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Él me dijo que mirara dentro de sus ojos, en lo más profundo de su mirada. No me atrevía, percibía una tristeza en él que no podía soportar, que antes no estaba allí.

-Tendrás que hacerlo, aunque sea cuando yo ya esté muerto. Algún día, tarde o temprano, tendrás que saber la verdad.

Yo ya no lo conocía. Su mirada me aparecía borrosa, como si hubiera sido tachada por una bruma turbia en la que apenas distinguía los círculos de sus pupilas. Se pegó un tiro. Su cadáver apareció con las cuencas de los ojos vacías.

En el buzón, encontré un paquete. Parecía el estuche de unos pendientes. Sus dos ojos verdes estaban dentro, aún húmedos de sangre, mucosidad y lágrimas. Vomité y lloré. Cuando cesé de llorar, reuní el suficiente valor. Acerqué sus ojos a los míos, como si fuesen dos prismáticos, y los miré fijamente. Veía un armario. Unas sombras se acercaban, sus largas narices abrían violentamente la puerta. Sus cuerpos de sombras escurridizas y repugnantes ocultaban la mayor de las abominaciones, luchaban en vano por frenar sus movimientos. Pero era tan inútil como para un bebé enfermo intentar desviar las olas del mar. Ellos lo lamían, y gritaban, y la puerta del armario latía como un corazón desbocado.

No podía aguantar un momentos más, no podía soportarlo. Los ojos se me escurrieron de las manos. Aún oí cómo se rompían, con el sonido de dos huevos rotos. Pero ya no pude oír cómo mi cuerpo se estampó contra el suelo.

"Algún día, todos los ojos serían arrancados, y entonces podremos verlo”, pensé mientras caía. Y me desmayé.