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Lo vio de lejos, recortado contra el sol del mediodía. Era una alta figura esbelta que inclinaba la cabeza para escuchar con atención a su interlocutora, quien hablaba gesticulando con las manos.

Algo en él le atrajo. Qué tontería. Ni siquiera podía distinguir sus rasgos a contraluz. ¿Sería mayor? ¿De qué color eran sus ojos?

Se obligó a apartar la mirada y continuó su caminata por el paseo marítimo; una rutina de ejercicio diario a un ritmo ágil y concentrado a la vez.

Habían pasado veinte minutos cuando algo llamó su atención: un poco más adelante, en un desvío del paseo, entre las rocas que daban al mar, había dos personas que parecían estar en apuros.

Aceleró el paso hasta llegar a la altura de ellos. Se inclinó por la barandilla y vio a una mujer tendida sobre las piedras con los ojos abiertos y la cabeza en una posición antinatural. Inclinado sobre ella se encontraba un hombre que le resultó familiar. Cuando levantó la cabeza lo reconoció: era el mismo que había llamado su atención un rato antes. Tuvo la respuesta a sus preguntas: era joven y tenía ojos claros.

Ella llamó a urgencias, y luego comenzó a descender por las rocas resbaladizas con dificultad.

Había sido un accidente, su esposa se inclinó demasiado para sacar fotos y él no había podido hacer nada. Cuando llegó al sitio donde se hallaba ella, ya no respiraba.

Eran recién casados, y se hallaban allí en su luna de miel.

Los ojos del hombre estaban enrojecidos por el llanto que intentaba contener, y su voz temblaba de emoción al relatar lo ocurrido.

Comenzaron a oírse a lo lejos las sirenas de la ambulancia.

Ella quiso quedarse para hacerle compañía. Sentía el impulso irracional de abrazarlo y darle consuelo en aquel momento de dolor. Él por un instante le tomó la mano mientras expresaba su gratitud.

Nadie vio la silueta negra agazapada tras una roca, cerca del sitio de la caída.

Los paramédicos transportaron el cadáver en una camilla mientras la joven corredora trepaba tras ellos, seguida por el desconsolado viudo.

Nadie vio cómo éste desviaba la mirada apenas unos segundos hacia una gran piedra, elevando las comisuras de su boca. Nadie notó la presencia escurridiza de una sombra que asomaba la cabeza lo justo para mostrar un par de ojos negros de pupilas dilatadas hasta lo imposible.

Nadie percibió el cambio en el aire, pero el sol comenzó a ocultarse tras nubes oscuras.

Mientras la ambulancia se alejaba del lugar, la joven recordó algo: aquel sitio era conocido como «la morada del diablo.»

Había oído historias sobre una entrada al infierno escondida entre las rocas, que ningún mortal había logrado descubrir. Decían que al contrario de lo que todo el mundo creía, el hogar del Demonio era frío.

Se estremeció: de repente, el ambiente se había vuelto gélido.

Qué extraño. Estaban en agosto.