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Me levanté de mi silla y poco a poco me acerqué a la ventana. Era una noche fría, la luz del faro a la distancia perseguía la brisa del mar.

Di un suspiro largo y miré mis manos. ¿Cuándo había comenzado esta pesadilla? ¿Cuándo iba a terminar? Me recosté sobre mi cama intentando sumergirme en el abismo de mis sueños. Mis intentos eran en vano. Intenté salir... Pero la cadena de mi brazo limitaba mi libertad a unos cuantos pasos.

-Es hora de mostrarle la verdad -pronunció un hombre al otro lado de la puerta.

-¡Es muy pequeña! -respondió una segunda voz femenina-¡Aún no esta programado!

Poco a poco la luz se fue filtrando en los bordes de la puerta a la vez que esta se abría.

Un hombre alto entró a la habitación secundado por una mujer a su costado, esta tomó mi cuello con cuidado de no asfixiarme mientras el hombre dirigía una jeringa a mi yugular.

La mujer rompió en sollozos.

Al sentir la jeringa, era diferente, sentía como me quemaba el cuello y la zona se tornaba roja, intenté de un golpe quitarme la jeringa pero la mujer me sostuvo la cabeza para que no pudiera moverla. El líquido terminó de diseminarse dentro de mi sistema, y sólo pude sentir como mi piel parecía caerse y caía inconsciente por ello.

No recuerdo con claridad los sucesos posteriores a mi caída, pero desperté en un camilla. Me sentía totalmente débil, era incapaz de levantar mi brazo aún sabiendo que estaba libre de cualquier atadura. El hombre miró mis pupilas sosteniendo mis párpados violentamente.

Miré a la mujer que seguía a su costado.

-¿Mamá? -pregunté.

-Tranquila, hija. Ya casi termina. -respondió.

El hombre se apartó de mi permitiéndome cerrar los ojos. Me limité a esperar con la tranquilidad de mi madre a mi lado.

Mi madre se acercó a mí colocando su mano sobre la mía para sostenerla con fuerza e intentar transmitirme aquel amor de una madre pero yo no podía entender porque lo hacía.

-Pronto podremos irnos, cariño, sólo mantén los ojos cerrados. -Susurró con tranquilidad.

Sentía miedo pero más miedo tenía de ver que ocurría, mantuve cerrado los ojos con fuerza intentando negar aquella situación pero no pude evitar sentir una mano fría recorrer mi estómago.

-Es perfecta, ella será perfecta. - Comentó una voz que me provocó un escalofrío por toda la espalda.

-Ella estará bien, ¿verdad? - Mi mamá ahora parecía asustada.

Parecía como si fuera a comenzar una discusión pero tras una leve brisa casi helada, todo se silenció, sintiendo nada más como la misma mano fría apartaba los vestigios de ropa que me quedaban sobre mi abdomen y volví a sentir como una aguja me atravesaba por debajo del ombligo, intenté gritar pero mi voz no me lo permitía.

Poco a poco fui perdiendo la consciencia y volví a caer.

Mi siguiente recuerdo es un ambiente frío... Muy frío. Me encontraba recostada en una bañera con hielos. Me sentía débil.

-¿Dónde está mi mama?-Me pregunté.

Intenté salir pero un dolor en la espalda y estómago me lo impidió.

Miré un espejo en la pared más cercana, en él se encontraba un escrito con lápiz labial.

"No tienes riñones, así que no intentes moverte de la bañera. Gracias por tu cooperación".

Mi madre nunca llegó, pero no desistí en mi intento por sobrevivir. Cada respiración, cada suspiro parecía una cuenta regresiva.

Pronto dejé de sentir y me di por vencida.

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