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La primera vez que una ve a Elspeth, no está predispuesta. Ella es delgada y bronceada, su nariz levemente respingada. El cabello lacio y delgado, como seda, dividido en dos divertidas y pequeñas trenzas. Cuando una la quedaba viendo un rato, se percibía que era una encantadora criatura. No tenía defecto en su piel, y su boca era delicada y bien formada. Pero su particular encanto residía en una mirada que ella daba habitualmente, como si conociera ciertas cosas que las personas ordinarias ignoraran. Una se sentía tentada de preguntarle:

"¿Qué son esas cositas que sabes y que los demás ignoramos? ¿Qué es lo que ves con esos ojos listos? ¿Por qué es que todos te adoran?"

Elspeth era mi pequeña ahijada, y yo la conocía mejor que nadie. Pero aún no podía decir que me era verdaderamente familiar, puesto que para mí su espíritu era como un bello y fragante camino a través del que podía andar en paz y alegría, pero en donde continuamente descubría cosas nuevas.

La última vez que la vi estaba en el bosque, donde había ido con sus dos hermanitos y su nana, para pasar los más cálidos días del verano. La seguí, tontería de mi parte, solo para estar cerca de ella, ya que necesitaba habitar donde su dulce aroma pudiera alcanzarme.

Una mañana cuando salí de mi cuarto, rengueando un poco, ya que no soy tan joven como solía ser, y el viento proveniente del lago hacía estragos en mí, mi pequeña ahijada vino hacia mí bailando y cantando:

"¡Ven, ven conmigo, y te mostraré mis lugares, mis lugares!"

Cuando ella cantaba la canción del Mar Rojo, podía estar más alborozada, pero no podía estar más encantadora. Por supuesto que sabía a que "lugares" se refería, ya que fui niña alguna vez. Pero a no ser que una estuviera familiarizada con el verdadero significado de "lugares", sería inútil tratar de explicarlo. Es como conocer el significado de la Poesía o no. Hay cosas en este mundo que no pueden ser explicadas.

Los dos hermanitos de Elspeth estaban presentes, y tomé uno de cada mano y la seguí. Luego de un rato habíamos salido de la casa y estábamos en el bosque, y una especie de misterio cayó sobre nosotros. Ella nos advirtió que fuéramos en silencio, y así lo hicimos, evitando pisar hasta las ramas secas.

"Las hadas odian el ruido," me susurró mi ahijadita, mientras sus ojos se reducían como los de un gato.

"Debo tener mi varita," dijo, con reverencial tono, "es inútil intentar nada sin una varita."

Los niños se impresionaron profundamente y también yo. Me sentía como si al final fuera a ver, si me portaba bien, a las hadas, que hasta ahora venían evitando mi materialista contemplación. Fue un momento encantador, no fue nada común en la vida.

Había una hondonada cerca, y la chiquilla se zambulló en ella. Pude ver su sombrero de paja rojizo moviéndose por entre los altos arbustos, y me pregunté si habría serpientes.

"¿Piensas que hay serpientes allí?" dije a uno de los chiquillos.

"Si hay," dijo con convicción, "no se atreverán a lastimarla."

Me convenció. No tenía miedo. Al rato Elspeth surgió de la maleza. En sus manos tenía una flor perfectamente redonda, con su tallo. La llevaba como si fuera una reina con su cetro (las bellas reinas que soñábamos en nuestra infancia).

"Ven," me ordenó, y movió el cetro de manera elegante. Así que la seguimos, con los niños tomando cada una de mis manos. Los tres estábamos un poco asustados.

Elspeth nos guió a través de un oscuro brezal. Las ramas, al sacudirlas, nos llenaron las caras de gotas de rocío. Un pequeño sendero, hecho con las pisaditas de la niña, guiaba nuestros pasos. Un perfume de fresas maduras y pepinos salvajes inundaba el aire. Un ave, asustada desde su nido, comenzó a exclamar frenética sobre nuestras cabezas.

El brezal se espesó; de pronto la oscuridad de los abetos estaba sobre nosotros, y en medio del borroso verde, un tulipán ostentaba sus hojas. Había una creciente humedad, a medida que nos acercábamos, pisando suavemente. Una pequeña culebra verde escapó coqueteando de nuestra presencia. Una ardilla regordeta salió a nuestro encuentro desde la altura, acariciándose los bigotes con una aire complaciente.

Al final, llegamos al "lugar". Era un círculo de hierba aterciopelada, brillante como las primeras de la primavera, delicada como helechos marinos. El sol, que caía por entre los huecos de los abetos, inundaba el lugar con una suave luz y hacía que el bosque que nos rodeaba pareciera como un profundo terciopelo verde. Mi pequeña ahijada se quedó en el medio y elevó su cetro de manera impresionante.

"Este es mi lugar," dijo con una especie de alegría maravillosa. "Aquí es donde vengo a los bailes de las hadas, ¿las ven?"

"¿Ver qué?", susurró uno de los niñitos.

"Las hadas."

Hubo un silencio. El mayor de los chiquillos tiró de mi falda.

"¿Las ven?" preguntó. Su voz temblaba con expectancia.

"En realidad," dije, "me temo que soy muy vieja y pícara para ver hadas. No obstante, ¿tienen ellas sus sombreros rojos?"

"Claro que sí," rió mi chiquilla. "¡Sus sombreros son rojos y son tan pequeños, tan pequeños!" Ella nos mostró la nacarada uña de su dedo pequeño para darnos una idea.

"¿Y sus zapatos, terminan en punta?"

"¡Oh, son muy puntiagudos!"

"¿Y sus vestidos, son verdes?"

"Tan verdes como el follaje."

"¿Y soplan pequeños cuernos?"

"¡Los más dulces y pequeños cuernos!"

"Creo que las veo," exclamé.

"Pensamos que también las veríamos," dijeron los pequeños niños, riendo con regocijo.

"¿Y escuchan sus cuernos?" preguntó ansiosa mi dulce ahijada.

"¿No escuchan sus cuernos?" pregunté a los chiquillos.

"Creemos escucharlos," gritaron, "¿no piensas que los escuchamos?"

"Claro que sí," dije, "¿No estamos muy felices?"

Todos reimos y nos dimos besos. Luego, Elspeth nos guió de vuelta a casa.

Al día siguiente fui llamada a la costa del Pacífico y el trabajo me mantuvo ocupada hasta diciembre. Un par de días antes de la fecha prevista para mi regreso a casa, me llegó una carta de la madre de Elspeth.

"Nuestra chiquilla se ha ido a lo Desconocido," decía, "ese Desconocido que ella siempre parecía tratar de observar. Sabíamos que ella se iría, y se lo dijimos.

Ella era muy tenaz, pero nos suplicó que tratáramos de algún modo de tenerla hasta después de Navidad.

"Mis regalos aún no están terminados", se ponía a lloriquear, "y quiero ver que me van a regalar. Pienso que ustedes no tendrán una Navidad feliz sin mí. ¿Pueden hacer que esté hasta Navidad?"

Nosotros no podíamos 'hacer' nada con Dios en el Cielo o con la Ciencia en la Tierra. Y ella se fue.

Era solo mi ahijadita, y soy una vieja solterona, sin mayor experiencia con niños, pero me pareció como si me hubieran quitado la luz y la belleza de mi vida. A través de su cristalina alma había percibido todo lo precioso y encantador. ¡Sin embargo, se fue! Regresé a mi hogar y tomé un curso de historia egipcia, determinada a no pensar en otra cosa que no fueran los Ptolomeos.

Su madre me había contado como, en Nochebuena, como de costumbre, ella y su marido llenaron las medias de los niños y las colgaron del lugar usual, de la chimenea.

Estaban muy apesadumbrados, pero ese año no habían reparado en gastos y habían colmado a sus dos hijos con todos los tesoros que pudieran llamarles la atención. Se preguntaron cómo fue que, en años anteriores, habían sido tan malos, por economizar en época navideña y lo que significaba para ellos el no haber podido regalarle a Elspeth el arpa que ella tanto pidió el año pasado.

"Y ahora," comentó el padre, sobre el arpa, pero no pudiendo terminar, por supuesto. Y los dos prosiguieron apasionados su tarea. Había dos medias y dos pilas de juguetes. ¡Tan solo dos medias y dos pilas de juguetes! ¡Dos es muy poco!

Salieron del cuarto y durmieron por un largo tiempo, suficiente como para que los niños se despertaran y, poniéndose sus batas de dormir y sus pantuflas, hicieran una precipitada incursión a ese cuarto, en donde habían sido preparadas todas las cosas de Navidad.

El mayor llevaba una vela que proporcionaba una débil lumbre; el otro le seguía a través de la silenciosa casa. Estaban muy impacientes e ilusionados, y cuando llegaron a la puerta de la habitación se detuvieron, puesto que vieron que otra criatura se les había adelantado.

Era una criatura pequeña y delicada, sentada con una bata blanca, con dos trencitas que le caían por la espalda y parecía estar llorando. Cuando ellos la vieron ella se levantó y, apuntando con su delgado dedo como hacen los niños cuando cuentan, se aseguró una y otra vez, tres veces en total, ¡qué solo habían dos medias y dos pilas de juguetes! Solo eso y nada más.

La pequeña figura se veía tan familiar, que los muchachitos se sobresaltaron. Entonces, alzando su brazo e inclinando su cabeza, tal y como Elspeth solía hacer cuando estaba llorando u ofendida, la cosa se deslizó y desapareció. Eso fue lo que dijeron los niños. Se esfumó como cuando una vela se apaga.

Corrieron y despertaron a sus padres con esa historia y recorrieron toda la casa, en búsqueda de algo que jamás hallaron. Maravillados, con desconfianza, esperanza y agitación, repitieron la búsqueda noche tras noche, pero solo había una casa silenciosa y cuartos vacíos. Dijeron a los pequeñuelos que habría sido una equivocación, pero ellos sacudieron sus cabezas.

"Conocemos a nuestra Elspeth," dijeron, "Era nuestra Elspeth que estaba llorando porque no tenía media ni juguetes. Nosotros le hubiéramos regalado los nuestros, solo que ella desapareció. ¡Tan solo se esfumó!"

A las siguientes Navidades, ayudé un poco con la celebración. No era mi asunto, pero pregunté si necesitaban ayuda, y ellos asintieron. Cuando terminamos, dejamos tres medias con tres pilas de juguetes, y una de ellas estaba repleta con todas aquellas cositas que creo mi querida niña hubiera amado. Cerré los cuartos de los niños con llave, y dormí esa noche sobre el diván del salón. Dormí poco, a pesar que era una noche muy tranquila.

Sin brisas y con una quietud que creo que podría haber escuchado hasta el menor de los ruidos. No escuché ninguno; si hubiera estado en una tumba, mis oídos no habrían estado más imperturbados.

Cuando llegó el nuevo día fui a abrir las puertas de las habitaciones de los niños y vi al pasar, que la media que tenía todos los tesoros de mi pequeña ahijada había desaparecido. No había vestigios de ella.

Por supuesto que no preguntamos a los niños. Luego de la cena, me enterré en mi historia, y tanto me absorbió, que se me hizo la medianoche sin darme cuenta casi. No habría despertado de mi estudio, supongo, para darme cuenta de la hora, a no ser por un débil y dulce sonido, como de una criatura tocando un instrumento de cuerda. Era tan suave y remoto, que a duras penas lo escuchaba, pero tan delicado y alegre que no podía dejar de percibirlo.

Cuando lo volví a escuchar, por segunda vez, fue como si alcanzara a oír el eco de una risa infantil. Al principio me desconcerté, pero luego recordé el arpa pequeña que había puesta entre los juguetes desaparecidos. Dije en voz alta:

"Adiós, querido y pequeño fantasma. Descanza en paz, querida. Adiós, adiós."

Eso fue hace años, y habido silencio desde entonces. Elspeth siempre fue una criatura obediente.