sangraba.

Horas más tarde, dijo que se sentía mal. Detuvo el coche y se bajó de este. Mamá y yo lo seguimos. Papá vomitó. Le pregunté a mamá si se estaba enfermando, pero mamá me pidió que entrase en el auto. Parecía muy asustada. Papá se le adelantó, clavando sus dientes en mi mano. Mamá lo apartó violentamente, y apuntó a su cabeza. Le grité que no; ella apretó el gatillo y fulminó a papá, quien cayó pesadamente al suelo.

Lloraba cuando arrancaron los motores y nos alejamos precipitadamente del paraje. Mamá me consoló que papá ya no se sentiría enfermo, que debíamos alegrarnos por él.

En un gran edificio unos cuantos hombres registraban a la muchedumbre que fluía en dirección a este; el camino se encontraba salpicado de enfermos muertos, derribados. Mamá tomó agua e hilos, y cosió mi herida, después maquilló la sutura. "Sonríe", murmuró cuando los hombres armados nos intervinieron.

Ocupábamos una habitación cuando enfermé. Mordí profundamente el hombro de mamá, y esta enfermó. Los dos desatamos el infierno en el edificio. Un mal hombre baleó a mamá en la cabeza; luego dirigió la pistola hacia mí, sin predecir mis movimientos, masticando uno de sus dedos. Apretó el gatillo, sí, demasiado tarde.

Él ya había enfermado.