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Es extraño, mi vida no es tan particular. Soy un estudiante normal de preparatoria, no tengo un gran círculo de amigos y tampoco me agrada salir a fiestas. Dejé mi religión hace unos años aunque mi madre siempre siguió predicándome.

No suelo usar las redes sociales o chatear con frecuencia. Casi no hablo en el colegio, soy reservado como lo notarás,  paso las horas del receso escuchando música en mi celular, sintiendo las melodías que pudieran entretenerme y no caer en el aburrimiento.

Un estilo de vida sin rumbo alguno. Sin embargo, es en mi habitación donde todo empezó. Sí, aquel lugar ya no era seguro. En donde anteriormente pasaba mis tardes dibujando o deambulando en internet, buscando historias de terror o juegos en línea, ahora es un sitio en el que me siento observado. A medida que transcurrían los días me costaba dormir cada vez más.

No soportaba perder el sueño por lo que tomé aquella decisión… fingir… tal vez lo primero que no debí hacer. Aparenté estar profundamente dormido después de los agotadores días de colegio. Hasta que un día no aguante más. Estaba enloqueciendo. Mi cuerpo se hacía débil, descansar parecía un lujo. A raíz de esto no solo me salieron ojeras sino que mi piel adquirió una tonalidad más blanca.

Sabía que continuar bajo estas circunstancias era imposible. Estaba seguro que no se trataban de imaginaciones mías, ¿pero qué me hacía estar tan convencido de aquello? Si algo era seguro es que si quería saber qué me perturbaba en las noches debía hacerlo cautelosamente.

Fue entonces esa noche, recuerdo ver mi reloj de mesa marcando las dos de la mañana. Sentía miedo, estaba durmiendo por tiempos, me despertaba una y otra vez hasta que me logré levantarme justamente a aquella hora. Mi cuerpo no podía moverse correctamente, tanto que me fue imposible levantar, recuerdo solo poder mover mis ojos mientras que mis manos temblaban levemente.

Una y otra vez observaba la oscuridad que invadía mi habitación, hasta que llegó un momento en que automáticamente detecté algo inusual en el reflejo de la ventana. Al principio, pensé que se trataba de alguna luz del patio del vecino pero me acordé que ellos se marcharon hace mucho y la casa quedaría en abandono desde entonces. A medida que pasaban los minutos noté que aquel fenómeno en el vidrio tomaba forma.

No se trataba de una luz, al contrario, era algo blanco y no muy denso que apenas podía postrarse en el vidrio. Me quedé inmóvil, solo me quedaba cerrar los ojos, pero tan solo ver aquella forma irregular mis párpados no respondieron, dejándome perplejo. No obstante, lo que sucedió a continuación fue aún peor.

Pude notar que aquella mancha comenzó a cambiar, dos arcos rojos surgieron de ella, pareciendo una especie ojos pero vacíos. Éstos se hacían más grandes de modo que ya no se veía una mancha brumosa sino que comenzó a adoptar forma de un rostro, uno que ahora tomó el tamaño de por lo menos un cuarto de mi ventana y que de cierta manera sabía que me miraba fijamente.

Inicialmente creí que se trataba de un sueño, sin embargo comencé a sentir un dolor de cabeza, que en cuestión de segundos, se convirtió en una insoportable jaqueca. Hiperventilaba mientras sentía como mi cuerpo se hundía de alguna forma en la cama. Sentí como si mi garganta fuera ahorcada cada vez con más fuerza y, aunque intenté gritar, solo conseguí desperdiciar mi último aliento.

Lo siguiente que recuerdo fue despertar en una camilla, el ambiente gélido hizo sentir mis manos y especialmente pies helar. A lado de mí posaba una figura humana a través de una cortina blanca. Recuerdo que mi vista era algo confusa pero alcancé a notar que llevaba puesto un traje negro y alrededor de su cuello un collar con una figurilla de cruz. En cuestión de un instante, salió apuradamente hacia la puerta como si hubiera visto algo que lo perturbó, algo claramente no de este mundo.

¿En dónde estaba? ¿Qué sucedió? No aguantaba la incertidumbre por lo que proseguí a levantarme, sin embargo, cuando intenté hacerlo sentí que algo me retenía. Desde ahí todo se volvió más raro aún. Recuperé mi vista por completo y, en ese instante, fue cuando me di cuenta que mis manos yacían atadas a la camilla, al parecer sujetadas a un tipo de lazo gris. Subsecuentemente, un dolor en mis antebrazos vino de manera insoportable, al revisar, no podía ver sino con horror las marcas de cortes que tenía.

¿Pero de dónde han salido? ¿Habré sido yo capaz de...? Recuerdo entrar en pánico cuando noté que algunos de aquellos cortes ya habían cicatrizado, era obvio que habría estado inconsciente algún tiempo… ¡¿Pero cuánto ha pasado desde que...?! No recordaba exactamente la última noche en mi habitación pero sabía de algún modo que algo horrible sucedió, ese sentimiento de miedo volvía.

Intenté quitarme los lazos que me apresaban en la camilla, cada vez traté más bruscamente pero al parecer nadie alrededor me escuchaba pedir ayuda, o más bien, no creo que algún alma estuviera en este salón blanco. A medida que seguía gastando mis fuerzas en romper los lazos, mi cuerpo se debilitaba hasta un punto que caí recostado en mi camilla. Y antes de perder la consciencia de nuevo, me percaté como unos sujetos de traje blanco provenían de una puerta metálica, venían corriendo directamente hacia mí. Sentí algo puntiagudo ingresando en mi brazo derecho. ¡¿Qué me hacen?! Exclamé lentamente, pero al parecer ninguno de estos individuos me escuchaba o tal vez querían que eso creyera. ¿Es eso una…? Antes de terminar mi última palabra sentí un fuerte cansancio que me llevó a otro posible largo sueño.

Fue cuando me dieron de alta de aquel lugar, aquel que nunca más volví a ver o saber por un tiempo, en el que supe qué sucedió. No tenía idea de cuánto tiempo transcurrió desde la última vez que desperté pero recuerdo haber observado a mamá rompiendo en lágrimas, una expresión de tristeza tan profunda que nunca olvidaré. Me insistió fuertemente en dejar el tema atrás. No obstante, logré que me contara cómo llegué a parar a aquel salón tétrico.

Y así, ella comenzó a relatar cómo me encontró en la mañana sobre la cama de mi habitación, mi cuerpo, lleno de cortes y abolladuras alrededor de mi cuello, había adquirido una tonalidad blancuzca, no muy diferente a la de un difunto. Horrorizada, llamó al teléfono por auxilio. No esperaban que despierte, las esperanzas de vida eran escasas, había perdido mucha sangre y tras varios intentos fallidos de ‘reanimarme’ yací inconsciente hasta aquel día donde desperté violentamente.

‘Ellos’ habían rayado mi actitud ‘peligrosa’ prosiguiendo a silenciarme en sueño delta. ‘Ya no es necesario que te hagas más daño, ya todo está bien, me alegro que regresaras’, dijo mi madre como si hubiera presenciado algún milagro. Algo no estaba bien, no me creía capaz de hacerme aquellos cortes ni haber experimentado episodios semejantes.

A medida que regresaba a mi casa, me entraban recuerdos de aquella lúgubre noche. Al acercarme a mi habitación me entró un leve dolor de cabeza mientras otro fragmento de memoria entraba a mi mente. Lo había recordado todo, aquella mancha brumosa en mi ventana, aquel rostro inhumano, aquellos ojos vacíos. Recordé lo último que sucedió antes de caer inconsciente en mi cama. Algo intentó entrar en mi cabeza, un ente que se materializaba cada vez más hasta adoptar forma de algo parecido a un demonio que se postraba cada vez más cerca de mí.

En mi último suspiro lo último que vi fue aquel rostro blanco maldito. De éste surgió una boca que comenzó a sonreír, una horrible sonrisa que se engrandece a medida que se acercaba hasta un punto que solamente pude ver oscuridad y una sensación de vacío. Sin embargo, lo más curioso fue lo que encontré cuando ingresé a mi habitación después de tantos meses. Pude observar algo en la esquina inferior de la ventana. Alguien que entrara al cuarto no lo notaría a simple vista, pero me extrañaba que fuera lo primero que vi al cruzar la puerta. Se trataba de algo escrito en la empuñadura del vidrio, probablemente marcado con dedos tan finos que posiblemente no eran humanos: ‘Tal vez no debiste mirar…’.