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Creo que todos conocemos a esos malabaristas que se ponen a malabarear en la calle, ya saben, de esos que hacen un pequeño espectáculo para luego ir a pedir dinero a los carros mientras el semáforo está en rojo. Como pudieron haberse dado cuenta por el título, a mí me tocó ver uno de estos un tanto fuera de lo común.

Estaba yo con mi papá yendo a recoger a mi hermanito de sus clases de karate. Me estaba preguntando por qué rayos decidí acompañarlo, cuando paramos en una luz roja y dos chicos fueron corriendo al centro de la calle con una bolsa que, al parecer, estaba llena de objetos. "Al menos voy a tener algo de entretenimiento", pensé.

Al parecer uno de ellos iba a hacer malabares, mientras el otro le lanzaba los objetos de la bolsa. Llámenme malvado si quieren, pero yo solo quería ver qué harían si se les caía algún objeto.

Empezaron con unos palos. Al ver esto me decepcioné un poco, pues yo esperaba ver un desafío, algo distinto a los típicos malabares. Después de un tiempo de hacer malabares con 3 palitos, la dificultad se elevó un poco. "Con fuego... No es muy distinto, pero al menos no está usando simplemente tres mugrientos palitos", pensé.

Después de un rato, los objetos empezaron a variar. Desde palitos, palos con fuego, hasta cuchillos (aunque más bien parecían machetes) y palos con ¿fierros? No podía ver muy bie,n ya que el carro de mi papá no estaba muy al frente que digamos.

Para este entonces ya no quería ver que se le cayera nada, ni siquiera uno de esos palos con los que empezó, nada. El "asistente" se quedaba viendo al malabarista con odio, como si él quisiera ser el centro de atención, yo que sé. Solo sabía que algo tramaba. Metió la mano a la bolsa y sacó una cuantas pelotas o bolas, no alcancé a ver bien, ya que empezó a lanzárselas a su compañero, quien seguía haciendo malabares.

"¿Que no se da cuenta?", me preguntaba.

El chico sobrepasó el límite, ¡estaba encendiendo la bolas antes de lanzárselas al otro chico!

"¡Tiene que darse cuenta!", me decía a mí mismo.

El malabarista seguía como si nada, sin siquiera voltear a ver una de las varias bolas en llamas que su compañero le lanzaba. "Si esto es parte del espectáculo, quien sea que lo haya hecho, está loco! ¿Quién pondría en tal peligro a una persona? No creo que ni profesionales se arriesguen tanto."

Cuando por fin terminó, dejé salir un gran suspiro de alivio. Vi que el semáforo perpendicular al nuestro se ponía en amarillo, justo cuando los chicos hacían una reverencia, pero algo andaba mal... El "asistente" tenía una enorme sonrisa plasmada en la cara, no como una diabólica ni nada anormal, sino una simplemente macabra.

Tenía que hacer algo, me daban ganas de bajar la ventanilla y gritar algo como "¡CUIDADO!" o "iCORRE!", pero ya era demasiado tarde. El chico se había levantado, encendido la bola que al parecer había guardado para el final en su palma y, ¡PAM!

El malabarista cayó de cara al piso, no se movía. Estaba a punto de salir corriendo a ayudarlo, cuando la luz se puso en verde y mi papá avanzó, sin hacerle caso al chico. Ya se me había olvidado que estábamos en la calle. Esta debió haber sido la luz roja más larga de toda mi vida.

Pero lo más extraño de todo fue que nadie ayudó al chico, quien seguía ahí, tirado casi en medio de la calle. Los autos ni siquiera se molestaron en rodearlo, pasando sobre su cuerpo, probablemente sin vida. ¿Acaso nadie vio lo que yo vi? ¿Acaso me lo habré imaginado? No, debe haber una explicación por la que nadie lo ayudó. Porque lo que vi fue cierto, no lo soñé, ni mucho menos lo imaginé todo, ¿verdad?