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Aparqué mi viejo Renault 21 junto a la entrada. La valla metálica que circundaba la propiedad se elevaba amenazante como lanzas oxidadas de soldados invisibles. Hacía frío. Me puse la gabardina y agarré el maletín. Caminé despacio hacia la guarida de la bestia.

¿Podría llevar a cabo la difícil tarea que me había propuesto? Una cuestión, un destino indescifrable… La edificación Victoriana elevaba su torreón entre rosales descuidados y enredaderas salvajes. ¿Cuanto tiempo hacía que el jardinero no trabajaba en los setos? Tanto como el transcurrido desde su muerte. Muy probablemente estaría enterrado bajo uno de los grandes robles. Era costumbre de la bestia. Su familia lo buscaría durante meses, luego pasarían los años, pero el cadáver acabaría como pasto para los gusanos y otros insectos carroñeros. La mujer del jardinero conservaría por siempre la esperanza de volver a abrazarlo, de doblar una esquina y encontrarlo desaliñado, harapiento, pero vivo. Pobre infeliz.

Los árboles lloraban sobre el suelo anunciando un otoño temprano. Miré al cielo ventoso, que desafiaba al sol del amanecer vomitando grandes nubarrones grises con aroma a tierra mojada.

Respiré hondo. Los niños, perezosos y con la mochila a cuestas, empezaron a salir de las casas vecinas camino del colegio. Era la hora. Nadie debía verme afuera.

Mis pasos crujían entre las hojas muertas. Demasiado ruido. Aceleré el ritmo para desaparecer cuanto antes de la vista de los curiosos.

Aun conservaba la vieja llave. Giré la cerradura y la pesada puerta de madera se abrió con un largo quejido. ¿Es que estaba viva? Fue un pensamiento estúpido, pero inevitable. En aquella casa no había nada vivo, nada excepto yo, al menos no lo que los humanos entendemos por “vivo”; cosa que tenía que tener muy clara para poder terminar con éxito la ardua tarea que me había propuesto. Una duda, un titubeo, y estaría perdido, condenado para siempre como el pobre jardinero. O quizá la bestia me reservara peor suplicio que la muerte. Quizá la bestia no me enterraría en el jardín, quizá… Deja de pensar. ¡Actúa!

Ni en un millón de años habría imaginado que mis ojos llegaran a ver la casa donde crecí en aquel estado lamentable de total y absoluto abandono. ¡Cielo Santo!, el olor era nauseabundo; una mezcla de alcantarilla estancada y orín de animal. El polvo se había acumulado de tal manera en los muebles que apenas podía distinguirse su color original. Las paredes enmohecidas rezumaban lágrimas oscuras, como si la casa entera llorara. Las arañas se había apoderado de los techos y las lámparas, horribles bichos sin sangre ni vísceras, pero que seguían correteando, tejiendo y comiendo moscas y saltamontes. Aquellas arañas estaban tan vacías, tan frías y cadavéricas por dentro como la bestia a la que protegían, pero sus dientecitos puntiagudos eran igualmente mortales. No podía dejar que me picaran, esas arañas no…

El sofá del salón estaba en el mismo sitio, tal y como lo recordaba, bajo el gran ventanal del porche. La vieja tele, el aparador y la mesita de café, el sillón orejero, la butaca del abuelo y la lámpara de lectura. Todo estaba igual, pero muerto, podrido, oxidado.

Pasé junto a las escaleras. Arriba estaba mi habitación, donde tantas tardes jugué con las interminables fichas de “Lego”, los valientes soldados de “Famobil”, los intrépidos coches de “Scalestrix”. Aquella habitación que me guardó de las intensas lluvias mientras observaba desde la ventana y con infantil curiosidad como corrían calle abajo las hojas de los árboles. Aquella habitación, donde aprendí a disfrutar de una tarde con los corsarios de “La isla del tesoro” o la brillante imaginación de Stephen King, que tanto me hizo temblar con “El resplandor”, “El cementerio de animales” y un sin fin de espeluznantes títulos apilados aun en la vieja estantería. Fue la habitación que mantuvo en secreto mi adolescencia, la habitación que atestiguó mi primer beso, mi primer amor… Y ahora todo estaba muerto.

Llegué a la cocina. El olor de las magdalenas ya no existía. Solo el moho, los orines y las arañas no-muertas, que seguían moviéndose con sus patitas afiladas. Ya no quedaba rastro de los buenos tiempos, aunque mi imaginación me permitía seguir viéndola a “ella”, sentada en la silla, amasando los huevos y la harina. Aun podía ver su amplia sonrisa, su pelo largo y negro, sus manos ágiles, fuertes…

La puerta del sótano estaba justo al lado de la alacena. Abrí. Un viento helado y pútrido me golpeó la cara. Me eché hacia atrás. Me temblaban las piernas.

No había luz. Encendí la linterna. Bajé un escalón tras otro. Llegué al final. Barrí con el estrecho haz de luz toda la estancia: Estanterías, cajas húmedas, pelotas desinfladas, la caldera apagada, y en el medio, elevado sobre una piedra de duro granito, el ataúd. Allí estaba, silencioso. La caja mortuoria desentonaba con el entorno, ya no por su propia naturaleza, si no por la extrema limpieza que desprendía sus laterales de madera. La bestia estaba dentro.

>Me acerqué. Intentaba no pensar. Había venido a acabar con la bestia, a quemarlo todo, a destruir hasta el último recuerdo. No debía pensar, solo actuar.

Encendí las seis velas de los dos largos candelabros que velaban el sueño del no-muerto. Apagué la linterna. La luz tenue y titilante hizo emerger sombras que antes no estaban, sombras que se movían, que aparecían y desaparecían, sombras que presentían mis intenciones, pero que nada podían hacer para evitarlo. Eran sombras excitadas, sombras de arañas, unas grandes, otras pequeñas y veloces. Pero ellas, las arañas, no estaban allí, solo estaban sus sombras. O eso creí…

Dejé el maletín a un lado y me dispuse a abrir la tapa del ataúd. Iba a ser duro. Las dudas inundarían mi pobre espíritu. La bestia, su rostro, sus ojos; si se despertaba jugaría con migo, me embriagaría, volvería a enamorarme. Pero esta vez me mataría, o algo mucho peor… Sabía lo que iba a encontrarme allí dentro. No paraba de repetírmelo una y otra vez No pienses, no pienses, no pienses…

Abrí la tapa del ataúd. Las bisagras chillaron. Mi piel se erizó al tiempo que escalaba por todo mi cuerpo una espantosa ola de miedo. Hasta la última vena, la última arteria y el último capilar se inundaron de un torrente de sangre fría como el hielo. Fue como si la mismísima esencia de la muerte corriera en mi interior, una muerte lenta, sigilosa, que avanzaba desde las puntas de los dedos de los pies hasta mis manos vacilantes.

El no-muerto descansaba sobre impoluto raso blanco; una bestia inhumana, una bestia incapaz de sentir compasión, de sentir piedad, de sentir amor, o al menos no el amor que se profesan hombres y las mujeres, al menos no ese amor. Y no pude evitar que otra cuestión saltara a mi cabeza. ¿Pueden amar los no-muertos? ¿Acaso se aman entre ellos como hombres y mujeres, como padres e hijos, como hermanos? No estaba seguro, no podía estar seguro. “Debía dejar de pensar. ¡Deja de pensar. Solo actúa!”

Por supuesto que era hermosa. Tanto como antes de convertirse en la bestia que era ahora. Es más, quizá fuera más hermosa, si eso era posible: Las espesa cabellera caía a los lados de su rostro nacarado, terso y de piel limpia, como la de una muñeca recién estrenada, recién sacada de la caja. Parecía que pudiera romperse en mil pedazos, como si estuviera hecha de porcelana. Quedaba un leve rastro de color en sus mejillas. Dicen aquellos que han perseguido y exterminado a otros no-muertos que el color rosado inunda sus caras después de alimentarse de un humano. La sangre caliente de las victimas permanece palpitando en el interior de sus inmóviles corazones por un tiempo, hasta que se enfría. Luego vuelven a tener hambre…

¡Qué turbadores labios! ¿Acaso existía alguien capaz de resistirse a su beso? Pobres infelices. Cuantos habrán caído tentados por su turgencia, por su aparente calor. Y qué sorpresa les aguardaba tras su sonrisa. Qué terrible sorpresa cuando los colmillos aparecieran tras aquel esplendor.

Agarré la estaca y el pesado martillo. Me incliné hacia delante. Su pecho no se movía, sus manos reposaban sobre el estómago, sus pies estaban descalzos…

¿Cómo podría hacerlo?

“No pienses. Actúa”.

Levanté el martillo y apreté los labios. Iba a golpear. Tenía que hacerlo con fuerza, con tanta fuerza como pudieran suministrar mis músculos. Los no-muertos tienen huesos extremadamente duros. Atravesar el esternón no era nada fácil. Más de un cazador de vampiros había caído abatido después de que la estaca se partiera en dos sin ocasionar más daños que una leve punzada en la superficie de la piel blanquecida. Una mala elección en el grosor de la herramienta y estás acabado, un golpe sin contundencia y la bestia te arrancará la cabeza antes de que puedas siquiera volver a levantar el martillo.

¿Podría hacerlo?

“No pienses”.

Como las imparables olas del mar, un sin fin de imágenes se precipitaron sobre mi cabeza recordándome al antiguo dueño del cuerpo que reposaba dentro del ataúd y que ahora era la cáscara, el traje incorrupto de un vampiro salido de la jodida boca del infierno. Las imágenes llegaron acompañadas de los olores, del olor a las flores de jardín, del olor a la hierva recién regada, del olor de las mañanas, de ese aroma a magdalena recién hecha que flotaba en toda la casa y subía las escaleras hasta mi habitación, como un espíritu bondadoso e invisible que me daba los buenos días rascándome la nariz. Y que otra cosa puede despertar mayores recuerdos que los olores.

¿Cómo podría hacerlo? ¿Cómo podría clavar aquella enorme estaca de madera en mitad del pecho de la que antes había sido mi madre? Ya lo se. Ella ya no estaba allí dentro, ella estaba muerta. Eso me dijo el viejo cazador de vampiros, eso me dijo… Pero su cara, sus labios, su pelo. Dios santo, era su rostro, era ella la que reposaba en el ataúd. Estaba allí, justo delante de mis ojos, después de tantos años, estaba allí, tumbada, dormida. ¿Cómo iba a atravesarle el corazón a mi madre? ¿Y si aun quedaba algo de ella en los más hondo de...? ¡Joder!, puede que no estuviera muerta del todo. Recuerdo que siguió haciendo las mismas magdalenas después de convertirse. Yo aun no lo sabía. Estuve viviendo con un vampiro muchos meses sin saberlo. Sólo tenía doce años, y mis amigos seguían viniendo a jugar a casa. Por las tardes, para merendar, nos daba las magdalenas. Y cuando nos quedábamos con hambre, preparaba bocadillos. Le gustaba alimentarnos, le gustaba vernos comer. Entonces era la misma mujer. Por supuesto que hubo cambios, cambios que fui percibiendo con el tiempo: Dejó de limpiar, de barrer y fregar. Poco a poco fue adquiriendo una terrible alergia al sol, que le hizo llevar siempre gafas de sol y evitar su exposición directa, que derivó en un llamativo color nacarado de la piel. Más tarde dejó de dormir por la noche, parecía presa de insomnio. Los primeros días leía en el salón, o tejía largas bufandas. Luego empezó a salir. La veía abandonar la casa vestida con sus mejores trajes, como si siempre fuera de fiesta. Pero, a pesar de las ausencias, el olor a magdalenas seguía despertándome por las mañanas. ¿Era la misma mujer? A mí me lo parecía.

Al contrario de lo que la gente cree, los vampiros no siempre descansan de día, y mucho menos al principio de su conversión. El sol puede provocarles graves quemaduras, pero basta una buena protección solar y lentes oscuras para soportar sus efectos. Naturalmente, con el transcurso de los años, el vampiro prefiere usar los días para su descanso y evitar la incomodidad y los peligros de la claridad. Pero solo la evolución personal los empuja a tan exclusivos comportamientos noctámbulos.

Mi madre siguió ayudándome con las tareas del colegio, siguió recibiendo a mis amigos como si fueran sus propios hijos. Los besaba y les preparaba la merienda con una sonrisa en la boca. Todos percibíamos el tacto cada vez más frío de sus labios. Pero ¿qué importancia podía tener eso? Ella seguía cuidándonos, era tan amable como siempre, tan alegre como siempre, tan hermosa... Y sus ojos cada vez eran más brillantes, más verdes, más cautivadores. ¿Quedaba entonces algo de mi madre en el cuerpo que yacía en el ataúd? 

“No pienses, no pienses”. Actúa.

Claro que acabé sabiendo de su nueva naturaleza diabólica. ¿Que cómo ocurrió? Antes he dicho que le gustaba vernos comer, alimentarnos como a buenos chicos de pueblo. Pero un día decidió cambiar radicalmente sus costumbres, y en vez de seguir preparando aquellas buenas magdalenas y bocadillos, como siempre había hecho con dulzura, ese día de invierno, de calor de estufa y corrillos de brasero, ese día fatídico decidió comerse a las criaturas que antes había alimentado. Un diferencia imposible de pasar por alto. Primero los engordó, y luego se los zampó uno por uno. La encontré agarrada a la yugular de Tomás. Aun estaba vivo; el pie derecho golpeaba el suelo intentado llamar la atención con las pocas fuerzas que le quedaban, pero su mirada se apagaba como una vela. Con un brusco movimiento mi madre le arrancó la mitad del cuello. Tomás calló al suelo como un muñeco de trapo. La sangre no dejada de fluir del enorme agujero. Fue espantoso ver la blanca y limpia piel del rostro de mamá inundada de la sangre aun caliente de mi amigo. Corrí despavorido. Pero mamá era rápida, tanto que consiguió agarrarme del brazo antes de que pudiera llegar a la puerta. Se movía como una serpiente hambrienta. Con un pequeño impulso de los músculos de sus nuevas piernas de vampiro superó la distancia de toda la habitación. Y que terrible fuerza tenía en las manos.

_Mamá, me haces daño_ le dije absolutamente atemorizado.

_¿Donde vas?_me contestó con su misma voz melodiosa, pero con una boca desbordada de sangre espesa y dientes puntiagudos.

_Suéltame, por favor

Lo recuerdo como si hubiera sucedido ayer, aunque hacía ya más de quince años. Mi madre me dejó ir. Aunque antes me hizo temblar como una hoja. Se arrimó al oído. Yo creía que iba a arrancarme la vida, como había hecho con Tomás. Pero me equivoqué. Noté el calor de la sangre que empapaba su cara, noté el aliento gélido de la bestia… No me mordió. Se arrimó todo lo que pudo y me dio un beso rojo y húmedo mientras me decía _Volverás, y volverás para quedarte. Yo siempre seré tu madre_

Y puede que tuviera razón.

Apoyé la estaca justo en el centro del esternón. Levanté el martillo. Una lágrima resbaló por mi mejilla. La miré. Por un instante volví de nuevo atrás en el tiempo. La ví bailando en el patio, al anochecer, ataviada con su vaporoso traje de seda. La ví con el pelo empapado, paseando bajo la lluvia en la oscuridad de la madrugada y saludándome desde la acera con sus manos de largos dedos…

La miré. Agarré bien fuerte el asa del martillo para asegurarme de no fallar. Y entonces, en aquel momento de extrema tensión, entonces abrió sus ojos verdes y me miró. No dijo nada, no me arrancó la cabeza, como me habían asegurado que pasaría si el vampiro se despertaba. Corrieron largos segundos, ella indefensa bajo la madera puntiaguda, yo dispuesto a atravesarla como a un animal rabioso. Pude oir la aguja de mi viejo reloj de bolsillo. Puede sentir el transcurso del tiempo, cada tic, cada tac. Ella me miraba sin más gesto que el brillo de sus colmillos sobresalientes. ¿Quién era aquella mujer? ¿Era mi madre, o era la bestia asesina y sin espíritu de la que hablan los libros?

“No pienses”

Por fin habló con su delicada voz, esa voz melodiosa, esa voz… _Has vuelto. Estás aquí_

Los mismos ojos, la misma boca, era la misma mujer. Sólo que ya no le gustaban las magdalenas. Prefería la sangre, prefería los cuellos calientes y desnudos.

“No pienses, no pienses, no pienses, no pie…”.

Solté el martillo y dejé que me abrazara.

Ahora salimos juntos a cazar, por que ella siempre será mi madre.