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“Esos no son tomates.” Me dijo el jardinero, de repente.

“¿Hmmmm?” Contesté, con mi boca llena de esa recompensa madura y bañada por el sol. El zumo goteaba por mis labios y barbilla y hacían mis dedos pegajosos. Nunca había comido algo tan delicioso en mi vida.

“No.” El jardinero insistió. “Definitivamente no son tomates.”

Miré hacia la fruta de mi mano y descubrí que era un corazón humano fresco, aún latiendo. Miré al jardinero y me di cuenta que el era el sepulturero, y esto era un cementerio, no un mercado agrícola, y lo que pensaba que era el sol era la luna, y lo que había con la mesa de un vendedor era una tumba abierta donde él estaba intentando enterrar al rey loco vivo. El rey luchaba contra sus ataduras, sangrando por una enorme herida abierta en su pecho.

Paré y tragué con dificultad tras recordar que yo era la reina loca.

Di otro mordisco.

Nunca había comido algo tan delicioso en mi vida.