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Soy una mujer de 18 años y desde hace cinco años sufro de parálisis del sueño. Por lo general, duermo después de las 2 a.m. pero hace dos noches decidí que quería dormir “temprano”, así que me fui a la cama a las 11 p.m. Admito que cuando me fui a dormir estaba un poco llena por todo lo que había comido en el cumpleaños de una amiga, incluyendo tres o cuatro cervezas que tomé, pero no creo que eso sea el motivo para experimentar un nuevo suceso de parálisis del sueño tan horrible y angustiante como el que narraré a continuación.

Soñaba con una noche gris, como si no hubiese fluido eléctrico en toda la ciudad y sólo quedara la luz de la luna. Estaba en la terraza de una casa y entonces miré al cielo porque no podía recordar quién era. En las estrellas se dibujó la pregunta “¿Quién eres?” Y yo respondí “No sé quién soy”. En ese instante, se posó a mi lado derecho una presencia demasiado fría que me erizó la piel, no me hizo daño pero me asustó, no la sentí malvada, pero por algún motivo supe que ESA presencia no debería estar ahí. Entonces, aún viendo el cielo, respondí rápidamente “¡Soy hija de Dios!” y mi mente empezó a evocar casi que desesperadamente el salmo 91, aunque tuve problemas en terminarlo porque no me sabía la parte final. “El Señor es nuestro refugio. El que vive bajo la sombra protectora del altísimo y todo poderoso dice al Señor: Tú eres mi refugio, mi castillo, mi Dios, en quien confío. Sólo Él puede librarme de trampas ocultas y plagas mortales. Enviará a sus Ángeles para que me cuiden por dónde quiera que vaya, bajo sus alas estaré seguro y su fidelidad me protegerá cómo un escudo… Ya que has hecho de Dios nuestro Señor, del Altísimo tu lugar de salvación, no te sobrevendrá ningún mal”, repetía ese mal fragmento varias veces mirando al cielo, mientras que la presencia continuaba enfriando mi lado derecho. Repetí el salmo muchas veces hasta que desperté en mi cama un poco contrariada, puesto que en anteriores sueños de ese estilo mi cerebro había recordado el padre nuestro, no dicho salmo.

Abrí los ojos y descubrí que estaba recostada sobre el brazo derecho, tal vez fue la falta de circulación la que hizo que sintiera frío de ese lado. Miré a mí alrededor, todo estaba ligeramente iluminado por una luz gris. Ya no veía el cielo estrellado sino que veía el cielo raso de mi cuarto y por un instante me sentí segura, hasta que me di cuenta de algo preocupante: ¡¿Quién había quitado las cortinas?! Fue justo ahí cuando me volví consciente de que en realidad no había despertado. Intenté hablar y no pude, intenté levantarme y no sentí el cuerpo. Noté que la fría presencia aún seguía a mi lado aunque yo no la veía. Empecé a angustiarme. Empecé a mover los ojos en busca de algún espejo y una vez que logré enfocar mi reflejo en él, efectivamente vi que junto a mí, justo en el lado derecho, había una mujer desnuda muy parecida a mí que me abrazaba. Ella tenía una hermosa cara pero no me resultó familiar, su cabello largo era castaño como el mío y caía sobre sus hombros, y su cuerpo se veía demasiado pálido a la luz de la luna, por lo que supuse que era de tez blanca.

Inmóvil en la penumbra junto a ese espectro, entré en completa desesperación. Busqué irremediablemente despertarme, ¡abrir los ojos! Y no recuerdo bien o no estoy segura, pero creo que ella decía algo como “quédate conmigo”, lo que me llenaba de más pánico. Entonces desperté en medio de la angustia.

Esta vez abrí los ojos y creí que todo era real. Llamé desesperadamente a mi madre, que duerme en el cuarto contiguo, pero mi propia voz se escuchaba muy distante. Así que me quedé un instante en silencio, solo observando y pude distinguir las cortinas, el espejo, las manecillas del despertador que brillaban en la oscuridad… ¡NO se mueven! “¿Se habrá descompuesto?”, pensé, así que intenté estirar el brazo para verificarlo pero no pude moverme. Empecé a llamar a mi mamá con todas mis fuerzas, empecé a pedir auxilio ¡pero mi boca no se movía! Estaba balbuceando “ayuda”, intentando gritar desconsoladamente cuando alguien me respondió del otro lado de la puerta “¿Qué pasa? ¡Ábreme!”, y de inmediato me quedé aturdida en mi cama y guardé silencio porque esa NO era una voz conocida. Lloré en la oscuridad, lloré en silencio presa del pánico y la desesperación creyendo que me iba a quedar atrapada en ese despertar sin fin, mientras que esa voz insistía en que le abriera la puerta y golpeaba cada vez con más furia. Cerré mis ojos y pensé “Dios mío protégeme” y por fin desperté.

Esta vez sí se sentía real. Me fijé en las manecillas del reloj y se movían, la cortina estaba en su sitio y ahora si se escuchaba el ruido del ventilador. Llamé a mi madre y nadie me respondió, pero mi voz se escuchaba con más claridad y por fin podía mover el cuerpo y la boca sin dificultad. Una voz habló del otro lado de la puerta preguntando si podía entrar, esta vez sí era mi madre que entró a mi habitación por su cuenta y con cara somnolienta me preguntó “¿pesadillas otra vez?”, y yo solo asentí con la cabeza. Me dijo que si quería podía ir a dormir al sofá-cama de su habitación y yo no dudé ni un instante en aceptar su oferta. Tomé mis sábanas y mi almohada, y cuando iba cerrando la puerta de mi habitación, oí un susurro muy leve que decía “quédate conmigo”.