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El humo se elevaba desde el cenicero, sinuoso como una gris serpiente que nacía de las colillas para morir contra el techo de la habitación. Sobre la pequeña mesilla de noche, en una copa se ahogaban dos piedras de hielo en un pequeño mar de whisky. En la estancia se respiraba una extraña calma, flotando junto a la bruma del tabaco, sólo rota por el continuo repiqueteo de la lluvia contra el cristal de las ventanas.

El rugido de un trueno rasgó la noche, y su rojo fulgor inundó el silencio. Otro lo siguió de inmediato, y otro más. En la puerta, soportando el azote del agua y el viento, un hombre aguantaba contra su hombro una escopeta de humeante cañón. La sangre manaba de un centenar de cortes que jalonaban sus brazos y su cara, su ojo izquierdo estaba cerrado, surcado por una fea herida que todavía sangraba, supurando por la infección. Con mano temblorosa buscó en el bolsillo de su ensangrentada camisa, aferrando dos cartuchos con una fuerza nacida de la desesperación. Rápido recargó la escopeta y volvió a disparar. Luego, cerró de un portazo, corriendo varios pasadores antes de dejarse caer sobre el sillón.

Con un sonoro suspiro, se llevó la copa a los labios y apuró su contenido de un trago. Mientras el alcohol quemaba su garganta, cogió un puro del cajón de la mesilla y lo encendió. El humo inundó sus pulmones y lo tranquilizó, el whisky bajó por su pecho hasta su estómago, y ahuyentó el frío de sus huesos. Masculló una maldición y, lentamente, se quedó dormido.

Las nubes corrieron con el viento, y las horas pasaron como si fuesen días. El hombre se levantó de repente cuando un sonido, diferente al ulular del viento, se hizo escuchar en la habitación.

Con el corazón en un puño, corrió a la puerta, la abrió y apuntó el cañón de la escopeta a la nada. A penas se descubrió a la luz del atardecer, el arma escupió el contenido de sus entrañas en una nube de metal. Aterrado, cerró de nuevo y se echó hacia atrás, recargando. Se giró con terror cuando algo golpeó una de las ventanas, disparando contra ella, rompiéndola en pedazos. No había nada detrás. Enseguida se aproximó al agujero, y echó un vistazo al porche. Nada.

Volvió a la mesilla y cogió otro puro. Exhausto, se sentó en el sillón. Rebuscó durante unos minutos en sus bolsillos y, tras comprobar que estaba ahí, dejó que el cansancio se lo llevase.

El sueño lo abandonó de nuevo. Unos pasos, lentos y pesados, provenían del porche. Decidido a acabar con aquella locura, asió la escopeta y abrió la puerta de súbito. Tras ella, un ser de pesadilla le sonrió con sus sanguinolentas fauces, y extendió hacia él unas manos que amenazaron con cerrarse en torno a su cuello.

El miedo se adueñó de él, sin poder hacer otra cosa, descargó el arma contra el pecho de la criatura, pero el monstruo ni siquiera se inmutó, avanzando sin más. Las zarpas descarnadas encontraron lo que buscaban, apretando la garganta del hombre como tenazas. Los pulmones le ardieron, pidiendo un aire que no llegaba, el corazón golpeó dentro de su pecho como si fuera a estallar, y en su mente, sólo se dibujó una solución.

En un último impulso de ira, usó la culata de la escopeta para golpear la cara del monstruo. El crujido escalofriante de los huesos rompiéndose, se hizo cuando la nariz del ser se rompió. La violencia del impacto echó a la criatura hacia atrás, tambaleándose hasta estar a punto de caer. Sonriendo, el hombre miró fijamente a los ojos vidriosos del ser, situó el cañón bajó la barbilla y apretó el gatillo.

Los restos sanguinolentos de la nariz goteaban un líquido negro y viscoso, que algún día había sido sangre. Con paso lento, se acercó al cadáver del hombre al que, durante días, había acechado.

Durante largo rato se quedó observándolo, esperando a que se moviera, pero no hizo nada. Sus sesos manchaban el techo y el suelo, llevados por los perdigones. El olor de la sangre recién derramada llegó al paladar del monstruo, y entonces supo qué es lo que le había llevado hasta él. Buscó en los bolsillos del cadáver y cogió las llaves de la casa.

Con la velocidad que sus extremidades se lo permitieron, se giró hacia el sillón y miró la mesilla de noche. Un brillo de comprensión surcó su mirada. Abrió el pequeño cajón y sacó de él un puro. Llenó la copa con el whisky que había detrás del sofá. Exhausto, se dejó caer. Con la copa en una mano, y el puro encendido en la otra, su lengua hinchada se movió perezosa.

- P..., por fin... n.... ca.... casa.