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«Todo el mundo ama a un payaso. La ley del tonto, juegan a la ternera, y siempre tendra la ultima risa»

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Mi nombre es John, curiosamente nunca me asustaron los payasos. De niño sentía respeto hacia las personas detrás de las máscaras, me hacían reír y trabajaban como cualquier persona, no entendía por que otros niños le temían. Tal vez su imaginación les jugaba en contra, o las pinturas faciales les parecían aterradoras. Vaya alguien a descubrir los misterios de la mente.

Siendo ya un adulto, al cumplir 21, no tenía muchas amistades. Solo un amigo de la escuela, el que veía una vez por mes, a mis padres los veía una vez por semana en un almuerzo los domingos, y en el trabajo no tenía compañeros, puesto que recién me había echo dueño de un maxi-kiosco, el cual atendía yo solo, y vivía en el piso de arriba (era mi casa y mi negocio).
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Los días pasaban y mi pequeño comercio iba ganado fama en mi barrio. Pronto cada día más gente asistía a él para comprar. Lo que era un trabajo repetitivo y aburrido, con pocos clientes irregulares, se transformó en algo más animado. Cada día conocía gente, con la que, mientras vendía, entablaba charlas. Ninguno era un amigo, pero si un conocido. Pronto mi negocio y yo éramos conocidos en el barrio, incluso queridos por los vecinos.

A veces se presentaban clientes ridículos, que aun así recibían un buen trato de mi parte, pues eran clientela. Algunos se sorprendían de esto; Chicos y chicas disfrazados de personajes de series infantiles, hombres preguntando por objetos de mujer, y muchas cosas extrañas y bizarras. Pero hubo un cliente en especial, que llamo mi atención. Un amigable hombre, que iba por la ciudad con una máscara de payaso. Era conocido en el barrio, algunos me contaban que estaba loco, otros que trabajaba de eso, pero se había obsesionado. Yo no lo conocía, puesto que estaba gran parte del tiempo en mi puesto de comercio. 

Hasta que en un otoño frío y oscuro, con la oscura compañía de los árboles secos y los cuervos volando alrededor, llegó el famoso hombre a mi comercio. Se presentó amablemente y bromeó sobre el toldo del lugar, comparándolo con una carpa de circo. 

Me preguntó mi nombre y le respondí: John- Acto seguido yo le pregunté como se llamaba, a lo que riéndose me dijo: Twist.

Comprendí que el hombre se tomaba enserio su trabajo, puesto que no paraba de hacer chistes. Comencé a pensar que le faltaba un tornillo, pero aun así lo atendí amablemente, puesto que era un cliente más.

El hombre con sinceridad, expresó su asombro ante mi trato. Yo le dije que no le veía nada de malo y me despedí de él. Ya era de noche, por lo que cerré el negocio hasta el próximo día.

A la mañana siguiente, a primera hora (6 AM), abrí el negocio y encontré una sorpresa "peculiar", Twist estaba esperándome parado, enfrente de las rejas que protegían las puertas. Le pregunte cuanto tiempo estuvo esperando, a lo que me respondió que se había quedado allí toda la noche. No supe que decir, respondí con una risa falsa. 

Me saludó, y me pidió unas bombas de agua, para mojar niños. Me preguntó si me las podía dar y se las pagaba a la tarde. 

Yo, con la esperanza de que no volviera, se las regalé. 

Me agradeció el gesto con un chiste y se despidió.

Seguí mi rutina de ventas diarias sin mayor rareza, algunos clientes algo bizarros (un hombre gordo con shorts apretados, una mujer con poca ropa y llena de bello corporal), pero ninguno superado por Twist. 

Estaba listo para terminar el día, y cerrar mi negocio, cuando alguien toco al timbre. Supuse, algo atemorizado, que fuera Twist. Estaba en lo correcto.

Me dijo que no podía aceptar el regalo de hoy, por lo que me preguntó el precio y me entregó el dinero, narró algunos chistes, preguntó por mi rutina y se fue.

La misma situación, con diferentes objetos se repitió los próximos 5 días (globos, cornetas, vasos y platos descartables y serpentinas). A medida que se acercaba más, sentía una horrible sensación de rechazo y desespero por la presencia del hombre. 

Me decidí a expresarle cautelosamente, después de una semana de visitas, mi disgusto por sus visitas. Respondió bien, tranquilamente se marchó caminando del comercio y no volví a verlo.

En los próximos días pude volver a mi rutina habitual, sin sufrir de esa extraña sensación, mezcla de miedo, nervios e incomodidad. Luego de 2 semanas, tuve que ir a buscar productos para abastecer mi comercio, por lo que cerré unas horas. El viaje duraba 1 hora, y tenía que cargar los objetos a mi camioneta, por lo que tardaría al menos 3 horas en volver. 

Cargué todo sin inconvenientes, y comencé el viaje de regreso a mi comercio. Sentí esa incomoda sensación otra vez. Comencé a imaginar al payaso acosador en mi comercio, esperándome cubierto de sangre, escondido debajo de mi cama, detrás de las cortinas de mi tina, y en muchas otras situaciones horriblemente aterradoras. 

Me desesperé incluso antes de presenciar la horrible escena que comprobé. Al llegar a mi casa, afortunadamente antes de entrar verifique las ventanas, en ese momento, vi una escena simple, pero horrorosa: Twist estaba asomado con su horrible mascara observando a través de la ventana,  armado con un cuchillo en la mano y dando leves golpes en la ventana.

Payaso acosador

Twisty en mi casa.