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Era una tarde de práctica, estaba un grupo de compañeras bailarinas en un estudio, calentando para comenzar la rutina de baile. La más dedicada a ello, llamada Conni Crowell, tenía más de una compañera que le envidie o quiera ser como ella ya que, lo hacía bastante bien a comparación del resto del grupo. Ella no tomaba eso en cuenta por que simplemente no le importaba en lo absoluto.

Ese mismo día, luego del receso comenzaron nuevamente con ejercicios variados, así hasta que llegó la maestra grupal con una chica nueva. Sus zapatos hacían cierto sonido sobre la madera, no llevaba unos de bailarina aún. Se notaba bastante nerviosa la castaña al entrar a la sala, por aún no nombrar que era un poco más alta que algunas chicas de allí.

— Atención por favor— dijo mientras aplaudía unas cuantas veces captando la mirada del grupo, y así poniendo aún más nerviosa a la castaña— ella es Caroline, la nueva compañera del grupo. Preséntese, por favor.

—Eh... Ah... Mi nombre es Caroline, espero podamos llevarnos bien y... eso...

—Hagan que se sienta cómoda, ella se cambiará y comenzarán la práctica nuevamente —informó la mayor dirigiéndose a la puerta— yo iré a hacer algunos pendientes.

Dicho eso pasó la puerta para irse del lugar un poco apresurada. No faltó mucho para que el grupo conociera a la nueva compañera, a excepción de Conni, quien simplemente decidió no ir y continuar con lo suyo tranquilamente. Concentrada comenzó a bailar con mucha libertad en el área de práctica, cerca de los tubos de estiramiento. Así estuvo unos cuantos minutos, hasta que por parte de un error cayó al suelo de una sola vez de un tropiezo golpeando su cabeza y rodillas. Algunos del grupo se acercaron a ayudar a la pelinegra, y en el fondo otros reían por el suceso.

—¿Estás bien? Esa caída sonó bastante fuerte, Conni —pronunció un chico preocupado.

—Si... Solo fue una caída, nada importante.

—¡¿Qué ocurre Conni?! ¿No que eras de las mejores...? —Exclamó una de sus compañeras, dejando varias carcajadas de sus amigas— Parece que no...

—Puedo caer mil veces, pero seguiré siendo mejor que tú —contestó con frialdad mientras se levantaba con ayuda del anterior chico— sigue, ríete.

Ya de pie, y dejando a todos en silencio sacudió su tutú para sacarle el polvo del suelo, y luego continuar con lo suyo en silencio por el resto del horario de clases. Había llegado la hora de salir del lugar, la hora de salida. Se dirigió a la salida dispuesta a salir, pero no lo consiguió debido a que Caroline, la nueva, estaba frente a ella y parecía querer hablarle.

—Hola Conni...— saludó— ¿Cómo estás?

Subió una de sus cejas y ladeó la cabeza a un lado, esa frase le parecía muy hipócrita por parte de la castaña ya que ese mismo día se había estado burlando de ella en clases cuando cayó.

—Bien.

Acto seguido empujó a la chica a un lado con bastante fuerza, para así poder salir del lugar al fin. Caminando pensante por las calles y susurrando algunas cosas, llegó a su casa donde le esperaba su madre. Como siempre pensó en ignorar las primeras cosas que le decía, era unas preguntas repetitivas de todos los días «¿Cómo estás?» «¿Qué tal tu día en el estudio?». El día de hoy ninguna de esas preguntas habían sido hechas, sino que era solo una nueva y distinta. "¿Qué le pasó a tus rodillas?" se escuchó sorprendiéndola. Respondió con la verdad, diciendo lo que en clases había pasado para después correr a su habitación rápidamente. Tomó una ducha y limpió sus heridas, para luego ir con su mamá a cenar.

—Ya es hora de ir a dormir. Hasta mañana, hija.

Se fue a su cuarto para dormir, pensando en todo lo que en ese largo día había pasado e imaginando que pasaría la próxima vez, si alguien lo recordaría o no y hasta si eso arruinaría cosas gracias a la chica nueva.

Ya era un nuevo día y el tema había sido superado por ella, quien se dirigía a la escuela como una mañana cualquiera. Ya en ella, tuvo una gran sorpresa al saber que Caroline también estaba allí junto con otras chicas. No le quedó opción, tuvo que pasar cerca de ella, e inevitablemente ésta se levantó del asiento. La empujó con tal fuerza que le hizo llegar al suelo en unos segundos, haciendo que los presentes se rían otra vez de ella. Se levantó y visualizó a los estudiantes enojada y hasta algo triste, no podría pasar que la castaña le haga una mala pasada de nuevo. Su enfado era tal que ya de pie, decidida se dedicó a golpear a la de mayor altura en la mejilla, pero por desgracia eso no fue tomado en serio y las burlas continuaron día a día hacia la pelinegra, quien ya no sabía que hacer contra Caroline, o mejor dicho "Carol". Así prefería que lo llamen sus "Amigos".

Prefirió no contarle a nadie sus problemas, ni siquiera a su madre o a alguien de confianza. Ya no quedaba nada que le hiciera sentir mejor, ni siquiera las rutinas de baile le sacaban ese mal pensamiento de la cabeza y le hacía sentir aún peor, ya que ahí comenzó todo.

Ya agobiada por las malas acciones de la mayor, de vio obligada a enfrentarse a ella. Tampoco le ayudó en mucho, ya que ese mismo día en el estudio varias chicas le llevaron al baño forzosamente. Dos le sostenían dejándole inmóvil a la vez que lloraba sin poder creer lo que estaba pasando. La chica que había arruinado todo lo que ella había conseguido estaba frente a ella ya, con un cuchillo en la mano que anteriormente había sacado de su mochila. Acercó el mismo contra el rostro de la pelinegra, parecía que practicaba el lugar donde éste acabaría.

—¡Suéltame ya!— gritó fuertemente— No es una buena broma...

Rió en su cara, y ya un poco aburrida en menos de un segundo introdujo el filo a la boca de la chica, cortando sus labios en dos partes y hasta un poco de su lengua para ser exactos. Acto seguido, la de mayor altura tomó su cabello y dirigió su cara rápidamente a la pared, chocándola y dejando a una Conni desmayada en el suelo. Fue llevada al hospital más cercano al estudio donde se encontraba. No faltó mucho después de que limpiaran a la chica para que la misma despertase en una camilla, junto a su madre quien dormía en un asiento. Sintió secos sus labios, como si no hubiera tomado algo hace bastantes años, así que los relamió. Mayor fue su sorpresa una vez que al llegar a la mitad de sus labios superiores su lengua se dirigió hacia más arriba de lo esperado, y el sabor a sangre se dejó sentir. Soltó un quejido y de un solo salto bajó de la cama, dirigiéndose a toda prisa al baño de la sala, donde consiguió un espejo. Quería gritar, pero de tanta adrenalina su garganta no se lo permitió, estaba cerrada. Golpeó el frágil espejo en el que se visualizaba, lastimando ambas de sus manos de una sola vez con los cristales rotos. Se escucharon sus fuertes llantos, alarmando aún más a el equipo de ayudantes y doctores que se dirigían a la habitación, y despertando a su madre de inmediato. Llegaron casi todo por un empate, viendo a Conni cubriendo su rostro con sus sangrientas manos.

Unos de los doctores mayores se acercó y consiguió levantarle del suelo, siendo llevada a la camilla nuevamente. Limpiaron su rostro nuevamente y lograron quitar los cristales incrustados en sus extremidades en poco menos de una hora.

—Ha sido un trabajo muy rápido, pero lo hemos conseguido —pronunció el mismo doctor— tu madre nos ha dado sangre suficiente como para poder recuperar lo que habías perdido.

—No pueden... ¡¿No pueden quitarme esto?!— exclamó señalando su boca.

—No podemos sacar bocas, pero luego te quitaremos los puntos... Ya arreglamos "eso" —hizo comillas con sus manos- así que hoy le daremos de alta.

Luego de unas cuantas y largas revisiones se fueron a su casa, su mamá necesitaba descansar así que fue a dormir de inmediato. La pelinegra comenzó a llorar en silencio en su habitación, sabía que eso cambiaría para siempre su vida. El deseo de que eso nunca hubiera pasado era cada vez mayor, convirtiendo sus pensamientos completamente en recordar lo que le habían hecho en esos largos y terribles días. Parecería algo muy rencoroso, pero podía recordarlo cada vez que intentaba hablar o al menos cepillar sus dientes. Llegó el gran día donde removerían sus hilos, pero prefirió no ir. No porque le gustaran, sino que no quería salir y que alguien le viera así, al igual que todos esos días donde no salía de su cuarto por miedo a ser vista. Llegó al fin el especial día que había estado esperando y practicando, con permiso de su maestra para practicar en casa. Se preparó en silencio sin haber cruzado palabra con nadie, por alguna razón esos hilos ya no le molestaban como antes y podía sentirse segura de salir al escenario. Sin embargo, no era la confianza suficiente para mostrar su rostro a todo el público, además de que habían niños pequeños allí y podrían reaccionar de una mala forma. Decidió por ir al pasillo, donde había una exposición artística hecha por algunos grupos de arte del mismo estudio. Tomó sin avisar una de las máscaras una vez de estar segura de que no había nadie, ésta era de porcelana y se notaba el esfuerzo en hacerla que tuvieron, y unos minutos más tarde había tomado unos látigos, los cuales se dejaron caer a ambos lados de su tutú. Sin más, se nombró su rutina y se dirigió a toda prisa hacia el escenario, poniendose en  pose inicial de el baile que tocaba interpretar en su lugar. Lo hacía como nunca antes, cada paso caía perfecto y sentía una gran emoción al hacerlo, haciendo que más de unos de los próximos bailarines dejaran de practicar para verla a ella. Varios aparatos le grababan, mientras era vista con asombro. Algo de enfado recorría la mente de las amigas de Caroline, pero no dejaban de verle asombradas de una forma u otra. El baile acabó, dejando a los espectadores aplaudiendo fuertemente y a la maestra aún más sorprendida que siempre. Antes de que la misma pueda decirle algo acerca de la rutina, Conni ya no estaba detrás del escenario. Se encontraba frente a "Caroline", quien estaba sola en un rincón de la sala de ensayos.

—La danza es vida, pero en tu caso es la muerte.

Se escucharon unos fuertes latigazos en la blanca piel de la castaña, producidos por los látigos de la chica. No le dio oportunidad a sus gritos, ya que con un látigo rodeó su cuello por completo y comenzó a ahorcarla fuertemente. Saltaba sobre su cabeza una vez que ésta cayó al suelo de una vez, haciendo que su cráneo comience a romperse poco a poco. Convencida de que había acabado con ella de una vez, Conni, se fue saltando y corriendo a gran velocidad del estudio, escapando de todo aquél que se le acercase.

Se cuenta aún que, en internet se podían encontrar partes de su hermosa danza, pero fueron completamente eliminados una vez que se supo de su desaparición y de la muerte de una compañera del mismo grupo. Su madre todavía tiene esperanzas de volver a encontrarla, pero la investigación fue cerrada hace años y los papeles nunca se volvieron a ver a la luz.