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Trabajamos cuarenta en la mina. Es peligroso, es cierto que es trabajo de riesgo, pero el cheque al final de mes nos mantiene en el negocio. La mayoría de mis amigos no tienen muchas otras oportunidades en esta ciudad. Trabajamos y trabajamos por sacar ese precioso cobre de la tierra.

Casi siempre tenemos accidentes. Algunas veces alguien muere. Desgraciadamente, esto forma parte del trabajo por mucho que tomemos medidas de seguridad. Así que cuando escuchamos un grito aquella vez, todos corrimos a la escena del accidente. Lo que nos encontramos, nos horrorizó.

Alguien estaba ahí, pero nos era imposible reconocer a esa persona. Su cara estaba desollada, dejando tan solo una macabra visión de músculo y hueso. Había perdido su ropa, pero por su constitución estaba claro de que se trataba de un minero… No sabíamos quién. Obviamente, evacuamos la mina.

La entrada de la mina permaneció cerrada. Nuestras cámaras de seguridad no registraron a nadie entrando o saliendo de la mina. Nadie tocó las puertas de la mina salvo los mineros.

Nunca supimos quién fue ese hombre que encontramos o como murió allí abajo. Pero el mayor enigma es que ese día volvimos cuarenta personas.