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Mientras una fina capa de sangre manchaba todo aquello que le rodeaba, miraba desconcertado intentando encontrar un color que no sea el rojo. Sobre todo por lo que representaba ese carmesí. Desesperación, ruina y desgracia.

Cansado, apoyó su espalda contra la pared. Se arrodilló y miró hacia arriba. ¿Cómo sucedió esto? Fue entonces, cuando unas gotas de sangre cayeron sobre sus ojos, ya de por sí enrojecidos por quién sabe si fue el llanto, el insomnio o la locura. Recordó aquella cruel masacre.

Una orquesta exquisita, un títere que cortó los hilos, eso sintió. No necesitó cuchillo, ni un arma de fuego de alto alcance. Solo un plan creado ingeniosamente en la oscuridad de su desquicio. Aquellos que no saben de ciencia, están condenados a llamarla brujería. Y así fue. Pocas mentes comprendieron lo que había sucedido, como el telón rojo pasó de ser una gruesa lana a un brumoso líquido rojo.

Sonrió encantado, su plan había funcionado. ¿Pero a qué costo? Pasó sus dedos, con uñas partidas, cortes y quemaduras en la palma, manchando su mano con sangre. Así hizo recorriendo toda la sala que alguna vez fue blanca. Sus pupilas dilatadas y saliva creciente cual lobo a punto de cazar, le dio un estrépito a un último superviviente. Su vista borrosa y carmesí logró divisar a un hombre vestido con traje y corbata, una escena que sería normal en una brillante reunión de trabajo. Aunque esta pareciese sacada de sus más retorcidos y horripilantes sueños. Cerró los ojos, esperando morir. Sintió sus venas y arterias explotar, su corazón detenerse. Para que sangre y más sangre brotara de su desgraciado cuerpo.

Una vez más, aquel humano con pensamiento de bestia, se levantó. Hizo una reverencia y bajó el telón, el show había terminado.


Aleksai Sagir-Lazzuli