Era una familia que consentía a su joven hijo todo capricho que este quisiera. Era el cumpleaños del niño y los padres salieron con él al pueblo a comprarle un regalo, sin embargo, nada de lo que veían le gustaba al chiquillo. Pero cuando pasaron frente a una vieja casa de antigüedades, un muñeco en forma de payaso le llamó la atención.

Le dijo a sus padres que eso era lo que él quería de regalo. Entraron recelosos a la vieja tienda y trataron de comprar el muñeco, pero el dueño y su esposa se negaban a venderlo, aduciendo que no estaba a la venta y que por un descuido había terminado en la vidriera y no lo habían vuelto a guardar.

Los padres del pequeño insistieron y le ofrecieron a los dueños del local una fuerte suma de dinero, dinero que el pobre vendedor y su esposa no podían rechazar.

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El dueño del local aceptó vender al muñeco con la condición de que nunca debían quedarse solos con el muñeco en la casa, puesto que estaba maldito.

Los padres razonaron que era una petición aceptable ya que querían tanto a su hijo que siempre estaban con él, y el saber de la maldición los asustó un poquito.

Pasaron los meses sin novedad y la familia se fue olvidando de la advertencia.

Un día, el padre se encontraba trabajando y la madre preparaba el almuerzo para ella y su hijo. Al ver que no tenía todos los ingredientes que necesitaba, fue al mercado rápidamente a comprar lo que le faltaba.

Cuando regresó, vio gotas de sangre en el piso de su casa que formaban un rastro en dirección hacia el cuarto de su hijo. La mujer subió las escaleras a toda velocidad y vio que las gotas terminaban frente a la puerta del closet.

Abrió el closet y se horrorizó al ver el cuerpo de su hijo despedazado y colgado dentro del closet.

Estaba aterrorizada, más cuando se volteó y se encontró al muñeco sonriéndole. El muñeco habló y le dijo:

"Y ahora, estoy solo contigo."

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