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Este último verano, el investigador de fenómenos paranormales Max Van der Heyden (para algunos “el Van Helsing del siglo XXI” y para otros “el mayor farsante de todos los siglos”) decidió visitar Uganda, atraído por ciertos crímenes misteriosos cometidos en dicho país centroafricano. Varias mujeres indígenas (en su mayoría niñas recién llegadas a la pubertad) habían hallado una muerte tan atroz como enigmática en ciertas aldeas próximas al Lago Victoria. Según la versión oficial, las víctimas habían sido asesinadas por un psicópata desconocido, pero el hecho de que muchos de los cadáveres hubieran sido concienzudamente desangrados hacía pensar a los “supersticiosos” en la actividad de una entidad vampírica. A pesar de los esfuerzos de las autoridades para encubrir el horror, siniestros rumores habían llegado a los oídos de los turistas extranjeros, provocando tal desbandada que la ocupación de los hoteles había pasado a ser francamente exigua. En efecto, cuando Max llegó a los establecimientos hoteleros de cierto parque nacional situado en las orillas del lago, sólo quedaban allí cuatro turistas extranjeros, además de él mismo. Estos “valientes” eran:

-El mayor Julius Jones, un militar británico de raza negra, al que Max ya conocía de anteriores peripecias.

-Un francés de aspecto macilento y endeble que se presentó como el doctor Etienne Delors.

-El profesor Michael W. Robb, viudo, oriundo de Nueva York, que daba clases de Química en una universidad norteamericana.

-Anna Mary, la hija adolescente del profesor Robb, que aparentaba unos quince años de edad y destacaba por su belleza. Presentaba los rasgos ideales de la adolescente norteamericana (largo cabello rubio, ojos azules, piel blanca tenuemente rosada…), dulcificados y sublimados por una expresión sumamente atractiva, en la cual la candidez de la infancia parecía convivir, en armónica unión, con el encanto de la mujer adulta.

Max, pese a ser de espíritu un tanto ascético, no pudo dejar de apreciar la belleza de la muchacha, con sincera admiración y también con cierto temor, pues sabía que las adolescentes hermosas atraían a los vampiros como la miel a las moscas. Una vez que hubo conocido a todas las personas que se hallaban en el parque, tanto turistas como empleados, eligió como confidente a Jones, el único visitante del parque que compartía abiertamente su fe en la existencia de vampiros y monstruos semejantes.

Un buen día, Max y Jones, acompañados por varios guías nativos, decidieron inspeccionar las orillas del lago, empleando para sus desplazamientos una moderna lancha propiedad del parque. Y, aunque su excursión lacustre no le fue de mucha ayuda a Max en su misión, sí le permitió contemplar la impresionante naturaleza del parque, especialmente los grandes cocodrilos del Nilo que dormitaban en la orilla, con la siniestra boca completamente abierta para facilitar la labor de los pajarillos limpiadores. Ya estaba retornando la lancha al embarcadero cuando sus ocupantes oyeron una llamada de auxilio procedente de unos bancos de arena próximos a la orilla. Una vez que la lancha se hubo acercado a los bancos, vieron una especie de piragua encallada, cuyo único ocupante, un joven atlético de piel blanca y pelo rubio, resultó ser la misma persona que los había llamado reclamando su ayuda. El desconocido, que dijo ser alemán y llamarse Robert Werner, tenía una escabrosa historia que contar:

-Mi amigo Alfred Pretorius y yo, que siempre hemos sido amantes de los deportes de aventura, alquilamos hace dos días esta piragua en la aldea de… para recorrer a nuestro aire las orillas del lago, pero esta misma mañana nos ha sucedido algo terrible. Estábamos remando tan tranquilos cuando dos o tres grandes cocodrilos se nos acercan y se ponen a golpear los costados de la piragua con sus colas. Entonces, el pobre Alfred perdió el equilibrio, cayó al agua y aquellos monstruos lo devoraron casi al instante. ¡Fue horrible, y les juro que yo no soy precisamente una damisela sensible, pero es algo que no podré olvidar ni aunque viva cien años! Yo conseguí mantenerme en la barca, pero con el susto del golpe perdí los remos y estuve varias horas a la deriva, guiado sólo por las corrientes del lago, hasta que encallé en la arena. Y, como no me atrevía a nadar por si los malditos cocodrilos aún andaban cerca, decidí esperar a que alguien me recogiera, como han hecho ustedes, ¡benditos sean!

El tal Werner fue trasladado a las instalaciones centrales del parque en la lancha, y una vez allí fue invitado a cenar y dormir con los turistas hasta que, al día siguiente, pudiera ponerse en contacto con su familia. La cena se celebró poco después de la puesta del sol en el comedor del edificio central y a ella acudieron todos los empleados y turistas del parque, salvo Anna, que prefirió quedarse en su tienda porque durante el día había sufrido un principio de insolación y aún se hallaba algo mareada. Cuando llegó el plato fuerte, asado de antílope, el joven Robert se negó a probar su ración, diciendo:

-Comprendan, no es por despreciar su amabilidad, pero deben entender que, después de lo que he visto esta mañana, no podré volver a comer carne en mucho tiempo. ¡Aún recuerdo cómo crujían los huesos del pobre Alfred, mientras los cocodrilos los masticaban poco a poco, como si fueran pedacitos de turrón!

Tras haber oído estas palabras, el pálido doctor Delors se levantó diciendo:

-Si me permiten, me retiro a mi tienda, yo tampoco tengo ahora mismo mucho apetito. Espero que pasen una muy buena noche.

Dicho esto, el presunto doctor abandonó el edificio con cierta premura. Robert suspiró disgustado y murmuró en voz baja:

-Lo lamento mucho. No tenía que haber hablado así, le he estropeado el apetito a ese pobre caballero.

Entonces, uno de los camareros optó por meter baza y dijo:

-No se preocupe, muchacho. Ese señor nunca tiene apetito, para mí que debe de vivir del aire. Lleva aquí una semana entera y no recuerdo haberlo visto comiendo algo sólido ni una sola vez.

Poco después, Werner abandonó el comedor, pretextando cierta urgencia orgánica. Al cabo de unos pocos minutos, la paz de la noche fue interrumpida por un grito de terror, lejano pero perfectamente audible, en el cual todos reconocieron la voz juvenil de Anna. Alertados por el grito, todos los comensales abandonaron el comedor, acompañados por Werner, que cuando sonó el grito estaba a punto de entrar en el comedor, volviendo de la caseta que servía de excusado. Todos juntos corrieron hacia el lugar donde se levantaba la tienda de los Robb y encontraron allí a la niña, terriblemente pálida y asustada, aunque completamente ilesa. Una vez recuperada del susto, la muchacha dijo, con la voz todavía algo temblorosa:

-Hace un rato… Salí de la tienda, porque necesitaba un poco de aire fresco… Miré hacia ahí, hacia donde empiezan los arbustos… y entonces salió la luna y pode ver a alguien que estaba allí escondido, vigilándome… No pude verle la cara, pero estoy segura de que no era un mono ni ningún otro animal, sino un hombre. No sabía quién era, me pareció que él iba a atacarme, entonces yo me asusté mucho, grité y… Yo… lo siento… sé que debo de parecerles una niña tonta, pero…

El profesor Robb acarició y abrazó a su hija, y le dijo con su voz más cariñosa:

-Vamos, tranquila, cariño. Seguro que no fue nada, algún animalejo cualquiera. Ahora vuelve a la cama y duerme tranquila, que me quedaré contigo y no te dejará sola en toda la noche.

Algún empleado del parque dijo, sin mucha seguridad, que a veces los monos de la selva cercana entraban en el parque buscando comida y que en plena noche podían ser confundidos con seres humanos, pero nadie le hizo mucho caso. Ni él mismo parecía creérselo.

Entonces apareció, más pálido que nunca y ojeroso como si acabara de despertar de un profundo sueño, el único ausente, el doctor Delors, que preguntó torpemente:

-¿Qué… Qué ha pasado? Hace un rato creí oír un grito o dos, luego oí voces…

El mayor Jones respondió:

-Nada, una falsa alarma. Vuelva a su tienda y no se preocupe, Delors: como decimos en el ejército, todo está bajo control. Dicho esto, el francés volvió a su tienda, sin hacer comentarios y con pasos un tanto inseguros. Anna y su padre entraron en la tienda que compartían y todos los demás –los empleados, Max, Jones, Robert- se encaminaron hacia el edificio central para reanudar la interrumpida cena. Mientras caminaban, Max se acercó discretamente al mayor, que encabezaba la marcha, y le dijo al oído, bajando la voz como para evitar que nadie más que el propio Jones oyera sus palabras:

-Jones, ¿qué sabe usted a ciencia cierta del tal Delors?

-Pues, la verdad… Dejando aparte lo que él mismo nos ha contado, lo único que sé de él con total seguridad… Es que está aquí, nada más. ¿Por qué lo pregunta?

-Porque ese individuo me parece sospechoso. Además de la propia Anna, era el único de nosotros que no estaba en el comedor cuando oímos gritar a la chica. Por otra parte, su propia tienda está bastante cerca de la tienda de los Robb, pero fue el último en llegar, a lo que debemos añadir que él, según sus mismas palabras, sólo “creyó oír” el grito, ese mismo grito que nosotros, estando más lejos, pudimos oír perfectamente. Y, por último, recuerde que, según el camarero, ese hombre debe de llevar una semana sin ingerir alimentos sólidos. Lo cual resultará bastante comprensible si recordamos que los vampiros siempre han sido mucho más amigos de la sangre de muchachitas hermosas que de la carne asada. No es que no puedan ingerir alimentos sólidos, pero estos les producen cierto malestar y procuran evitarlos siempre que pueden.

-Puede ser. ¿Qué sugiere que hagamos al respecto?

-Por ahora nada, no creo que se atreva a atacar de nuevo antes de que nos hayamos acostado. Pero esta noche yo no me acostaré, sino que vigilaré con los cinco sentidos la tienda de Delors. Llevaré conmigo una buena linterna y, sobre todo, un revólver cargado con seis balas de plata.

-Si quiere que lo acompañe…

-Gracias, pero prefiero estar solo.

-Como usted prefiera. Yo estaré en mi tienda, aunque procuraré mantenerme en vela, por si usted me necesitara en algún momento. Por cierto, ¿no sería mejor vigilar la tienda de los Robb y no la de Delors? Se dice que es más importante proteger a los inocentes que capturar a los culpables.

-Y así es. Pero a Anna ya la protegerá su padre esta noche, y Delors, suponiendo que sea realmente un vampiro, podría ir en busca de otra presa más fácil en alguna aldea cercana. Por supuesto, debemos proteger a la joven Robb, pero para mí la vida de una pequeña campesina indígena no es menos importante que la de una turista americana, por muy guapa y rubia que sea.

Una hora después, Anna, ya recobrada completamente del susto, dormía profundamente en su lecho. Pero su padre, que tenía el sueño más ligero, se despertó cuando creyó oír el crujido de una rama en el exterior de la tienda. Como no las tenía todas consigo, el profesor Robb decidió salir a echar un vistazo, con una potente linterna en una mano y un revólver de pequeño calibre en la otra. Como no había luna y las luces de los edificios cercanos habían sido apagadas hacía tiempo, el exterior estaba sumido en unas tinieblas impenetrables. El silencio, por otra parte, se había vuelto absoluto, abrumador. Apenas hubo dado el buen profesor dos o tres pasos fuera de su tienda, una mano dura y fría como el acero golpeó bruscamente su cabeza, sumiéndolo en una oscuridad todavía más absoluta e impenetrable que la misma noche.

Pocos segundos después, aquella misma mano fuerte y fría se cernía sobre el dulce rostro de la dormida Anna. Cuando la muchacha sintió aquel gélido contacto sobre sus labios, se despertó aterrorizada, pero la mordaza de la mano ahogó su grito, convirtiéndolo en un patético gemido. Entonces, una voz susurrante, falsamente cariñosa, le dijo con espeluznante sarcasmo, imitando la voz de su padre:

-Shh, vamos, tranquila, cariño, que ya has gritado mucho esta noche. Vamos, relájate, que tu nuevo papá está aquí para cuidarte, y sólo quiere que les des a cambio un poquito de placer. Para empezar, veamos cómo tienes las tetitas.

Sin dejar de amordazar a la espantada niña con una de sus manos, el vampiro empezó a palpar con su otra mano los pechos de Anna, mientras se relamía de placer, con los labios bañados en una espuma obscena, semejante a la que aparece en la boca de ciertas serpientes cuando engullen a su presa. Pero en aquel supremo instante un fogonazo de luz blanca iluminó la terrible escena y el revólver de Max rugió mortalmente, al mismo tiempo que una bala de plata atravesaba la cabeza del agresor, acabando instantáneamente con la vida de aquel ser perverso que se había hecho llamar… Robert Werner. A la mañana siguiente, mientras el profesor Robb, ya recuperado del golpe, intentaba consolar a su hija para que esta pudiera superar cuanto antes las traumáticas experiencias de la noche anterior, Max se confesaba así con su amigo Jones:

-Siempre fue el presunto Robert Werner, y no el pobre Delors, mi principal sospechoso. Si esta noche acusé a Delors ante usted fue sólo para que Robert, que estaba cerca de nosotros, oculto entre la maleza, escuchara la conversación y se confiara, pensando que yo iba a vigilar la tienda de Delors, y no la suya o la de los Robb. En realidad, estaba claro que Delors no era ningún vampiro, pues de lo contrario ya habría atacado a Anna o a otra persona durante la semana larga que lleva en el parque. ¿Se ha fijado en sus brazos? ¡Están literalmente acribillados a pinchazos! No sé qué porquería se inyectará en las venas, pero seguro que es algo lo suficientemente nocivo como para destruir su apetito y embotar su capacidad de reacción, hasta el punto de que sus actos siempre parezcan vacilantes e inseguros.

-Pero Robert estaba entrando en el comedor cuando la chica gritó. Entonces el hombre que asustó a Anna no pudo haber sido él. -Sí fue él. He examinado su teléfono móvil y he descubierto que había grabado el grito de Anna. Así, lo que oímos en el comedor no había sido el verdadero grito (que se había producido un minuto antes, cuando Werner estaba, presuntamente, en el excusado), sino la grabación, que él había activado para proporcionarse una coartada. En realidad, Anna no tiene una voz muy fuerte y la tienda de los Robb estaba demasiado lejos del comedor como para que hubiéramos podido oír el verdadero grito. Lo raro no era que Delors apenas lo hubiera escuchado (recuerde su frase: creyó haber oído un grito… o dos), sino que nosotros lo hubiéramos percibido tan bien. Robert (si ese era su verdadero nombre, cosa que dudo) me había parecido sospechoso desde el principio. Por supuesto, no tenía pruebas contra él ni las tuve hasta que lo vi agrediendo a los Robb, pero no me faltaban indicios. Primero, no había aclarado de dónde venía, supongo que para ocultar su paso por las aldeas donde había muerto gente.

Luego, aunque la historia de los cocodrilos, fuera verosímil, cometió un pequeño error durante la cena, al hablar de cómo crujían los huesos de su amigo mientras los masticaban. Resulta que los cocodrilos a sus presas primero las ahogan, luego las despedazan y finalmente las engullen, pero NO las mastican. Los poderosos dientes de los cocodrilos son aptos para capturar a sus víctimas, pero no para masticarlas (auténtico). Eso me hizo sospechar que el “pobre Alfred” o bien no había existido jamás, o, si existió, encontró su fin en otras circunstancias muy distintas. Seguramente sabía demasiado y acabó en el fondo del lago, con una piedra atada al cuello, o enterrado en algún arenal de la orilla. Pero luego su asesino no fue capaz de controlar él solo la piragua y acabó encallando. En fin, las pocas dudas que me quedaban se disiparon durante mi guardia nocturna. Por cierto que mi plan era intervenir antes de que Robert hubiera podido acercarse a Anna, pero cuando estaba escondido entre los arbustos, vigilando la tienda, descubrí que tenía una serpiente mamba muy cerca de mí y no pude moverme hasta que ella me hizo el favor de alejarse.

-Ha tenido usted un éxito rotundo.

-En efecto. Pero mis ideas iniciales respecto al caso eran totalmente erróneas. Robert Werner era un psicópata, un maníaco sexual y seguramente un asesino en serie… ¡Pero no era ningún vampiro! He examinado su cadáver y, más allá de sus perversiones, era una persona totalmente normal. Al final, la versión oficial era cierta y no había nada sobrenatural en este caso.

Mientras tanto, el profesor Robb había ido a desayunar y había dejado sola en la tienda a Anna, quien, ya se sentía bastante recuperada de su noche de terror, pero no tenía apetito. La muchacha estaba observando su hermoso rostro en un espejo de mano. Como era natural, dadas las circunstancias, estaba pálida y ojerosa… pero ya no era tan natural la sonrisa perversa que curvaba sus labios y les otorgaba una expresión de malignidad a sus facciones, aunque sin restarles ni un átomo de belleza. Había pasado mucho miedo durante la noche anterior, pero estaba contenta porque todos darían por hecho que el responsable de todas las muertes había sido Werner, y ni a Max ni a nadie se le ocurriría sospechar de ella. Max, con su caso aparentemente resuelto, no tardaría en regresar a Holanda y entonces ella podría volver a las andadas. Ya ansiaba probar de nuevo la sangre humana. Quizás su propio padre…