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Sr. Jerez no dejaba de llorar en el regazo de su mujer.

—¡¿Por qué no me hablas?! ¡Sé que soy triste y olvidadizo pero puedo cambiar! —Decía Sr. Jerez mientras se secaba.

—¡¿Es porque me comí a nuestro hijo?! ¡Maldita sea! ¡Debes comprender que yo no soy el malo, es otro yo! —Entonces Jerez se tranquilizó al notar cómo la culpa desaparecía.

—Por favor, perdóname… ¿Me quieres? —Decía Sr. Jerez.

Pobre necio… ¿Cómo le iba a responder un cadáver?